TENDENCIAS
Cultura

Josele Santiago

«Disfruto del privilegio de ser malentendido»

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
06
abril
2026

Artículo

Hay músicos que escriben canciones y otros que, sin proponérselo, acaban escribiendo también la crónica de un tiempo. Josele Santiago pertenece a ambas categorías. El líder de Los Enemigos publica ahora un libro, ‘Desde el jergón’ (Contra) en el que recorre su vida a través de esa trayectoria en una banda de rock. Un ejercicio de memoria -imperfecta, caprichosa- que mezcla literatura, barrio, adicciones y música. Atiende a ‘Ethic’ por teléfono para hablar sin prisas sobre escritura, interpretación, la mitificada movida madrileña y su necesidad, casi física, de seguir creando.


Ha ido tanteando la prosa desde hace tiempo, con columnas en Babelia. ¿Le ha resultado natural dar el salto al libro?

Es un libro muy trabajado. Le he dado muchas vueltas: siete versiones, he llenado muchas papeleras… V1, V2, V3… Todo al carajo. Pero estoy muy satisfecho del resultado porque me interesaba mucho que estuviera bien escrito. Soy un lector compulsivo y tengo cierto criterio. Y las columnas me han venido muy bien como calentamiento: tener textos cortos, con un tema, ayuda a arrancar.

Desde el jergón está estructurado en torno a canciones, casi como capítulos. ¿Eso le facilitó el proceso?

Sí, porque todo gira alrededor de las canciones. En cualquier banda, sin canciones no habría nada: son el núcleo, la fuente. En cuanto me planteé el libro, supe que iba a ser así.

«Mi manera de escribir no es narrativa, es más sensorial: busco imágenes potentes que tengan varias lecturas»

¿Le han servido esas canciones como anclaje para ordenar la memoria?

Sí, porque no tengo muy buena memoria. Me han ayudado a organizarme y a recordar. Yo quería describir de dónde sale la chispa de cada canción. Porque mi manera de escribir no es narrativa, es más sensorial: busco imágenes potentes que tengan varias lecturas.

Eso implica aceptar que cada oyente interpreta las letras a su manera…

Claro. Y me encanta. No hay una lectura correcta ni incorrecta. A veces alguien te dice «aquí hablas de esto», y tú piensas: «No, pero podría ser». Es como cuando cuatro amigos cuentan la misma noche: cada uno recuerda algo distinto. Yo disfruto del privilegio de ser malentendido.

¿De dónde surge esa chispa de las canciones?

Es muy caprichosa. Puede ser en la Casa de Campo, en un bar o en la portería de tu casa. Hay que estar con las antenas puestas. Muchas canciones empiezan en servilletas de bar. Luego ya llevaba libreta, aunque suele estar llena de chorradas… Pero hay dos o tres cosas que brillan y tiras de ahí.

El libro juega mucho con los saltos temporales. ¿Ha sido lo más difícil?

Sí, los saltos en el tiempo son muy complicados. Cuando los lees en los maestros no se notan, enriquecen el relato. Pero hacerlos tú… Ahí me he pegado muchas veces. Aun así, me interesaba más eso que una cronología estricta, que es bastante aburrida.

¿Hasta qué punto ha ficcionado sus recuerdos?

Siempre se ficciona un poco, porque si no es un aburrimiento. La realidad es un concepto bastante abstracto. No estamos aquí para levantar acta notarial de nada.

«La Movida se ha sobrevalorado: antes ya había mucho en Madrid»

Al echar la vista atrás, ¿qué ha descubierto de usted mismo?

Que empezamos con un sueño casi inalcanzable y lo pusimos por encima de todo, de forma bastante irresponsable. Si no salía, buscabas un curro temporal y ya está. Nos íbamos a tocar a un pueblo perdido por gasolina, cervezas y un sitio donde dormir. Era así.

Madrid aparece casi como un personaje más en el libro.

Es inevitable. Si cuentas cómo nacen las canciones, aparece el paisaje. Sin querer, ha salido también una especie de crónica social de la época.

En ese retrato, revisa también el mito de La Movida.

Tuvo cosas buenas, fue un soplo de aire fresco. Pero creo que se ha sobrevalorado. Se ha instalado la idea de que antes no había nada en Madrid, y eso es mentira. Había muchísima música, conciertos, aunque fueran clandestinos. Lo que pasa es que había que enterarse.

¿Se ha construido un relato demasiado épico?

Sí, como si Madrid fuera el centro del mundo, y no era así. Seguíamos siendo un país periférico y precario. Y además, había cierto elitismo. Se ha olvidado a mucha gente que estaba haciendo cosas muy interesantes antes.

También aborda temas como la salud mental. ¿Cree que ahora se habla mejor de ello?

Por lo menos ha salido del armario. Antes lo que no se nombraba no existía. Y esto está en todas las familias. Me parece sano que se hable con normalidad. Otra cosa es cómo se aborde: durante mucho tiempo todo se resolvía con pastillas, y eso te deja como un robot.

Habla con mucha claridad de las adicciones, especialmente de la heroína.

Es que fue una barbaridad. El acceso era facilísimo y había mucha ignorancia. No sabíamos dónde nos metíamos. Y luego te das cuenta de que no puedes vivir sin eso. Ahí tienes el problema.

¿Se ha simplificado ese fenómeno como algo marginal?

Totalmente. No era cosa de cuatro tirados, llegaba a todas las capas sociales. Y además había un problema de higiene brutal: se compartían jeringuillas sin saber lo que podía pasar. Yo era de los pocos que no lo hizo. Y uno de los que sigue aquí. Porque no se sabía lo del SIDA, pero sí la hepatitis. Y no quería pillarla.

¿Se considera una persona propensa a la adicción?

Sí, claramente. Hay personalidades adictivas. Yo me engancho a lo que sea: alcohol, tabaco, café… lo que toque. Hay gente que prueba la heroína y no se engancha. Yo no soy de esos.

«Soy una personalidad adictiva: me engancho a lo que sea»

En el libro también hay espacio para las pérdidas. ¿Cómo las lleva?

Mal. Con Jorge Ilegal he perdido a un amigo y a un maestro. He aprendido mucho de él, sobre todo la economía en la música: la importancia de los silencios. Eso hace que una canción respire. Y la de Robe Iniesta también me ha afectado. Nunca nos cruzamos, pero me interesaba mucho lo que hacía, sobre todo lo último.

¿Y esa mirada hacia atrás le ha vuelto más nostálgico?

No especialmente. Todo cambia, es ley de vida. Yo ahora voy a Madrid y no lo reconozco. Mi barrio era obrero, con chabolas, y ahora lo llaman el Brooklyn de Madrid. En fin…

ARTÍCULOS RELACIONADOS

El sueño de Nick Cave

Esther Peñas

La trágica biografía del músico ha tiznado sus canciones de referencias religiosas y profundos misterios.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME