Marta Jiménez Serrano
«Vivimos en una época de mucho ego y poca introspección»
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Lo escribió Joan Didion: un día te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba. Vivimos angustiados por el futuro y proyectamos infinitas preguntas sobre qué será de nosotros mañana, con quién estaremos, qué enfermedades sufriremos, qué trabajo nos espera. Y lo hacemos sin tener en cuenta que las cosas pueden cambiar hoy mismo, en cualquier momento. De eso habla Marta Jiménez Serrano (Madrid, 1990) en su última obra ‘Oxígeno’ (Alfaguara), una novela que narra una intoxicación por monóxido de carbono, un día de otoño de 2020, a causa de la negligencia de su casera. Tomando como partida ese suceso que casi le cuesta la vida a ella y a su pareja de entonces, el escritor Juan Gómez Bárcena, ‘Oxígeno’ relata brillantemente unos temas que nos atraviesan a todos: la crisis de la vivienda, el amor, la amistad, el miedo, y sobre todo lo que implica seguir viviendo, lo rara y extraña que se puede volver la vida cuando una roza la muerte.
A menudo escribir implica exponerse. ¿Eso puede dar pie a posibles conflictos con los demás y uno mismo?
Siempre separo mucho la escritura de la publicación, escribo del modo más libre posible. Creo firmemente que tenemos que aprender a hablar de casi cualquier cosa, aunque cueste una barbaridad, y eso pasa por cuidar cómo lo decimos. La literatura es un modo de decir cosas que no podemos expresar en ningún otro sitio. A mí tampoco me interesa el morbo, y escogí un narrador distante, analítico y elegante. Al final, escribir este libro me ha servido para colocar y entender el trauma, para poner palabras a lo que viví.
«La literatura es un modo de decir cosas que no podemos expresar en ningún otro sitio»
Han descrito su libro como una novela que habla sobre el trauma de rozar la muerte, pero a mí me pareció más una obra que habla del absurdo de la existencia.
Estoy de acuerdo, es un libro que habla sobre la fragilidad de la vida y su sin sentido. Tomé conciencia de que no vivimos en una línea recta, de que todo es mucho más imprevisible e incierto de lo que pensamos, y que lo que tenemos ahora puede desaparecer en cualquier momento. Esa certeza me dejó un shock durante cierto tiempo, viví anestesiada y en modo automático, luego me disparó los miedos y finalmente llegué al punto en el que estoy ahora. Si no sabemos qué va a ocurrir mañana y todo puede cambiar de un momento a otro, ¿para qué vivir angustiados preocupándonos por el futuro?
Esto conecta con la filosofía del Carpe Diem, que impugna en un capítulo. ¿Qué fallos le ve a esta teoría tan de moda actualmente?
Siempre me pareció horrible el Carpe Diem, y ahora aún más. Me resulta angustioso tener que vivir cada momento como si fuera el último, como si el placer fuera una obligación. No me gusta la idea de tener que disfrutar todo el rato como una imposición, como si todo tuviera que ser épico. Hay que estar presentes en nuestro día a día, pero también hay que poder hacer planes a medio y largo plazo como si se fueran a realizar. Y que luego se realicen es lo de menos. El otro día me preguntaron cuál había sido mi regalo más deseado de los Reyes Magos y dije que la Barbie Mariposa, pero luego nunca jugué con esa Barbie. Recuerdo desearla durante todo un año y la ilusión al recibirla, pero nada más. La proyección a futuro es importante para el deseo, aunque luego no culmine.
«Me resulta angustioso tener que vivir cada momento como si fuera el último, como si el placer fuera una obligación»
Oxígeno cuenta también un futuro que concibió y ya no existirá, especialmente en el terreno del amor. ¿Hasta qué punto las diferentes formas de vivir un mismo suceso en una pareja condiciona el amor?
