Fenomenología de la guerra
‘Pastoral iraquí’, la obra cumbre de Basilio Baltasar, puede leerse como una fenomenología de la guerra. El autor describe un tipo de violencia que toma prestado el guardarropa de las virtudes y se echa sobre los hombros la pelliza del deber, el sacrificio, la compasión y otras tantas lindezas rimbombantes que alegremente prostituye.
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Visto así, ¿hay mejor laboratorio fenomenológico que la novela? Allí donde el ensayo define «burocracia», Kafka o Kadaré ponen delante la ventanilla y al funcionario de gafas ahumadas. Allí donde la teoría discurre sobre la vigilancia y el castigo, Kundera o Moravia hacen comparecer el chiste que se vuelve acre en la lengua y la oreja en ristre del vecino. ¿Cómo va a hacerse fenomenología en una novela, preguntarán los especialistas? Pues porque, como ignoran los especialistas y saben, entre otros, los pescaderos, no importa el género, sino la calidad del género.
Pastoral iraquí (KRK Ediciones), la obra cumbre de Basilio Baltasar, puede leerse como una fenomenología de la guerra. Donde otros recurren a mapas y a escuadrones, Baltasar describe un tipo de violencia que, en vez de irrumpir con los ojos inyectados en sangre, toma prestado el guardarropa de las virtudes y se echa sobre los hombros la pelliza del deber, el sacrificio, la compasión y otras tantas lindezas rimbombantes que alegremente prostituye. Tal es la revelación filosófica del libro: la guerra, en su entraña satánica, sabe servirse de las buenas intenciones del soldado que quiere proteger a los suyos, del compañero que no deja atrás al camarada, del hijo que teme deshonrar al padre, del patriota que confunde la piedad con la represalia…
¿Hay mejor laboratorio fenomenológico que la novela?
Inolvidable esa escena en que el coronel Merola se dirige a la guarnición y busca, casi a tientas, el punto exacto de la arenga, sabedor de que un exceso de patriotismo puede volverla de cartón piedra y una pizca de prudencia, en cambio, sonar a cobardía; hasta que da con la fórmula y se arranca: «¡Como un solo hombre! Ha llegado la hora de la verdad. ¡Espero ver cómo sale a flote lo mejor de cada uno!» (p. 43). Lo que convoca no es tanto la razón como esa zona timótica del soldado donde anidan la disciplina, la lealtad, la vergüenza, el pundonor y el miedo a desmerecer ante los demás. Pero toda la elevación verbal de la escena acaba embarrándose, literalmente, cuando el soldado Arnal se niega a fregar las letrinas, pues él había ido al frente a batirse, no a empuñar la escobilla, y ahí queda, de golpe, la guerra entera reducida a su contradicción más obscena: promete hacer aflorar lo mejor del hombre y no tarda en ponerlo de rodillas ante la inmundicia.
El destacamento español ha desembarcado en Irak. Los soldados, desprovistos de sus disfraces civiles, se ven obligados a transportar cadáveres, hablar con viudas, entenderse con intérpretes y obedecer órdenes irracionales. Subido a la modesta peana de sus galones tenemos al coronel Merola, procurando no mirar lo que toda épica militar deja debajo del pedestal, como los huevos del caballo de Espartero: en este caso, la carne que se abre, el fusil que abrasa la mano y, sobre todo, el momento en que el rostro del otro deja de ser presencia de una alteridad, a la manera levinasiana, y empieza a ser sospecha. Arnal, el soldado pendenciero, ya no se fía de que «la cara sea el espejo del alma» (p. 85); Massoud, el intérprete, lo formula de otro modo: «El verdadero enigma del mundo es el rostro del hombre» (p. 132).
Un mal día, corre el rumor de que alguien de la compañía es un quintacolumnista del enemigo. Súbitamente, los soldados imaginan venenos en el agua, degollinas de centinelas, emboscadas sangrientas y chalecos de dinamita. Lo que fuera del cuartel habría sido chismorreo de taberna se viste allí de prudencia y de estricta observancia del deber castrense. Massoud queda cercado porque la sospecha, como las religiones primitivas, siempre exige un sacrificio. «Una vez excitado, el sentido del deber pierde la mesura» (p. 116).
En Pastoral iraquí, Baltasar mantiene un diálogo con el Thomas Browne de Hydriotaphia y su meditación fúnebre sobre restos y posteridades borradas, y describe la mecánica sacrificial postulada por René Girard, pero también convoca a Goya y sus desastres, a Brueghel y sus ejércitos de tullidos, a Otto Dix y George Grosz, que retrataron la guerra como una máquina de triturar carne y dejar muñones y risas torcidas, y aun al Solana de los velatorios y los pellejos macilentos. Baltasar hace fenomenología, en efecto, al pintar Irak con sangre seca y polvo de osario, y la guerra comparece, en su desnudez, como una bruja sanguinaria que emplea las virtudes más elevadas en los trabajos más inmundos.
Edmund Husserl conminaba a construir una filosofía dirigida zu den Sachen selbst («a las cosas mismas»), y a esa filosofía la llamó fenomenología. No se trataba de hacer un análisis de las ideas o de la pura razón, sino de esas cosas mismas que se nos brindan como «fenómeno», en tanto que no aparecen sin más, sino que antes bien comparecen ante nosotros. Hoy que abunda una literatura sensacional, toda vez que andamos saturados de sensaciones y de emociones, Pastoral iraquí representa, si se permite el chiste filosófico, una novela fenomenal.
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