Sociedad

«Lo que la Transición repara es el enorme fracaso del antifranquismo»

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07
junio
2023

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En ‘Vida de Arcadio‘ (Península), el periodista Arcadi Espada (Barcelona, 1957) realiza una crónica del país de la Transición y de una juventud que es –y no– la suya. A modo de reportaje, Espada consulta sus anotaciones, los documentos en los que intervino, habla con antiguos amigos y compañeros, consulta noticias de entonces, mira fotografías, convoca recuerdos y mantiene largas conversaciones con aquel que fue. ETA, el nacionalismo o el Partido Comunista se entreveran con tentativas de comuna, sexo sin preocupaciones y la apuesta por vivir la vida a fondo.


Aunque lo que se ha venido a llamar «autoficción» lo encontramos en Cela con el Pabellón de Reposo o en Martín Gaite con El cuarto de atrás, en los últimos años es un género muy popular entre los escritores. El autor es y, a la vez, no es el protagonista. ¿Por qué decidió adentrarse en él, cómo llega uno a la idea de que su propia vida puede ser materia de ficción y cómo se vence el pudor de hablar de uno mismo en una narración?

Para empezar, el término «autoficción» me causa sarpullido, y no sé cuándo Carmen Martín Gaite, a la que conozco bien, incurrió en eso que se llama autoficción…

No existía entonces el sustantivo, pero en El cuarto de atrás la protagonista responde a la inicial C., es escritora y habla de una obra suya llamada El balneario

No es su mejor novela, desde luego. Pero mi libro no tiene nada de autoficción: ni de auto, ni de ficción; habla de Arcadio, al que yo conozco bien por razones obvias, pero que no soy yo. Arcadio es un joven que vivió en una época determinada, la Barcelona de entre 1975 y 1981, aproximadamente, y del cual me interesa explicar parte de su vida a la que tuve acceso por fuentes documentales, testimonios de personas que lo conocieron y frecuentes conversaciones con él. Por tanto, ni auto ni ficción, todo es verdadero.

«Uno de los temas de este libro son los recuerdos: cómo se forman, cómo nos mienten y lo duros que se hacen de llevar»

¿Por qué escogió ser un escritor de los hechos? 

Es una pregunta difícil de contestar que tiene su posible respuesta en cuestiones temperamentales y del oficio que elegí, pero no soy un escritor que me dedique a la ficción, ni a la autoficción, ni a cualquier payasada; me dedico a la literatura de los hechos, es mi caballo. 

Explica en el libro cómo el proceso de búsqueda de quienes formaron parte de su vida es tan excitante o más que el éxito de la empresa. Me gustaría saber qué sentimientos se agolparon antes y después de encuentros como el que tuvo con Mardioni, cuarenta años después, el fallido con Daniela en Roma, la negativa de Ramón, que se suicidó…

Es uno de los aspectos más importante del libro, por supuesto. Este libro tiene una pequeña línea de investigación. Trato que incluso los libros ensayísticos se apoyen siempre en una pequeña trama, disfruto con ello, y en este caso fue la búsqueda de los compañeros de Arcadio en esa época. Se produjeron en esa búsqueda dos elementos que usted ha citado. Primero, la incomprensible reacción de algunos de esos protagonistas, como Daniela y Ramón, que todavía no me explico y que forma parte de esos misterios insondables de la vida: uno no puede hablar con otro si ese otro no quiere conversar. De manera especialmente trágica en el caso de Ramón, porque ahora está muerto. Eso es muy importante, porque uno de los temas de este libro son los recuerdos per se: cómo se forman, cómo nos mienten y lo duros que se hacen de llevar y qué papel cumple el pasado en las personas. Hay personas para las que el pasado es una banalidad sin importancia y hay quienes viven con él; actitudes perfectamente contradictorias y que explican muy bien la cuestión. El segundo aspecto es una experiencia conmocionante que he vivido, que nunca vive un novelista, y es que se mueran los personajes… tardé en escribirlo entre tres y cuatro años, con una preparación previa, y fue una experiencia traumática. Lidiar con eso ha sido tremendo: te levantas una mañana pensando en por qué Ramón hizo esto o lo otro, y resulta que estaba muerto. Es un proceso de making-of que intento integrar en mis narraciones. Los libros se escriben desde el presente, y el presente tiene que estar ahí, así que ha sido una experiencia dura, pero son las hipotecas de trabajar con hechos y personas que viven.

¿Daniela no quiso encontrarse con usted porque pensó quizás que usted, en su presente, había traicionado el pasado?