Hasta todos los puntos. Lo que pasa en Oxígeno es una gran metáfora de la pareja porque nos ocurre lo mismo pero cada uno lo ve, lo vive, y lo gestiona de forma opuesta. A Juan le pareció que tuvimos muy mala suerte, y a mí me pareció que tuvimos mucha suerte. Para mí el amor es eso, un relato cuyos narradores coinciden hasta que dejan de coincidir. Y creo que es muy importante, cuando el relato es conjunto, entender que el otro tiene una perspectiva distinta y no por ello está equivocado.
¿Las relaciones sentimentales pueden sobrevivir a un contexto difícil?
Creo que la pareja tiene que funcionar en un contexto social y económico determinado. Esa fantasía de «cuando estamos solos, estamos muy bien» no funciona, porque una pareja no es una burbuja aislada. Las condiciones materiales, geográficas, sociales… influyen muchísimo. Pero dicho esto, cuando hay un sentimiento claro y recíproco, y una sintonía y complicidad evidentes, se puede intentar integrar eso en un contexto, por difícil que sea. Es una cuestión de voluntad. El amor es algo que también hay que saber sostener, porque hablamos del amor y de la felicidad como si fueran cosas que llegan solas y no es así. Hablamos de los sentimientos positivos como si no requieren ningún esfuerzo por nuestra parte y también hay que saber estar a la altura de ellos.
De hecho, en su libro aparece el concepto de responsabilidad, la obligación de hacernos cargo de las cosas. ¿Nos cuesta hoy en día entenderlo?
Has dado con una palabra que para mí es clave, es importante hacernos responsables. Satisfacer los propios deseos es algo que requiere de mucha responsabilidad, pero también hacernos cargo de lo que nos toca. Y eso implica a la casera, y también a la responsabilidad de todos de pagar los impuestos para que pueda venir el SUMMA 112 a sacarnos de donde nos tenga que sacar. El libro habla mucho del miedo, que puede ser una ilusión de la responsabilidad. El miedo hace que te enfoques en cosas que no controlas y pierdas energía para lo que sí podrías cambiar. Hoy en día parece que la responsabilidad es tediosa y aburrida, y el placer y la felicidad son cosas mágicas que nos tienen que venir dadas. Es fácil echar balones fuera, pero todos somos responsables de muchas de las cosas de nuestro día a día.
«Satisfacer los propios deseos es algo que requiere de mucha responsabilidad, pero también hacernos cargo de lo que nos toca»
Y sin embargo, hay problemas estructurales que llevan inevitablemente al miedo. Ha planteado de forma directa la crisis de la vivienda.
Ahora tengo un piso propio y me siento una afortunada, pero he tenido mil alquileres precarios. No soy ajena a la crisis de la vivienda, y creo que lo material impacta directamente en nuestra salud mental, la precariedad te impide tener algo tan básico y necesario como es un hogar, y esa imposibilidad por disponer de una casa propia te afecta inevitablemente en el día a día. Es muy difícil vivir en un sitio donde no te dejan poner un cuadro, o invitar a amigos a una fiesta, o tantas otras exigencias que plantean muchos caseros. Y va más allá del problema económico, repercute en tu intimidad y en cómo te relacionas con los demás.
El suceso que relata en el libro sucedió en 2020, cuando aún vivía de alquiler y no había publicado nada. ¿Cuánto ha cambiado en estos cinco años?
Me ha cambiado una barbaridad la vida. Ha sido un cambio identitario muy grande, porque para mí era una vocación el ser escritora, era algo que yo quería ser desde siempre. Me ha dado un lugar nuevo desde el que relacionarme con el mundo, y conmigo misma. Antes de dedicarme a esto, dedicaba muchas horas a leer y a escribir pero eran dos vidas distintas. Ahora estoy menos disociada, puedo vivir de la literatura y tengo unos lectores maravillosos.
En los últimos años he visto cómo su obra genera conversación, pero también críticas. ¿Cómo concibe la autoficción y cómo se lleva con las críticas que lamentan el exceso de ella?
