El conocimiento según 5 pensadores
¿Qué significa, en realidad, conocer algo? Esta pregunta ha desplegado una de las conversaciones más dilatadas e inquietas de la historia del pensamiento.
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Imaginemos a unos prisioneros encadenados desde la infancia, forzados a mirar siempre hacia el fondo de una caverna, viendo sombras proyectadas por un fuego a su espalda y confundiéndolas con la realidad entera. Uno de ellos logra zafarse, asciende hacia la luz y sufre el deslumbramiento. Cuando regresa para contarlo a los demás, estos prefieren asesinarlo antes que dudar de sus sombras.
Veintidós siglos después, otro hombre se encerraría por voluntad propia en una habitación con estufa para llegar, por un camino completamente distinto, a una sospecha semejante: casi todo lo que damos por sabido merece, antes que nada, una puesta en duda. Entre ambos episodios –y mucho después de ellos– se despliega una de las conversaciones más dilatadas e inquietas de la historia del pensamiento. Esto es, aquella que se pregunta qué significa, en realidad, conocer algo.
Platón: el fugitivo de las sombras
Platón (427-347 a.C.) no es tanto el filósofo sereno que presentan los bustos con su efigie como el narrador de una fuga: la del prisionero que rompe sus cadenas, sube por la pendiente escarpada y descubre, deslumbrado y doliente, que lo que tomaba por mundo era apenas su sombra proyectada.
El conocimiento, para él, emana del diálogo que extrae del alma las pautas eternas y abstractas que rigen lo real. Lejos de unas apariencias volátiles que solo ofrecen opiniones gratuitas, el saber rehúye la información de los sentidos. Conocer pasa por abstraer, detectar lo que no se ve sometido al paso del tiempo.
Conocer, para Kant, es menos un acto de descubrimiento (realismo) que de fabricación con materiales propios (idealismo)
Descartes: el demoledor metódico
Casi dos milenios más tarde, un hombre encerrado por voluntad propia en una habitación con estufa decidió desmontar ese edificio entero para reconstruirlo desde sus cimientos. René Descartes (1596-1650) no buscó sombras que abandonar, sino un punto de amarre indudable, una roca firme bajo la superficie de la duda: una ciencia universal que brinde certezas.
El autor del Discurso del método sometió a sospecha todo lo que había creído: los sentidos, que engañan; las matemáticas, que tal vez manipula un «genio maligno»; el mundo entero, que, como especuló su coetáneo Calderón de la Barca, podría ser sueño. Al final del naufragio encontró algo que ni el más perverso de los demonios podía arrebatarle: el hecho mismo de estar dudando.
Saber algo es poseer una certeza indudable. Si dudo, pienso, y si pienso, pues es necesario algo que piense: un yo. No se puede dudar de ello sin confirmarlo y, por ende, el «pienso, luego existo» es el garante primero del conocimiento.
Kant: el arquitecto oculto
La viga proporcionada por Descartes comenzó a parecer menos sólida de lo que el galo pensó. Immanuel Kant (1724-1804) intuyó que el problema no estaba únicamente en cómo conocer el mundo, sino, de hecho, en cómo lo construimos al conocerlo.
Su revolución copernicana invirtió la pregunta: no nos preguntemos si nuestras ideas se ajustan a las cosas, sino si las cosas, tal como las experimentamos, ya vienen filtradas por las categorías de nuestra mente. El espacio, el tiempo o la causalidad no son fenómenos que se encuentran ahí afuera, esperándonos. Al contrario, es el sujeto quien los presupone en el entramado mismo de su experiencia. Conocer, para Kant, es menos un acto de descubrimiento (realismo) que de fabricación con materiales propios (idealismo).
«No hay hechos, solo interpretaciones», escribió Nietzsche
Nietzsche: el sismólogo de las certezas
Ahí podría habérsele dado carpetazo al asunto, con la razón humana erigida en arquitecta legítima de su propio mundo. Pero entonces llegó alguien dispuesto a sondear lo que había debajo de los cimientos kantianos. Friedrich Nietzsche (1844-1900) sospechó que detrás de cada pretensión de verdad objetiva se escondía, casi siempre, una voluntad de poder disfrazada de imparcialidad.
«No hay hechos, solo interpretaciones», escribió. En su obra, el conocimiento no es una escalera hacia la verdad –la salida de una caverna o el catártico descubrimiento de una certeza–, sino que se inscribe en una lucha permanente entre perspectivas que compiten por imponerse. Quien afirma poseer la verdad absoluta no ha llegado más lejos que los demás. Es, simple y llanamente, un impostor.
Foucault: el cartógrafo del poder
Michel Foucault (1926-1984) recogió el guante nietzscheano y lo llevó a un terreno práctico más incómodo. No se interesó tanto por qué es el conocimiento en abstracto como por quién tiene autorización para producirlo y qué precio paga el que se sale del guion.
Estudió hospitales, psiquiátricos, prisiones o clínicas. Mostró cómo cada época entabla un vínculo muy particular entre el saber y el poder: no son dos cosas que luego se relacionan, sino una sola maquinaria que determina, en cada momento histórico, qué cuenta como locura, qué cuenta como enfermedad y qué cuenta como verdad digna de mención. El médico que diagnostica, el juez que sentencia, el profesor que califica y, en general, todos los sujetos; todo el mundo juega a ser el rehén fugado de la caverna al ejercer, sin necesariamente saberlo, una forma de poder que se legitima disfrazándose de verdad neutra. Es decir, de saber.
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