Cultura

El sentido de la cultura

En ‘Como el aire que respiramos. El sentido de la cultura’ (Acantilado), Antonio Monegal profundiza en el papel de la cultura como actor vertebrador y transformador de identidades tanto individuales como colectivas.

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23
Jun
2022
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‘Gente leyendo’ (1895), por Edward Penfield.

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Junto a la concepción de la cultura como bienes, un acercamiento probablemente más iluminador, tal como explica el teórico israelí de la cultura Itamar Even-Zohar, consiste en tender la cultura como una caja de herramientas. Es decir, como un conjunto de recursos que regulan y facilitan la relación con el entorno social y material. Estas dos maneras de entender la cultura no son opuestas sino complementarias, en tanto en cuanto hay bienes que devienen herramientas porque aportan opciones y pautas de actuación. Los hay, sin embargo, que pudieron tener una función instrumental en el pasado, pero la han perdido y han conservado únicamente el valor como bienes. Sería el caso, por ejemplo, del Libro de los muertos egipcio o de la pintura de castas o cuadros de mestizaje del Virreinato de Nueva España.

Según Even-Zohar, cuya argumentación voy a seguir aquí, estas herramientas pueden ser pasivas o activas. Las pasivas son las que sirven para interpretar el entorno, para dotar de sentido a la experiencia individual y colectiva. Even-Zohar cita, en La literatura como bienes y como herramientas, la proposición de los semiólogos Iuri Lotman y Boris Uspenski: «El trabajo principal de la cultura […] es la organización estructural del mundo que nos rodea. La cultura es un generador de estructuralidad y crea una esfera social alrededor del hombre que, como la biosfera, hace la vida posible (en este caso, la vida social y no orgánica)».

Modelar el mundo es, por lo tanto, una manera de explicarlo como si se tratara de un sistema de signos. Frente a estas herramientas pasivas, las activas aportan hábitos, competencias y estilos para desarrollar estrategias de acción. Ayudan al individuo o a la colectividad a manejar cualquier situación ante la que se encuentre.

Lotman y Uspenski: «El ‘trabajo’ principal de la cultura es la organización estructural del mundo que nos rodea»

¿Cómo reaccionar ante la muerte de un ser querido? ¿Qué hacer cuando alguien se enamora? ¿Qué trato dar a los ancianos o a los niños? ¿Cómo se definen los roles de género? ¿Cuándo está justificada la violencia o hay que dar la vida por la patria? Todas estas respuestas son culturales, difieren sustancialmente según las sociedades, pero raramente están estipuladas en protocolos explícitos. Los miembros de cualquier sociedad manejan una serie de pautas y convenciones que les han sido transmitidas por medio de ejemplos, narraciones, imágenes, que configuran un repertorio de modelos con los que la comunidad se identifica, con la aprobación de una parte y quizá el desacuerdo de otra. Los modelos siguen vigentes y ofrecen una guía para la acción hasta que la influencia exterior, la presión de quienes se oponen o el cambio de los tiempos lleva a que sean sustituidos por otros.

El título de un artículo de Carl Cederström acerca de su reacción al movimiento #MeToo es suficientemente revelador: Cómo ser un hombre bueno: lo que aprendí en un mes de leer los clásicos feministas. Cederström consideró que la mejor manera de expresar su solidaridad con el movimiento, en medio de la avalancha de noticias sobre abusos masculinos, era escuchar lo que las mujeres tenían que decir y eligió, para leer en un mes, una lista de 13 títulos que iban desde Mary Wollstonecraft (Vindicación de los derechos de la mujer) y Simone de Beauvoir (El segundo sexo) hasta Chimamanda Ngozi Adichie (Todos deberíamos ser feministas). Un amplio conjunto de convenciones, prejuicios, mecanismos de dominación y discriminación hondamente arraigados en una cultura patriarcal, que engendran la violencia efectiva o latente contra las mujeres, están siendo impugnados. Con notable retraso si miramos las fechas de los textos fundacionales del feminismo, que aportan a la vez herramientas para entender un fenómeno y orientaciones para cambiarlo.

No es un problema biológico sino cultural, y por supuesto político. Las voces de las mujeres que, en forma de testimonio, reflexión o denuncia, hablan a través de estos textos las podemos escuchar también en el cine, la televisión, la escuela o las redes sociales, y lo que hacen es construir un nuevo repertorio de modelos que ofrece estrategias de acción, para una transformación a fondo del orden social. Sabemos que la literatura ejerció un papel poderoso en procesos de construcción nacional como los de Alemania e Italia en el siglo XIX, prestigiando la lengua que se había de convertir en el estándar unificador. En este sentido sirvió como herramienta activa. Es fácil demostrar que, en la actualidad, ha perdido aquella posición hegemónica, superada en influencia social por otros medios de difusión masiva, pero no ha declinado por completo su prestigio en el apartado de los bienes, y este estatus le permite seguir cumpliendo en algunos contextos una función instrumental. Un reciente libro de Jaume Subirana, Construir con palabras. Escritores, literatura e identidad en Cataluña (1859- 2019) demuestra cómo, en el caso catalán, la literatura continúa siendo una herramienta activa.

