Ana Palacio
«Europa tiene que despertar»
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Bajo el paraguas de la defensa estadounidense, Europa pudo construir «el mejor proyecto colectivo de la humanidad de la segunda mitad del siglo XX», basado en la paz, la prosperidad y la regulación. Ahora, sin ese escudo protector, «no podemos ignorar las ecuaciones de poder», opina Ana Palacio (Madrid, 1948). Conversamos con la exministra de Asuntos Exteriores sobre los principales retos que Europa debe enfrentar para seguir siendo clave en una geopolítica que ya no se rige por esas reglas que la auspiciaron tras la Segunda Guerra Mundial.
Recientemente, ha tenido lugar la cumbre entre Estados Unidos y China, un encuentro que no sucedía desde 2017 y que ha reunido a los mandatarios de las dos potencias que se disputan el liderazgo internacional. A su juicio, ¿cuáles son las principales conclusiones de esta cumbre?
Al muy poco tiempo de terminar el encuentro entre los dos mandatarios, China sacó su readout —el resumen oficial que saca cada parte—; algo excepcional, porque normalmente la americana sale antes. China dejó muy claro lo que era esa cumbre. Empieza el comunicado con una referencia a la «trampa de Tucídides» —yo, personalmente, encuentro esa metáfora muy sobrevalorada—, que representa el estado de ánimo de la opinión pública culta. La primera conclusión es que China contradice todo lo que ha venido diciendo respecto a no entrar en una competición. También es un pórtico para el meollo de ese comunicado, que es Taiwán. China plantea la centralidad de la estabilidad estratégica. En realidad, lo que hace es poner a Estados Unidos la carga de la prueba de responder a ese envite estratégico. Luego, bastante más tarde, salió un comunicado de Estados Unidos, donde se contaba un encuentro muy distinto: una lista que iba del fentanilo al ofrecimiento de venderles combustibles fósiles, pasando por Ormuz. Toda la mención que hay en el comunicado chino a Ormuz es una referencia de que se habló de Irán.
Precisamente uno de los puntos de la agenda de esa cumbre sino-americana era solicitar la colaboración de China para desbloquear el estrecho de Ormuz. Lo que Trump pensaba que sería una operación rápida y exitosa se extiende ya más de tres meses sin indicio de final. Usted que conoce bien esa parte del mundo, ¿cómo hemos llegado a esta situación, pero, sobre todo, cómo se puede salir de ella?
El polvorín de Oriente Medio no es de hoy ni de ayer, ni provocado por el atentado terrorista de octubre de 2023. Esa región es un área de placas tectónicas geopolíticas que están en permanente fricción. Estamos en una situación de extraordinaria volatilidad. El cierre de Ormuz se puede llevar por delante uno de los pilares del sistema de intercambio, que es la libertad de los mares.
«Europa no puede prescindir de la OTAN»
¿Significa eso que está en peligro el derecho de navegación?
Desde luego. En ese encuentro, Estados Unidos lo puso sobre la mesa. Además, los dos países dicen que Irán no puede tener bomba atómica. Esto demuestra que la gran preocupación de Estados Unidos es la nuclear. Si Irán abiertamente entra en la lista de países nucleares, se rompen todos los equilibrios, porque detrás irán Arabia Saudí, Turquía. Hay que tener en cuenta que Pakistán y la India ya son poderes nucleares. Yo he participado en lo que los americanos llaman el Track II Diplomacy del JCPOA [el Plan de Acción Integral Conjunto, por sus siglas en inglés], que fue el acuerdo sobre el nuclear militar con Irán y en el que se hizo lo que permitía la capacidad de negociar en ese momento, que era empujar el problema hacia el futuro: daba un tiempo de respiro con la idea de buscar una solución más permanente.
En los últimos meses hemos visto un acercamiento de España a China frente al auge incontestable de la potencia asiática. ¿Cuál debe ser la postura de Europa?
En la Unión Europea —y España es parte de la Unión Europea— hay una toma de conciencia de la dependencia en todas las tecnologías de transición. Frente a ello, todavía no podemos decir que Europa haya establecido una política industrial, estamos en ello. Europa es consciente de que necesita una política industrial que tenga en cuenta esa dependencia. España está dando la imagen de llevar su propio juego de acercamiento a Pekín para convertirse en plataforma china en la Unión Europea. A España no le interesa jugar en contra de lo que es la postura de la Unión Europea, pero, a la vez, España tiene sus propios intereses. ¿Cómo se equilibra esto? Ahí cabe discutir, pero claramente el interés de España no está en distanciarse de una política común ni, desde luego, en ser abanderado de la crítica a Estados Unidos.

La Administración Trump está cuestionando y retirando su participación de varios organismos y agencias internacionales, vacío que China está sabiendo llenar sabiamente. ¿Debería preocuparnos —no olvidemos que China es un país comunista— o debemos aceptarlo y buscar la manera de sacarle el mayor provecho?
