Cultura

El sueño de Nick Cave

La biografía del músico, plagada de sucesos traumáticos como la muerte de su padre o la de su hijo tras caerse por un acantilado habiendo consumido LSD, ha tiznado su música de referencias religiosas y profundos misterios. A lo largo de su carrera, Cave ha pasado del género más ‘punk’ a unas canciones intimistas que parecen marcadas por la culpa, el dolor y las tinieblas emocionales.

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15
Dic
2021
Nick Cave
Fuente: Kim Erlandsen

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Bob Dylan con el catolicismo, Cohen con el budismo, Cat Stevens con el islam, Johnny Cash con el evangelicalismo, Gerge Harrison con el hinduismo o Jimmy Page con el ocultismo. También los profetas de la música experimentan sus propias epifanías. Revelaciones que los arrojan del caballo, como a Saulo, y de las que no abdican jamás. Y los hay que mantienen una equidistancia propia de la coplilla Ni contigo, ni sin ti hasta que vienen mal dadas y se entregan sin red que recoja a una fe que siempre los acompañó. Nick Cave, por ejemplo.

Pudiera parecer un despropósito hablar de fe profunda en referencia a uno de los arquetipos del post-punk y un embriagador del rock gótico, pero quien haya seguido su carrera sabrá de qué se trata. Para empezar, como tantos otros (Elvis Presley, Elton John, Mick Jagger o Aretha Franklin, Nick Cave (Australia, 1957) comenzó cantando en el coro parroquial. Más tarde, con 19 años, mientras está detenido en los calabozos, su padre muere en un accidente de tráfico. Se entera cuando su madre, tras pagar la fianza de su libertad y recogerlo, le comparte la demoledora noticia. Comienza entonces a consumir heroína. 

El golpe emocional da buena cuenta algunas de las canciones que interpreta con su primera banda, The Birthday Barty, como By Jesus Trash-can, una canción que representa a Cristo como conductor de un camión de basura, con pelo grasiento, que apesta. También Mutiny in heaven narra un motín en el Paraíso ante lo mejor que cabe esperar es salir huyendo hacia una iglesia de barrio donde atrincherarse. Así, la socarronería y la irreverencia presiden estos textos, aunque en realidad no dejen de estar plagados de referencias bíblicas. Esa brutalidad, esa grandilocuencia, esa sanguinolencia y ese tono de venganza insaciable fascinó al australiano durante buena parte de su carrera, como él mismo reconoció en numerosas entrevistas (imprevisible, por cierto, ante los periodistas): «Creo en Dios, pero mis creencias están tan llenas de dudas que apenas hay certezas».

Las letras de Nick Cave han estado tiznadas desde sus inicios por referencias religiosas llenas de misterio

Formado ya el grupo que lidera en la actualidad, The Bad Seeds, tituló uno de sus discos con la contestación de Cristo a Pablo antes de su conversión: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón». Dar coces contra el aguijón, Kicking against the pricks. Casi exacto si no fuera por la connotación sexual que contiene la palabra prick, empleada en ciertos ambientes como sinónimo de ‘verga’. De hijo tarambana a hijo pródigo. Ese es el deambular de Cave con Dios. Siempre luchando contra él como Jacob contra el ángel, conformando uno de los sueños más bellos de la historia. En los momentos bajos (cuando la heroína le permite atisbar su descenso al infierno más radical y menos metafórico), acude a la iglesia a buscar paz. De una de esas visitas surge Brompton oratory, donde canta: «La lectura es de Lucas 24,/ donde Cristo regresa a sus seres queridos./ Miro a los apóstoles de piedra (…)/ y me gustaría estar hecho de piedra/ para que no tuviera que ver/ una belleza imposible de definir,/ una belleza imposible de creer».

Sigue tiznando de misterio sus referencias religiosas, como si no quisiera sentirse arrastrado hacia ellas, como si les reprochara no ser suficientes para reparar todo la rabia que siente. De nuevo el sueño de Jacob, Cave peleando contra Dios. El encuentro con el cineasta Win Wenders, con el que trabaja en Cielo sobre Berlín, una película sobre la pureza de corazón, la bondad y la alegría interior, le acerca a una visión más serena de la religión, adentrándose en una voluptuosidad más amable, en la que las trompetas del Apocalipsis quedan relegadas a bambalinas y lleva a Cave a conectar con la libertad y la inspiración. Hay un interés distinto hacia el hecho religioso, que rastrea en el sexo, en la naturaleza, en la feminidad, en el otro.

La pérdida de uno de sus hijos, fallecido con 15 años, le llevó a canciones solemnes, austeras, profundas como un desconsuelo insostenible

La vida (o la economía divina a ojos de un católico) quiso que este hombre con aspecto de predicador sombrío se encarase a una de las situaciones más trágicas que le pueden ocurrir a un ser humano: perder a un hijo. Hace cinco años, cuando el cantante tenía 58 años, uno de sus gemelos, Artur, con 15 años, se precipitó por un acantilado tras haber tomado LSD. Fue en Brighton, Reino Unido. Por entonces, su decimosexto disco de estudio estaba a punto de publicarse; y Cave decidió modificar algunas letras.

En la canción que abre, Jesus alone, dice así: «Eres un doctor africano cosechando en los lacrimales./ Crees en Dios,/ pero ahora no tienes dispensa para dejar de creer./ Eres un viejo sentado junto a la hoguera,/ eres niebla rodando por el mar;/ eres un lejano recuerdo en la mente de tu creador,/ ¿no lo ves? (…) Con mi voz/ te llamo,/ sentémonos juntos hasta que llegue el momento». La respuesta en forma de duelo musical llegó más tarde en 2019 con Ghosteen, un título que supone un acrónimo entre la palabra ‘fantasma’ y el sufijo que en inglés significa ‘adolescente’, un disco solemne, tan austero que hiere, profundo como un desconsuelo insostenible. Algo fantasmagórico. De tinieblas, de culpa, de dolor. Todo de elegía. La portada del disco es gráfica: un cordero ocupa su centro. Ofrenda de salvación. La fe como báculo, sobre todo ante el misterio insondable de la pérdida. Así ha sido para Nick Cave, este hombre flaco y hosco al que, pese a vestir traje a medida y sin corbata, podemos imaginarlo sin dificultad enfundado en hábito talar.

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