Cultura

¿Tenemos los superhéroes que necesitamos?

Desde el Superman original que hacía propaganda de la Segunda Guerra Mundial hasta la violenta serie ‘The Boys’, los superhéroes han ido cambiando su mentalidad con el paso del tiempo y la evolución de la sociedad. ¿Qué dicen ahora de nosotros?

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06
Abr
2021

Este 2021 está siendo el año de los superhéroes. Por un lado, la serie de Disney Wandavision se ha atrevido a deconstruir el Universo Marvel. Por otro, Zack Snyder ha estrenado su Liga de la Justicia por todo lo alto en HBO pese a ser, básicamente, una versión extendida de cuatro horas de una película que se estrelló en taquilla en 2017. Hace poco, también Amazon Prime Video estrenaba la serie de animación de Invencible, un tebeo de una editorial menor que nació como una parodia de Superman cruzada con elementos de Dragon Ball y llena de violencia explícita al estilo de otro éxito de la misma plataforma: The Boys.

En las últimas décadas, los superhéroes han pasado de una subcultura pop, arrinconados en el cómic y considerados más o menos infantiles, aunque con ramalazos artísticos –los Batman de Tim Burton, por ejemplo–a dominar el mainstream. Se han comido el mercado de cine. Cada semana, un nuevo lanzamiento de una serie se anuncia en las plataformas. Una película sobre un supervillano, Joker de Todd Phillips, ha llegado a ganar el León de Oro en el Festival de Venecia.

Para David Galán, guionista, escritor y director de la reciente Orígenes Secretos –nominada a los Feroz y los Goya y última adición española al género desde las pantallas de Netflix– la principal mutación reciente de los superhéroes es precisamente la de dejar de ser de nicho: «Los cómics de los sesenta estaban dirigidos a niños, en los ochenta empezaron a mirar a fans adultos y en la década de los dos mil ya se dirigían a todo el mundo, fan o no». Un proceso que tiene un precio: «Inevitablemente, esto los ha cambiado. Ahora son un producto dirigido a un público masivo y deben rendir muchas más cuentas».

McCausland: «El superhéroe es una figura casi cotidiana obligada a servir como reflejo de sus consumidores»

De forma muy similar lo analiza la periodista y escritora Elisa McCausland, autora de Wonder Woman: El feminismo como superpoder, que ha estudiado con lupa fenómenos como Los Vengadores o Wachtmen. «Hoy por hoy todo es superhéroe, luego, nada es superheroico. El superhéroe se ha convertido en una manera de entender la realidad a partir de la ficción. Esto también tiene aspectos positivos, como la intersección del género superheroico con otros, y el debate público en torno a qué significa ser un (super)héroe y tener (super)poderes», explica.

Antes de los sesenta, recuerda McCausland, «el superhéroe era un icono» y, después, «se atendió a su vertiente neurótica». Es el caso de personajes como Spiderman o La Cosa, de los 4 Fantásticos, para quienes tener superpoderes suponía una desgracia más que una ventaja. Con el cambio de siglo «se prefigura el boom actual y hay un gran interés por el papel político que juega su figura. Con excepciones como las películas de Zack Snyder, el superhéroe en cómic, cine y televisión es el nuevo habitante del planeta ficción, una figura casi cotidiana obligada a servir como reflejo de sus consumidores».

En realidad, la base del debate teórico alrededor de qué superhéroes queremos o cuáles nos merecemos –como planteaba la película de Christopher Nolan, El caballero oscuro, en 2008– no ha variado tanto en las últimas seis décadas. En 1964, Umberto Eco, en su conocido ensayo Apocalípticos e integrados, analizaba el impacto de la cultura pop estadounidense en la europea, centrándose en los cómics, en los superhéroes y, particularmente, en Superman, el primero y más icónico de todos ellos, para concluir que la clave del personaje estaba en Clark Kent cuando decía: «Clark Kent personifica, de forma perfectamente típica, al lector medio, asaltado por los complejos y despreciado por sus propios semejantes. A lo largo de un obvio proceso de identificación, cualquier oficinista de cualquier ciudad americana alimenta secretamente la esperanza de que un día, de los despojos de su actual personalidad, florecerá un superhombre capaz de recuperar años de mediocridad».