La adopción de un repertorio compartido es lo que da cohesión y diferenciación a una entidad colectiva

Un aspecto fundamental de la reflexión de Even-Zohar acerca de la constitución de repertorios de bienes representativos, por un lado, y de modelos y opciones para la vida, por el otro, es que la adopción de un repertorio compartido es lo que da cohesión y diferenciación a una entidad colectiva. Encontramos aquí la explicación teórica del concepto de cohesión social tan frecuentemente invocado, pero además vemos cómo la comunidad misma, y no sólo el sentimiento de pertenencia, se construye alrededor del repertorio. El repertorio permite crear y mantener la identidad colectiva: puede inventarse o importarse, pero es la adhesión a un repertorio lo que genera comunidad. Afecta a todas las categorías de la experiencia: la lengua, la comida, la ropa, los rituales religiosos, los sistemas de parentesco, la distribución del horario cotidiano, la gestión de las emociones, la conducta sexual, la actitud ante el trabajo, pero también la conexión con un patrimonio de bienes preciados, un canon de escritos, de obras plásticas, de efemérides o monumentos, que por lo tanto se convierten a su vez en una herramienta activa de distinción respecto otros grupos.

De la cohesión depende la disposición de los individuos a solidarizarse con el grupo y ponerse a su servicio: para ir a la guerra, ayudarse en los desastres o contribuir al bien común. Esta cohesión es necesaria para la supervivencia de las entidades grandes, pero, además, hace falta un esfuerzo, un trabajo cultural para incrementar y mejorar las opciones disponibles. Según Even-Zohar, la riqueza de una sociedad, en términos culturales, no se mide por su patrimonio en bienes sino por el volumen de su «caja de herramientas», es decir, por la disponibilidad de opciones. Se cuenta, así, con parámetros distintos de los meramente económicos para valorar el estado de la sociedad: por el nivel de organización, la posición adquirida, la ayuda mutua entre miembros, la habilidad para actuar, la autoconfianza y el acceso a opciones emprendedoras. En esto consistiría el capital cultural colectivo. De este modo, propone Even-Zohar, la energía de una sociedad y su capacidad para responder a nuevos retos y crisis están relacionadas con la actividad invertida en planificación y en ampliar el repertorio de opciones.

Esta tesis ha llevado a Even-Zohar a desarrollar toda una serie de estudios acerca del trabajo intelectual y el éxito de las sociedades, donde plantea que la existencia de un sector de la población capacitado para renovar el repertorio de opciones culturales permite a las sociedades superar las encrucijadas críticas y progresar más allá del esta do de mera supervivencia. A partir de ejemplos concretos, como la comparación entre Terranova e Islandia, analiza el papel decisivo de esta industria de las ideas más o menos institucionalizada, lo que comúnmente llamamos intelectuales, y a quienes Even-Zohar denomina «hacedores de imágenes de la vida»: productores de ideas y relatos, como los escritores, pero también de representaciones no verbales, los pintores o cineastas, cuyas aportaciones sirven para modelar e imaginar formas de interpretar y gestionar la experiencia humana.

En medio de esta pandemia, que ha afectado hasta los más íntimos recodos de nuestra experiencia cotidiana, y del despliegue de las nuevas vacunas, Steven Johnson ha publicado Extra Life: A Short History of Living Longer, sobre cómo la expectativa media de vida se ha duplicado en los últimos cien años tras haber cambiado poco durante siglos. Este ensayo, que combina la historia de la ciencia con la de las mentalidades, confirma la distinción de Even-Zohar entre los productores de ideas y los que denomina «emprendedores culturales», que son quienes logran su implantación social. La pasteurización de la leche, la cloración del agua, las vacunas y los antibióticos son algunos de los avances que contribuyeron a levantar el «escudo invisible» en el que prácticamente no pensamos (hasta que hay una crisis sanitaria) y gracias al cual es como si los seres humanos disfrutáramos de una vida extra. Johnson argumenta que no todo se debe a los descubrimientos científicos, sino que ha hecho falta también la labor de activistas, intelectuales públicos, administradores y legisladores para conseguir que los beneficios de estos avances se extendieran al conjunto de la sociedad. Ha sido un progreso casi imperceptible por lo gradual, pero que Johnson compara con el sufragio universal y la abolición de la esclavitud, porque ha requerido amplios movimientos sociales, formas de persuasión, instituciones públicas y cambios de estilo de vida (factores todos ellos que vemos actuar en la respuesta a la actual pandemia). Es decir, una transformación cultural, porque la salud también depende de la cultura.


Este artículo es un extracto del libro ‘Como el aire que respiramos. El sentido de la cultura’ (Acantilado), por Antonio Monegal.

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