Te reconozco que me daba mucha pereza esto al escribir ‘Oxígeno’ y tuve que hacer un esfuerzo por no pensar en los periodistas ni la crítica, simplemente decidí escribir sin pensar en el exterior. Hay que diferenciar el ego del yo, porque vivimos en una época de mucho ego y poco yo. Se le da mucha importancia a la imagen hacia fuera pero poco a la introspección, que es muy saludable y necesaria para conocerse a uno mismo y relacionarse mejor con los demás, y que no pasa por un narcisismo onanista. La terapia y la escritura, que son dos formas de introspección, me han suavizado el ego. Las críticas me dan un poco igual, creo que Proust y Dante ya hacían autoficción y no pienso en las etiquetas cuando escribo.
En la época de Proust y Dante no existían las redes sociales. ¿Le hubiera gustado ser escritora en otra época, sin Twitter ni Instagram?
Ni de broma. Me he imaginado de pronto en un café lleno de señores fumando puros y no me gusta nada. Las redes son lo que hagamos con ellas, tienen cosas y buenas y malas… A mí en la escritura no me afecta mucho, sé que hay colegas que han sacado novelas de posts en redes, pero yo necesito que la literatura tenga su espacio y su tiempo. Soy incapaz de escribir en redes algo que luego pueda ser un libro. Antes has hablado de generar conversación, y eso sí me interesa. Con muchos de mis lectores hablo de cosas que me aportan mucho, y me gusta que exista ese espacio donde pueda usar mi altavoz de forma amable. Además, las redes han hecho que muchísima gente se conozca y se haga amiga… Son lugares de encuentro, inevitablemente.
Esa intención de vincularse con los demás es algo común en este libro y en los anteriores. Su escritura trasluce una intención clara por intentar comprender al otro.
Es un buen resumen de mis libros y de mi vida. La incomunicación es una de mis obsesiones, igual que el intento de comunicarse con el otro y sentirme menos sola. Los momentos en los que la vida merece la pena es cuando nos relacionamos con los demás. Un vínculo verdadero no es algo que pase todos los días, es algo difícil de conseguir, y algo que personalmente persigo. Y es doloroso cuando no sucede, ese intento de comunicación fallida.
«Los momentos en los que la vida merece la pena es cuando nos relacionamos con los demás»
¿Cree que vivimos en una época individualista que dificulta entender al otro y sostener el dolor ajeno? En el libro comenta que el trauma casi nunca nace del dolor, sino de no dejar espacio a ese dolor.
Tenemos poca tolerancia a la tristeza ajena, pero también nos cuesta mucho soportar la nuestra. Las relaciones requieren exposición y capacidad para sostener las emociones, porque si quieres conocer al otro de verdad, tienes que ser capaz de empatizar con las contradicciones del otro, con su incertidumbre, con sus miedos. Siento que queremos estar bien a toda costa, y exigimos lo mismo a los demás, dejamos poco espacio al dolor y a la angustia porque vivimos con prisa. Además, tengo la impresión de que eso se traslada también a las relaciones amorosas. Hay que dejar tiempo y espacio para que las cosas calen, no ir con tantísima prisa. A veces estamos tan pendientes de rellenar el silencio y sostener la relación, que no logramos ver al otro.
Trata temas intensos y complicados, pero lo hace con un lenguaje sencillo. Su prosa no es enrevesada.
Con total honestidad te digo que para mí es más fácil ser compleja y el trabajo que hago conscientemente es el de simplificación y depuración. Encontrar la frase más sencilla es la tarea más difícil. Es la literatura que me gusta leer, pero también es un tema ideológico. Cuando escribí mi primer libro, tenía muy presente que quería que mi abuela lo entendiese, y ni siquiera estaba viva. Mi abuela fue a la escuela solo un año, no era una mujer letrada, pero la cultura se puede usar de muchas maneras. La cultura se puede usar para quedar por encima del otro y como ascensor social, pero a mí me interesa como lugar de encuentro. Nos enseña que todos somos iguales, que todos sentimos las mismas cosas, y por eso no quiero ni busco una literatura críptica reservada a unos pocos, en un altar inaccesible.
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