Galán: «Hay un enfoque que entiende que los superhéroes son un divertimento y su misión es la de entretener»

McCausland no se queda muy lejos de Eco a la hora de valorar la influencia de las películas y series en los superhéroes actuales, aunque el Superman de los sesenta fuera capaz de apagar un sol de un soplido mientras que la Bruja Escarlata de Wandavision solo aspire a una casa con valla blanca alrededor: «El superhéroe ha perdido gran parte de su iconicidad visual: tiene los pies más en la tierra, literal y figuradamente. En la mayor parte de los cómics de hoy, los superhéroes pasan el tiempo charlando, da igual si es en cafeterías o universos paralelos. Lo que se están limitando a reflejar es un way of life casual, cercano, consumible, dejando a un lado toda la tradición propia del sentido de la maravilla».

Galán entiende que, aún a día de hoy, lo que vemos en la pantalla, la eterna disputa entre Marvel –Spiderman, los X-Men, los Vengadores– y DC –Superman, Batman, Wonder Woman– puede traducirse en dos enfoques de un género cada vez más elástico. «Estaría el enfoque que entiende que son un divertimento y su misión, más allá de inspirar o ser ejemplo, es la de entretener y no rehuir de historias ligeras (sin restarle épica). Ahí se enmarcaría Marvel, por ejemplo», categoriza. «Otra vertiente es la que opta por considerarlos algo así como ‘los nuevos mitos’ y envuelve todo de una épica grandilocuente, donde entrarían las obras de Zack Snyder en el Universo DC, y también otras como Logan o incluso Joker».

David Aliaga, escritor y crítico de cómics, recuerda que el cambio no es solo temático, también técnico, para devolver al espectador a las viñetas, el espacio original de los tipos en mallas que saltan muy alto: «Hay un mayor refinamiento en la actualidad. Tanto los autores como los lectores tienen una mayor educación en lo que se refiere a las narrativas visuales. Además, el cómic es un género relativamente joven si lo comparamos con la literatura y está en el momento más temprano de su evolución. Hay más sendas creativas pendientes de explorar».

Galán: «Los superhéroes españoles siempre son tratados de forma paródica. Es como si el carácter español nos impidiera tomárnoslos en serio»

A nivel de contenido, añade, «en esencia, las historias siguen unos mismos esquemas morales, pero han evolucionado a medida que, como sociedad hemos ido debatiendo sobre esas cuestiones». Por su parte, Aliaga recuerda cómo en los últimos años «hemos visto a Marvel incorporar de forma desacomplejada la diversidad racial a sus colecciones y actualizar el papel de la mujer en su universo, en ocasiones, incluso contra la voluntad de algunos lectores que pretenden limitarse a leer una y otra vez las mismas historias, sin matices».

Esta discusión, en realidad, siempre ha estado en la base de toda ficción de masas. En los ochenta, John Byrne decidió que quedaba ridículo que la Chica Invisible de los 4 Fantásticos se llamase así, «chica»Invisible Girl en el original– cuando ya era una adulta con responsabilidad. Como respuesta, además de actualizarla a Woman, la elevó como el personaje más importante del grupo. También Chris Claremont convirtió a los X-Men en el grupo más multirracial de la Marvel de la época. Esta tirantez entre el sentido de la maravilla, héroes y heroínas, que refleja el mundo que los produce, es «un falso dilema» para Aliaga.

David Galán, por su parte, ha creado un superhéroe español: Vértice, el protagonista de su Orígenes secretos, en la novela y en la película. «Los superhéroes españoles siempre son tratados de forma paródica, es como si el carácter español nos impidiera tomarnos en serio a los superhéroes autóctonos. Mi objetivo era combatir esa corriente de pensamiento y la mejor forma de hacerlo funcionar aquí es que él superhéroe no quisiera ser un superhéroe. Reflejar ese carácter cínico que hace que no creamos en ellos y usarlo como conflicto del personaje».

La clave está en cómo conseguir que aquel capaz de derribar una pared de un puñetazo sea creíble. El superpoder es, casi, lo de menos. De hecho, el Vértice de David Galán es como Batman, un humano normal y en buena forma que usa gadgets para pelear. El Clark Kent que se analizaba en los sesenta era demasiado real en su identidad civil y, por eso, se le pedía maravilla a su identidad heroica. Ahora, la segunda se da por supuesta y se le exige credibilidad a la cara «normal» del superhombre cuando no va con capa.

En esta línea, Aliaga cree que «de forma elemental, y con todos los matices que el guionista quiera concederle, un superhéroe sigue siendo una alegoría de los valores éticos de cada tiempo y nos invita a pensar sobre ellos». Elisa McCausland, por su parte, opina que aún es pronto para sacar una conclusión sobre qué están significando los superhéroes para esta época: «Algún día dejarán de ser del gusto del gran público y, ahí, es cuando veremos lo que queda del género».

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