Ahí se juegan los intereses de Occidente. Se trata del orden internacional tal y como se ensambla después de la Segunda Guerra Mundial, basado en unos principios y valores que son los que definen a Occidente. Yo siempre refiero a mis alumnos a que lean la Carta del Atlántico, porque ahí está la visión de ese mundo que luego se plasma en la arquitectura multilateral que se crea desde un paradigma y con unos valores de inspiración muy claros: el objetivo es la paz, que se alcanza por la prosperidad, a la que se llega por el intercambio reglado. Ese es el origen de esta globalización, que está amparada en esa estructura multilateral. China está jugando muy inteligentemente, ocupando los vacíos de soft power que está dejando Estados Unidos. Y lo está haciendo desde un entendimiento del mundo que no es el occidental. Donde nosotros decimos libertad, el confucianismo dice seguridad y armonía, donde nosotros decimos individuo, el confucianismo dice grupo y familia. Nosotros centramos la política en el individuo, la cultura china en el grupo. Europa navega como puede en estas aguas turbulentas. Dicho esto, queda claro que lo que nosotros hemos hecho es el mejor proyecto colectivo de la humanidad de la segunda mitad del siglo XX. Pero tenemos que reconocer que lo pudimos hacer porque teníamos el paraguas de seguridad de Estados Unidos y, de alguna manera, nos dejó concentrarnos en nuestros asuntos internos. Una vez que ese paraguas se retira, queda patente que nuestro alcance para aguantar y reformar ese entramado institucional es limitado. Europa está acostumbrada a afrontar los grandes retos a través de la regulación y eso era posible antes; ahora no podemos ignorar las ecuaciones de poder.
«China está ocupando los vacíos de ‘soft power’ que está dejando Estados Unidos»
Desde la perspectiva del derecho internacional, ¿qué valoración hace de lo que ha ocurrido en Gaza desde el ataque del 7 de octubre y la respuesta de Israel?
El derecho internacional tampoco es lo que era, pues este no está pensado para adversarios como Hamás —adversarios no estatales que no respetan ni las más mínimas reglas—. El derecho internacional precisa el respeto de ciertas reglas básicas. El periodo de la Guerra Fría es un buen ejemplo de cómo ni Estados Unidos ni la Unión Soviética se saltaban esta premisa. Israel, Hamás, Irán se lo han saltado. ¿Cómo se arbitra esto? Esta es la gran cuestión que nos interpela. Lo que, en mi opinión, está claro es que no se ha gestionado bien el derecho humanitario, pero este es solo un ámbito del derecho internacional.
Parece que los últimos acontecimientos en Irán han desviado la atención de Gaza y Ucrania.
Es verdad, pero, probablemente, el conflicto más violento, dramático e inhumano es Sudán. ¿Quién habla de Sudán? No habla nadie. Nos preocupan las cosas cuando salen en los medios. ¿Y Sudán? Nadie tiene interés en Sudán; es una guerra en la que los involucrados no tienen tanto morbo mediático. Ucrania es otra cosa. Es directamente existencial para nosotros. Y tenemos una situación complicada. Porque —como Estados e instituciones— estamos comprometidos cuando —como sociedades europeas— no compartimos el análisis de los riesgos y las amenazas.
¿Hasta cuándo podrá Europa contener o resistir el ataque de Rusia?
Depende de cómo nos lo tomemos. Europa tiene mimbres de sobra para fajarse y plantar cara, pero tiene que hacerlo. Está empezando a despertar; ahora tiene que salir de la cama, pertrecharse y ponerse a ello.
Uno de los grandes temas es la creación de un ejército europeo. ¿Qué opina?
Centrar el foco en el ejército europeo es dar capotazo, desviar la atención. Es algo de lo que se viene hablando desde los años 50. Redescubrirlo ahora es no enfocar dónde está el problema. Nosotros tenemos 27 ejércitos. Una comparación fácil de uno de los grandes expertos en defensa, un general español al que yo respeto y de quien aprendo: es como si en Europa tenemos 27 coches y ahora tuviéramos que ponernos de acuerdo para tener un autobús. Lo primero sería saber cuál va a ser el recorrido de ese autobús, porque yo con mi coche quiero ir al Sahel y el otro al Ártico. Además, esos 27 coches son de los años 90 y realmente se han utilizado poquísimo, por lo que hay que ver si funcionan. Los ejércitos aprenden con las guerras. En la antigüedad, la evolución tecnológica era muy lenta; ahora va a velocidad de vértigo. En la actualidad, tenemos unos ejércitos que no se han enfrentado y la tecnología ha variado completamente.

¿Qué tiene que hacer entonces Europa? Decía antes que ya no tenemos el paraguas de Estados Unidos.
Lo primero, hablar a nuestras opiniones públicas y decirles la realidad: Europa ha perdido ese paraguas. Europa está rodeada de inseguridad. Y tenemos un vecino que ya ha demostrado su capacidad de desestabilización. Tenemos que invertir en defensa y eso implica arbitrajes, porque no hay dinero infinito. Una vez que ya no tienes que esconder las inversiones en defensa en otra partida presupuestaria, pasas a lo segundo: actualizar nuestros ejércitos con las tecnologías de hoy. Y eso lo podemos hacer en común, pero antes tenemos que desarrollar una infraestructura industrial. Ahora, en defensa, dependemos del exterior, no tenemos autonomía ni soberanía tecnológica.
