Marcos Alonso
«Los filósofos de la Grecia clásica eran tecnófilos declarados»
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Siempre ha habido tecnófilos y tecnófobos, posiciones extremas ante las técnicas y tecnologías que nos acompañan desde la noche de los tiempos. Marcos Alonso sería, por lo que cuenta y escribe, más tecnófilo que sus colegas filósofos y más tecnófobo que muchos que así se declaran y al final no lo son tanto. Profesor de bioética en la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, Alonso es autor de ‘Platón contra las máquinas’, un repaso a la dicotomía de amor y odio que la tecnología viene despertando desde la invención de la escritura alfabética griega hasta la revolución biotecnológica y la inteligencia artificial que hoy tanto nos fascinan e inquietan. Entre medias, el prejuicio contra lo artificial que inaugura Platón, la mentalidad ingeniera de Descartes, el talento tan visionario como deslumbrante que comparten Alan Turing y John von Neumann, la coherencia (criminal) de Unabombeer o los robots que han llegado para quedarse.
Te declaras rendido admirador de la escritura de Platón al tiempo que le retratas como el santo patrón de la desconfianza hacia las máquinas. ¿Estamos ante el villano del libro?
Está bien definirle como villano porque el término transmite la pasión que el filósofo griego desata. Es como en esas películas en las que el malo acaba resultando más interesante que el héroe. No puede, aunque se equivoque, haber animadversión hacia el que es uno de los grandes pensadores de la historia.
¿Cabe acusarle de favorecer que la medicina se estancara durante demasiados siglos?
La interpretación del platonismo y de escuelas que le toman como referente se fueron oponiendo a algo tan fundamental como la disección de los organismos para poder estudiarlos.
¿Los héroes de esta historia serían entonces los Descartes, Galileo, Darwin, Turing o Von Neumann?
Tan exagerada podría parecer la crítica a Platón como el elogio de Turing o Von Neumann. Todo tiene sus matices. Dicho esto, no somos del todo capaces de calibrar, por el poco tiempo que ha pasado, lo que supusieron estos dos genios y su impacto en la historia de la humanidad gracias a su papel en el avance tecnológico. Establecer este tipo de jerarquías siempre es un poco ridículo, pero cuesta creer que haya habido dos personas más brillantes, más inteligentes, que aportaran tanto en tan poco tiempo.
¿Por qué nos importa tanto la distinción entre lo natural y lo artificial si precisamente lo artificial es lo que nos hace humanos, empezando por el lenguaje?
Está la hipocresía del que se declara tecnófobo y luego utiliza la tecnología, bien, por ejemplo, porque les duele una muela, bien porque está en tantos sitios que ya nos cuesta verla. También pasa lo contrario. Yo mismo no la condeno, pero busco planes para retirarme al campo y quitármela de encima. Somos pura contradicción. Toda esta predilección por lo natural se manifiesta en ejemplos tan llamativos como el yogur natural que tanto se busca a sabiendas de que en el supermercado no podemos elegir uno de verdad natural. Si hasta la vaca lechera solo pudo llegar a existir como resultado de un largo proceso de selección artificial dirigido por la mano humana. Tiene que ver con ciertas tendencias muy arraigadas en nosotros, con el rechazo casi visceral a lo novedoso, que luego se convierte en una aceptación también visceral cuando ya descubrimos que es bueno y aceptable. Son prejuicios que funcionan de una manera irracional, pero que al mismo tiempo tienen mucho sentido.
Cuando revisas la cronología de hitos tecnológicos, empiezas por aclarar la idea equivocada que tenemos de la antigua Grecia como época y espacio de pensamiento poco tecnológico, pasando por alto que suyo es el tornillo, el torno, las grúas, la ingeniería naval o el mismo dinero.
Mencionamos la Grecia clásica y tendemos a pensar en filósofos vestidos con togas y votando en democracia. A poco que uno empieza a rasgar la superficie de ese periodo, emerge más bien lo contrario. No voy a decir que eran los locos del Silicon Valley de la época, pero tampoco andaban muy lejos. Eran unos tecnófilos declarados.
«Las nuevas herramientas tecnológicas que van llegando exacerban una desigualdad preocupante»
¿Cómo percibe las posiciones más catastrofistas del actual avance tecnológico?
Tiendo a ser un poco escéptico, pero hay indicios de que se avecina una transformación más drástica y brutal de lo que ha sido en el pasado. Percibo además con claridad que las nuevas herramientas tecnológicas que van llegando generan o exacerban una desigualdad que es preocupante; que puede haber una tendencia a que unos se beneficien mucho y otros se vean aún más relegados de lo que ya estaban. Gestionar eso va a ser problemático. Incluso aunque llegáramos a un mundo, como prometen los jerarcas tecnológicos, de abundante ocio y confort para todos, hay que poner en duda que eso sea suficiente para muchas personas. Es complicado asumir a tanta gente sin trabajo, sin un sentido vital.
