Cultura

La nueva sinceridad

La corriente que aboga por abandonar la cultura del cinismo une a artistas tan diferentes como el cantante Residente y el cineasta Pedro Almodóvar para recurrir a la sinceridad de las emociones.

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02
Mar
2021
sinceridad

El pasado 20 de noviembre, René Pérez Joglar, uno de los fundadores del grupo rapero Calle 13 y ahora conocido por su carrera en solitario como Residente, ganaba el Grammy Latino a la Canción del Año por un sencillo titulado con su propio nombre:  René. En la canción se quitaba de encima toda la impostura del rapero de éxito y admitía que «me siento solo aquí, en el medio de la fiesta». Estrenada durante el primer gran confinamiento, con las emociones de media humanidad a flor de piel, la canción se convertía en un himno a la sinceridad, a mostrarse vulnerable. El vídeo, publicado en YouTube, ya supera los 145 millones de reproducciones.

A principios de ese mismo mes, en mitad del recuento de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, el cómico y presentador Stephen Colbert comparecía en el monólogo de su late night para admitir que Donald Trump «le había roto el corazón». Colbert abandonaba cualquier discurso estructurado y asumía la defensa de la democracia como una cuestión emocional: ver comportarse al presidente de Estados Unidos como un narcisista y tramposo lo hacía sufrir, y pedía a sus compatriotas compartir ese dolor.

Colbert es poco conocido en España, pero el articulista y crítico Noel Ceballos ya lo proponía como el campeón de la«nueva sinceridad» en la televisión estadounidense. Hace seis años, el presentador empezó a protagonizar el programa The Late Show, abandonando al personaje histriónico que había interpretado hasta entonces para abrir el primer episodio cantando el himno de Estados Unidos en diferentes escenarios icónicos del país –como una bolera o un campo de béisbol– junto a personas anónimas. Ya no usaba una máscara: Colbert mostraba aquello que lo emocionaba y se exponía, como Trump, a ser herido.

La «cultura del zasca»

El autor posmoderno, David Foster Wallace, es el padre de la actual «nueva sinceridad», un término que previamente había utilizado el crítico de cine Jim Collins para agrupar tres películas –Campo de sueños (1989), Bailando con lobos (1990) y Hook (1991)– por el uso de las emociones genuinas para llegar al espectador. Este concepto se utilizó igualmente en otros ámbitos –música, poesía, crítica cultural– y tuvo su canto de cisne en 2009.

Wallace desconfiaba de la ironía posmoderna, dominante en la cultura estadounidense de los noventa que, en la actualidad, presenciamos en las redes sociales. Desde su punto de vista, la ironía había perdido su función primordial: ridiculizar al poder. Este cometido lo propondría Santiago Gerchunoff en su ensayo Ironía ON, donde la definiría como un baremo democrático que nivela el debate público. Para él, el totalitarismo es el triunfo de la literalidad absoluta.

Lo que la «nueva sinceridad» propone es recuperar la ironía para conocer las verdaderas emociones

Siempre ironista, Wallace se enfrentó a la incomprensión de muchos. Pensaba que la ironía había desaparecido del debate público, por culpa de la televisión, para transformarse en pura autorreferencia. Así, perdía vigencia cuando abandona su propósito original de hacer explícito lo falso o cuando se tomaba como un mero juego de ingenio que mecaniza aquello que se cuenta.

Wallace –y quienes posteriormente han retomado sus propuestas– aplicaba este mismo análisis al lenguaje de los autores posmodernos. Pensaba que el sobreanálisis y la multiplicidad de referencias acababan por convertir el juego de la ficción en algo vacío, que no produce ningún mensaje útil. Para él, la posmodernidad, la deconstrucción, la ironía, la llamada «cultura del zasca», la competición por el análisis más mordaz, son agotadores. Lo que su «nueva sinceridad» propone es recuperar la idea de que la ironía ayuda a conocer las verdaderas emociones, a encontrarse con uno mismo.

Recientemente, el periodista político y cultural Pedro Vallín hacía un ejercicio similar en su ensayo Me cago en Godard, arrancando desde el «enganche» del espectador infantil a los valores positivos presentes en la superproducciones de Hollywood. El prólogo lo protagonizaba una frase del director Álex de la Iglesia: «Cuando dices que algo te gusta, te estás desnudando porque eso que te gusta te define. En cambio, si dices que algo no está bien, tu nivel de exigencia y tu identidad cultural siguen siendo una incógnita».

Deconstruir la cultura popular

Recuperando a Ceballos, esa superación de la ironía la encarnaría un personaje principal de la cultura colectiva española: el Chiquito de la Calzada, que unía, en una sola figura, la potencia de la ironía y la distancia del comentarista con la del amor verdadero genuino. También hizo referencia al famoso humorista Roberto Enríquez, Bob Pop, para explicar lo que cree que son los límites del humor: que te caiga bien quien hace el chiste. «Si Chiquito contó un chiste de gays, aplaudimos, lo celebramos… esto lo hace Bertín Osborne y quemo el casino», dijo. Los límites del humor tienen su fórmula en la ofensa dividida por el afecto. ¿Por qué? «Porque somos subjetivos, queremos crear una especie de patrón y al final [que algo nos ofenda] depende de nuestro criterio personal», indica Ceballos.

Otro deconstructor en la cultura popular española reciente es Pedro Almodóvar. Mezcla cine clásico, estética underground y temas de trágicos añadiéndoles la diversidad sexual festiva que le había faltado a la cultura española. Le dio la vuelta a lo que se podía decir desde la comedia combinando la ironía con aquello que de verdad le dolía.

Las redes sociales promueven construir una identidad ficticia y mantener lo vulnerable alejado de la superficie

Su último largometraje, Dolor y Gloria, va más allá. Se observan elementos de películas como La mala educación o La Ley del Deseo, a los que Almodóvar añade algo más: un personaje interpretado por su actor fetiche que lo imita en todo, con su mismo peinado, el apellido de su pintora favorita –Maruja Mallo– y con una trayectoria profesional, personal e incluso de salud, similar a la suya. Almodóvar se vuelve a disfrazar para confesar.

La serie El Ministerio del Tiempo repite una jugada similar: trata la historia de España pero también la imagen que el público español tiene sobre ella. Un buen ejemplo es el capítulo sobre el Cid y la conquista de América, donde el Cid, al que conocía la patrulla de viajeros del tiempo, era, en realidad, un impostor que asumía su papel e intentaba cumplir con la historia. Amelia Folch, la intelectual del grupo, se daba cuenta porque ese Cid cumplía con todo lo que decía el Poema de mío Cid, un escrito que nació años después de su muerte y que era una obra literaria, no histórica. El episodio nos venía a decir que quizás el Cid heroico nunca existió, pero cuando usamos sus valores podemos convertirnos en él.

Así, la «nueva sinceridad» no debe abandonar las armas del ironista, solo aprender a usarlas sabiamente. Como apuntaba Gerchunoff, van a ser necesarias en los tiempos que corren. Situar frente a la postura del sarcasmo y del juicio moral, la de quitarse las máscaras y admitir aquello que más daño puede hacernos. Las redes sociales promueven lo primero: construirse una identidad ficticia y defenderla para mantener lo vulnerable alejado de la superficie. Esta sinceridad propone arriesgarse a «ser cancelado».

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