«El interés de España no está en jugar distanciado de la Unión Europea ni ser abanderado de la crítica a Estados Unidos»
¿Tendría más sentido reforzar la OTAN?
Por supuesto. Cuando se habla de un ejército europeo, la OTAN es una contraposición implícita. La OTAN es ineludible, Europa no puede prescindir de lo que nos aporta. Es decir, Europa no puede prescindir voluntariamente de Estados Unidos. No es su interés. No tenemos capacidad en estos momentos. Considero que hablar ahora del ejército europeo es quitar el foco donde tiene que estar, que es —primero— tomar conciencia de las amenazas y —segundo— invertir en industria de defensa con un criterio claro. Y es el Ejército quien debe decir qué necesitamos, no la Comisión Europea. Lo primero que tiene que hacer Europa es unirse y tomar conciencia de los sacrificios que habrá que hacer para tener esa defensa y lo que nos jugamos al no hacerlo. Por eso, necesitamos una política industrial que responda a las necesidades de los ejércitos reales y que entienda lo que es Europa.
La guerra de Ucrania puso de manifiesto los límites del Green Deal y visibilizó aún más la necesidad europea de una autonomía estratégica. ¿Puede Europa garantizar la descarbonización energética?
El lenguaje de la energía no cambia con Rusia; ha cambiado ahora con Ormuz. Porque hemos tomado conciencia de algo que tenía que haber resultado claro desde antes del Green Deal: lo primero en energía es la seguridad de aprovisionamiento. En Europa dimos dos ideas por descontadas: la mencionada del paraguas americano en defensa y que el mercado iba a garantizar la seguridad de suministro y la asequibilidad. Con el Green Deal, Europa se concentró en el medio ambiente y se metió a fondo en los objetivos climáticos. El tratado establece que el mix energético —es decir, en última instancia, la seguridad de suministro— pertenece a la competencia de los Estados miembro en exclusiva, mientras que la sostenibilidad, el medio ambiente, es competencia de la Unión Europea. La primera comisión de Von der Leyen entró a influir sobre el mix energético para hacerlo más verde. Hasta que se ha puesto de manifiesto la seguridad. Ahora, hemos cambiado y el medio ambiente queda en un segundo plano. La prioridad es la autonomía, la soberanía y la electrificación. Pero hay una parte de la economía que no se puede electrificar, así que vamos a tener que seguir contando con la molécula, de momento petróleo y gas, que son el 80% del consumo energético mundial y que habrá que descarbonizar. La transición es una realidad, pero esta va a ser un proceso lento, desigual y de alguna manera desordenado.

¿Se podrán así cumplir los objetivos climáticos de París de descarbonización?
El objetivo «Fit for 55» [reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero al menos un 55% para 2030 —respecto a los niveles de 1990— y alcanzar la neutralidad climática de aquí a 2050] me parece difícil. El problema de Europa es que con reglamentos no alcanzamos a cambiar el mundo y sí cabe un resultado perjudicial para nuestras empresas. Dependerá de los arreglos a los que lleguemos con unos y con otros, de los avances tecnológicos, de la autosuficiencia en tierras raras. Algunas compañías energéticas europeas están apostando por explorar y explotar cuadrículas de petróleo y gas en geografías distintas del Golfo, por la inestabilidad de esa región. Me refiero, concretamente, a los proyectos en curso en América Latina, las costas africanas y, evidentemente, el Ártico.
«La transición energética es una realidad, pero será lenta, desigual y desordenada»
Y ¿qué papel jugará la energía nuclear?
En mi opinión, necesitamos todas las fuentes de energía. El interés de Europa es el realismo que planteaba —curiosamente— un proyecto que nunca vio la luz: la Unión de la Energía [iniciativa de la Comisión Europea cuyo objetivo era garantizar que Europa tuviera un suministro de energía seguro, sostenible, competitivo y asequible], que se plantea en 2015 y se agosta con la publicación del Green Deal. Necesitamos el abanico más amplio que dé la mayor flexibilidad, con diversidad de fuentes, de orígenes, de rutas y de dependencias. Porque la dependencia en el petróleo es clara y se refleja en la factura que los ciudadanos pagamos al mes.
Una última pregunta mirando no el mundo de ayer, sino el de hoy. ¿Sobrevivirá la democracia liberal a los envites del populismo?
Sobrevivirá si nos fajamos y la defendemos. Repitiendo las palabras de Mario Draghi en una comparecencia en el Parlamento Europeo en febrero de 2025 cuando le preguntan qué hacemos. Les dice, estoy parafraseando, «miren, yo les he dicho hagan esto y lo otro. No sé qué tienen que hacer, pero hagan algo». Europa tiene que despertar; tenemos elementos de sobra. Vamos a ser claros: tenemos unas poblaciones envejecidas y situaciones migratorias complicadas, pero también tenemos educación y la investigación de base sigue siendo extraordinariamente importante. Tenemos mimbres. Ahora, tendremos que analizar dónde tenemos carencias o dónde hemos creado situaciones que tenían justificación y se aguantaban en el mundo de ayer, pero no en el de hoy.

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