Cultura

El origen de la cultura

La cuestión de qué es la cultura y dónde se origina lleva siglos ocupando la mente de pensadores y antropólogos que no acaban de ponerse de acuerdo en una definición.

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14
marzo
2024

Lo cultural siempre está en el centro de la disputa. ¿Vale la pena invertir en cultura a nivel personal y político? ¿Ser cultos nos hace ser mejores personas? ¿Es el acceso a la cultura un derecho? Todas estas cuestiones, de perpetua actualidad, no pueden resolverse nunca del todo si no respondemos primero a la pregunta primigenia: ¿cuál es el origen de la cultura?

El término «cultura», del latín colere, «cultivar», no fue plenamente desarrollado con el significado actual hasta casi el siglo XIX. Solía emplearse para referirse al cultivo agrícola, hasta que pasó a denominar el conjunto de costumbres y obras intelectuales que caracterizaban una sociedad, lo que hace que una civilización sea civilizada, valga la redundancia. Pero que el término actual no existiera como tal hasta hace un par de siglos no quiere decir, ni mucho menos, que no hubiera una consciencia de lo que es la cultura hasta entonces: simplemente tenía otro nombre.

El término ‘cultura’ aparece por vez primera testimoniado en las ‘Disputas tusculanas’ de Cicerón

Solemos hablar de la civilización griega como la primera cultura occidental. Así lo consideraba el filósofo alemán Friedrich Nietzsche, aunque los propios griegos nunca hablaron de «cultura» sino de paideia. Este término describe las cualidades que debían adquirir los estudiantes para convertirse en hombres de bien, resumidas también en la premisa kalos kagathos, «hermoso y bueno», que implicaba que se debía adquirir excelencia tanto física como moral. El término «cultura», aunque no se empezó a utilizar en ese sentido hasta muchos siglos más tarde, aparece por vez primera testimoniado en las Disputas tusculanas de Cicerón, donde el orador afirma que «la filosofía es el cultivo del alma». La expresión cultura animi, «cultivo del alma», parece haber sido un intento del pensador de traducir la griega paideia, y el primer uso de la metáfora agrícola para referirse al desarrollo intelectual.

Pero ¿qué es exactamente la cultura?

Como sucede con muchos términos complejos, la definimos por oposición a su término contrario, la naturaleza. Esta dicotomía, planteada por el antropólogo Lévi-Strauss, entre otros, parte de la idea de que hay determinados comportamientos que nacen con nosotros y otros que se nos enseñan de manera más o menos inconsciente. Por ejemplo, todos los seres humanos tenemos el don del lenguaje, pero depende del lugar en el que crezcamos tendremos una u otra lengua materna.

Así, y valga la contradicción, la cultura es algo inherente al ser humano como idea, pero cada persona, dependiendo de dónde nazca y en qué condiciones, recibirá su propia «versión» de la cultura, ya sea un acento, una costumbre festiva o un legado literario y artístico.

Se nos plantea también, al intentar acotar lo que es la cultura, la distinción entre la cultura popular y la cultura individual. Cuando hablamos de cultura popular pensamos sobre todo en el folclore y en manifestaciones artísticas como los bailes tradicionales o el arte textil, en la que se fundamenta la identidad colectiva del pueblo o de la nación, mientras que con la cultura individual pensamos es esas obras que nacen del genio único y, a menudo, solitario: la música, la poesía, tal vez el cine…

Pero ¿es más «cultura» una canción popular que un libro de poemas, o viceversa? La línea que separa la música popular de la música culta es tan fina que a veces desaparece por completo (compositores de música clásica como Bártok utilizaron danzas populares en algunas de sus obras más famosas), y lo mismo sucede con la literatura (los textos homéricos, obra canónica de Occidente, nacen como cultura colectiva y popular). Intentar dilucidar si una manifestación cultural es de mayor calidad que la otra por su origen mismo es un debate tan lleno de matices como infructuoso.

La concepción de la cultura como alta o baja parte también de una distinción clasista

La propia distinción entre alta y baja cultura es también un amplio terreno de discusión: ¿la cultura de masas, asimilada a la cultura popular, es necesariamente baja cultura? ¿Una melodía de Bizet, por popularizarse hasta ser utilizada en una canción de Stromae, pasa de ser alta a baja cultura? La concepción de la cultura como alta o baja parte también de una distinción clasista: todo aquello que gusta al pueblo llano es necesariamente peor que lo que gusta a las clases altas, y todo aquello que gusta a las clases altas es necesariamente más sofisticado que lo que nace en el puro fervor popular. De ahí que géneros como el flamenco, de origen en el pueblo, solo se popularicen cuando un artista que traspasa la barrera de lo intelectual empieza a cultivarlo.

La cultura, inherente a nuestra existencia y a la vez completamente independiente de esta, encuentra el origen en su sentido mismo: el pueblo en su totalidad, que determina qué forma parte de su cultura, qué debe dejar de formar parte de ella y qué se transmitirá a los que vienen detrás.

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