¿Dejar paso a la máquina porque lo hace mejor puede afectar más de la cuenta a nuestra identidad?
Esto se aborda poco y será uno de los temas que en los próximos años más peso va a tener. La identidad, al final, está en el centro de nuestra vida, de nuestra manera de relacionarnos. Va a ser un seísmo de dimensiones más grandes de lo que la gente piensa. Hablamos de cómo estas tecnologías van usurpando o suplantando nuestro papel en términos lingüísticos en muchas esferas. No quiero ser apocalíptico y seguramente nos podremos adaptar, pero habrá un momento de transición muy grande.
¿Es esa precisamente la clave de la desazón que muchos pueden sentir ante las máquinas: que superen el último límite y empiecen a dominar el lenguaje, el atributo que nos hace especial como especie?
Es lo que más impresiona al ciudadano medio: que lleguen a comunicarse de esa manera tan humana. Es un disparo en la línea de flotación de lo que consideramos, o hemos estado acostumbrados a considerar durante siglos e incluso milenios, el núcleo de nuestra humanidad. En términos filosóficos quizás el problema más interesante es que, después de Copérnico o Darwin, estemos ante un nuevo ataque a la imagen que tenemos de nosotros. Las consecuencias pueden ser tan imprevisibles como tremendas. No hablamos ya de nativos digitales, sino de nativos de herramientas como ChatGPT: cómo van a pensar, cómo van a conformar su imagen del mundo, de las relaciones humanas… Todavía no lo hemos calibrado.
«No sabemos cómo van a conformar su imagen del mundo los nativos de ChatGPT»
Hablando de robots, escribes que pueden ser cuidadores eficaces de personas mayores. Hablamos de gente que vive en soledad generando un vínculo con un dispositivo. ¿No es más desolador que útil?
Diría dos cosas. Por un lado, efectivamente, es posible que haya quien se aproveche de estas tecnologías para lavarse las manos y ahorrarse la inversión o el fastidio. Por otro lado, y no quiero que se perciba como que le pongo una vela a Dios y al diablo, habría que ver cuál era la situación antes de estas tecnologías, que era ya muy triste. Es cierto que pueden potenciar o cronificar la soledad de quien se agarra a ellas en un momento puntual y queda atrapado. También hay gente sin opciones que encuentra en estas tecnologías una suerte de sustitutivo muy precario y mejorable, algo con lo que interactuar y no perder la cabeza. Destacamos noticias de chavales que se suicidan inducidos por la IA, pero seguro que habrá otros adolescentes que han encontrado en estas herramientas la ayuda que necesitaban. ¿Las mantenemos sin control o las prohibimos a estas edades? Seguramente las dos posturas son erróneas y debemos buscar caminos intermedios. No caben las posturas muy simplistas o maniqueas que no llevan a nada.
«No se trata de dejar de usar la tecnología, sino de hacerlo según nuestros propios términos»
Con el impacto creciente en la salud mental y el ritmo al que vamos, ¿veremos nacer comunidades dispuestas a quedarse completamente al margen, a romper la inercia que traen tantos y tan veloces avances tecnológicos?
En cierto modo, eso ya está en marcha, pero no me extrañaría que cobrara mucha más fuerza. Y es hasta positivo que surjan esos movimientos porque contribuyen al ajuste deseable. Vamos ensayando un extremo, luego el otro y así vamos encontrando una posición óptima. Un caso como el de los amish en Norteamérica y su manera de concebir el uso de la tecnología tiene mucho que ver con esto. Cal Newport, autor del célebre Deep Work, acuñó el concepto de Minimalismo Digital y aboga por una reducción inteligente que se haga, sobre todo, en función del propósito vital de cada uno. Son tecnologías tan cómodas y tan bien diseñadas para que las usemos sin fricciones que al final las utilizamos con poco conocimiento. Lo que Newport defiende es muy adecuado: ser más selectivos y tener más conciencia del tiempo invertido. Los periodos de ayuno digital ya están en muchos libros de autoayuda. Se trata de hacer una criba que redunde en una relación sana con la tecnología. No dejar de usarla, pero sí emplearla según nuestros propios términos.
Algo debía sospechar Von Neumann de todo esto cuando en sus últimos años dejó dicho que le quitaba más el sueño las consecuencias que tendría en el futuro el alcance de revolución tecnológica que su propia participación en el desarrollo de la bomba nuclear.
Fascina su capacidad de visión. Esto lo dice en los años cincuenta. ¡Cómo puede uno siquiera atisbar ese desarrollo de la tecnología! ¡Cómo augurar algo así cuando los avances aún eran tan incipientes!
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