¿La guerra hace más felices a los israelíes?
Israel sube al octavo puesto en el último informe del World Happiness Report, como si el conflicto bélico cronificado hubiera fomentado la cohesión social y glorificado el militarismo.
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Sorprenda o no, Israel ha subido al octavo puesto en el World Happiness Report 2026. El dato exige contexto antes que indignación, precisamente porque el informe de Gallup –España ocupa el puesto 41; Estados Unidos, el 23– no mide la felicidad como entusiasmo ni como alegría visible, sino como la valoración que cada persona hace de su propia vida en una escala del cero al diez, a partir de encuestas realizadas durante tres años. En ese mismo ranking, Finlandia ocupa el primer lugar por noveno año consecutivo, acompañada de otros países nórdicos donde se pondera la estabilidad institucional, la confianza social y la previsibilidad.
Llama la atención por idénticos motivos que en Israel la guerra ha dejado de percibirse como una excepción. No interrumpe la vida, la organiza. Las sirenas ya no paralizan, sino que ordenan los tiempos del día. Los hospitales se adaptan, bajan al subsuelo, siguen funcionando. La gente corre, se protege y continúa. Al día siguiente trabaja, sale, consume información, comenta lo ocurrido. Las muertes aparecen en los titulares y se integran en la conversación sin detenerla. El frente no está lejos ni cerca: está incorporado a la rutina. La guerra no irrumpe. Acompaña.
Y en ese paisaje, Benjamin Netanyahu no actúa como un líder que gestiona una crisis, sino como un patriarca que administra la normalidad alterada. Comparece en vídeos, escenifica decisiones, convierte cada gesto en un relato triunfalista. No importa tanto que los objetivos proclamados no se hayan cumplido –los misiles siguen cayendo, el enemigo sigue en pie– como el hecho de que la guerra se haya convertido en el marco desde el que todo se explica. La vida pública gira en torno a ella. Y el poder también.
Lo inquietante no es que Israel soporte la guerra. Lo inquietante es que una parte creciente de la sociedad parece haberla integrado hasta el punto de necesitarla. Ya no se vive solo como una fatalidad. Se comenta, se consume, se comparte. Se muestran tarjetas con enemigos eliminados como si fueran marcadores. Se analizan objetivos militares en televisión como quien desglosa un partido de fútbol. Se arenga a los soldados con el lenguaje de un estadio. Se canta, se baila. Se celebra. La guerra es una razón de vivir.
Ahí está el cambio. Cuando la guerra deja de ser un paréntesis y se convierte en ambiente. Cuando el horror no desaparece, pero pierde su capacidad de escandalizar. Cuando la violencia se normaliza hasta formar parte de la conversación cotidiana.
El poder político se fortalece en ese contexto. La prioridad no consiste en resolver el conflicto, sino en sostenerlo. Las encuestas avalan su continuidad. Incluso su intensificación. Se habla de nuevas operaciones terrestres en el Líbano y en Irán como si la historia no hubiera dejado ya suficientes advertencias.
Israel no encaja en la idea intuitiva de felicidad asociada a la calma o a la seguridad
La cuestión no consiste en desacreditar el ranking ni en suponer que los datos están equivocados. La cuestión consiste en entender qué está midiendo realmente. Porque la puntuación de Israel no se explica por la ausencia de conflicto ni por una sensación de tranquilidad, sino por factores distintos: una red social muy cohesionada, vínculos familiares intensos, un alto grado de identificación con la comunidad y una percepción de sentido que se refuerza en contextos de amenaza. La guerra no anula esos elementos, en algunos casos los intensifica o los garantiza.
Israel no encaja en la idea intuitiva de felicidad asociada a la calma o a la seguridad. Encaja en una definición distinta, más vinculada a la pertenencia, a la resistencia y a la capacidad de adaptación con los escenarios apocalípticos. El problema aparece cuando esa adaptación deja de ser un mecanismo de supervivencia y empieza a modificar la percepción moral de lo que ocurre. La deshumanización, por ejemplo. Y la impunidad con que se desenvuelve Netanyahu, cuyos casos de corrupción parecen subordinados al liderazgo de la causa mayor. La guerra suspende la propia democracia.
La sociedad acepta el trueque de libertades por supervivencia, y en ese intercambio, la guerra se vuelve adictiva para el poder: mientras el país se sienta en peligro, el liderazgo es incuestionable. Es una forma de bienestar que sobrevive a cambio de anestesiar la autocrítica en favor de la resistencia.
En las últimas semanas se ha producido un cambio perceptible en el discurso público. La guerra, que se presentaba como una necesidad puntual para neutralizar una amenaza concreta, ha ido perdiendo ese marco limitado. Los objetivos no se han cumplido en los términos anunciados, pero la dinámica del conflicto continúa y, en algunos sectores, encuentra respaldo. El foco ya no está en cómo terminar la guerra, sino en cómo gestionarla.
El desplazamiento adquiere consecuencias en el lenguaje, en las imágenes y en las actitudes. Los medios analizan operaciones militares con una normalidad creciente. Los vídeos que circulan muestran escenas de exaltación que antes habrían resultado incómodas. La violencia no desaparece, pero se integra en la rutina informativa y en la conversación cotidiana con menos fricción que en etapas anteriores.
Nada de esto implica que la sociedad israelí sea homogénea ni que no existan posiciones críticas. Pero sí indica que una parte significativa ha incorporado la guerra a su normalidad de un modo que no encaja con la idea convencional de bienestar.
Por eso la presencia de Israel en los primeros puestos del ranking de la felicidad no puede interpretarse como una anomalía estadística sin más. Señala, más bien, los límites del propio concepto de felicidad que se utiliza. Un país puede puntuar alto en satisfacción vital y, al mismo tiempo, convivir con niveles elevados de violencia, tensión y deterioro moral.
Lo que el World Happiness Report nos está diciendo en realidad es que la felicidad no es sinónimo de paz, sino de coherencia interna. En Israel, el individuo no se siente solo frente al caos, se siente parte de un engranaje colectivo que funciona con precisión suiza bajo el fuego. Esa percepción de «funcionalidad» –hospitales que bajan al subsuelo sin dejar de operar, una economía que consume mientras intercepta misiles– genera una satisfacción vital basada en la eficacia del sistema. Es una felicidad de búnker de lujo. Se valora la vida no por su tranquilidad, sino por la robustez de las paredes que la protegen.
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