Bueno, esa es la visión contra la que este libro opera, la visión convencional y mainstream de las cosas, ya sea psicológico, literario… Lo hace contra ese pensamiento de que uno en la juventud era puro y prístino y que en la vida adulta se dedica a traicionarse. Arcadio era una persona de izquierdas, militante del PC, irreprochable en su conducta… y hoy, Arcadio, en boca de algunos indeseables, es un fascista. Ellos hacen esa conexión que yo nunca me atrevería a hacer entre Arcadio y Arcadi, pero si ellos la hacen habrá que respetarles. Una de las cosas que se dicen sobre la juventud –y que es mentira– es que es un almacén de los sueños perdidos; uno no es nada, menos un almacén, y el joven no tiene ninguna superioridad moral sobre el adulto. En todo caso, es el adulto el que tienen una superioridad moral y cognitiva sobre la juventud. En el caso de Daniela, nunca lo supe. No me fue posible siquiera desentrañar por qué no quiso verme e hizo algo tan feo como bloquearme en Facebook. Quizás, como usted apunta, quiso saber quién era Arcadio hoy y pensó que no tenía nada que ver con el hombre que había conocido, no sé… Aunque igual esa suposición es excesivamente literaria; quizás fue una cuestión de desinterés.

¿En qué momento uno es consciente de que «la vida iba en serio»?

Bueno, Arcadio tiene una seriedad enorme, ya sabe entonces que la vida iba en serio. Es un chaval de orden, no se droga, sigue su disciplina… 

«El joven no tiene ninguna superioridad moral sobre el adulto; en todo caso, al revés»

…y funda una comuna, El Corro.

Hace lo que política y sexualmente tiene que hacer. Esto es muy interesante porque, incluso cuando funda la comuna, que más que comuna es una especie de simulacro, los papeles que deja escritos son de una seriedad aplastante y devastadora, no hay nada de frivolidad; hay hasta un calendario donde figura los días de las reglas de las chicas: todo se lo toma muy en serio, incluso cuando prepara los presupuestos. No es un frívolo, se toma en serio los aspectos más insurgentes de su vida, vinculados con la convivencia y con el sexo. 

Me sorprende que, a día de hoy, hay quien se haya escandalizado por los pasajes sexuales del libro. Tampoco estamos ante Las once mil vergas de Apollinaire.

Tiene usted mucha razón en esto, pero me parece fantástico y muy interesante. Escribo de este joven con absoluta libertad y naturalidad, y el sexo forma una parte importantísima de la vida, y sobre todo de la vida de un joven varón, porque los jóvenes varones lo que quieren es follar, ayer, hoy y mañana; las mujeres son otro asunto, pero los jóvenes, cuanto más follan, más quieren follar. Como está escrito desde el presente, pensaba que la gente lo leería con otros ojos, pero claro, estamos en un tiempo gobernado por monjas que se creen que no son monjas; las monjas de antes, al menos, tenían la ventaja que ejercían de monjas. Leerán el libro y sacarán en Twitter trocitos descontextualizados, pero me da lo mismo; es más, me parece muy bien porque, efectivamente, este libro está escrito para ellas, para que se escandalicen, aunque no lo van a hacer porque tendrían que leerlo y ese es un trabajo que no está a su alcance. El escándalo del tiempo en que vivimos es que pasajes como los que aparecen en el libro sean escandalosos. Hay quien ha llegado a decir que como yo follaba y vivía a pelo he hecho aquí una apología de la transmisión del sida y de las enfermedades sexuales. La gente está loca. Asumo el delirio: ver a los deficientes mentales escribiendo estas cosas da la medida de lo que está pasando en nuestro tiempo. 

Recuerda, en un momento de la narración, el asesinato del empresario Bultó y del político Viola. ¿Se justifica, en algún caso, el uso de violencia?

Sí, claro, cuando a ti te ponen una pistola en la cabeza tienes derecho a defenderte. La violencia se emplea como último recurso, pero nada de la violencia que hubo en España en la época de Arcadio se justifica. Arcadio vivió el momento más esplendoroso de la vida española del último medio siglo, algo tan deslumbrante que los pobres ignorantes de hoy no pueden mirarlo. Arcadio lo vivió no siendo autor de todo eso, sino como parte de la generación de la Transición. Fue una época llena de exuberancia en la que se resolvieron de un plumazo algunos de los gravísimos problemas que tenía España. No todos, porque esta es una nación muy desgraciada y con muchas hipotecas encima, pero algunas se resolvieron para siempre. Los asesinatos de Bultó y Viola, especialmente repulsivos por la manera tan espectacularmente cruel en que se produjeron, dejaron crónicas que a mí, a día de hoy, me conmocionan. No se trata de hacer un ajuste de cuentas, pero sí de contar las cosas de una manera clara. 

«Todos los que brindamos por la muerte de Franco celebrábamos que no habíamos podido con él, como el que escupe sobre la tumba»

Arcadio lo hizo, pero ¿es ético celebrar con un brindis la muerte de alguien, incluso aunque sea un dictador? 

No sé si es ético, pero es repugnante en todo caso; es el signo de una derrota, porque todos los que brindamos –y me incluyo yo, no Arcadio– por la muerte de Franco celebrábamos que no habíamos podido con él, como el que escupe sobre la tumba, a lo Boris Vian. Lo que la Transición repara es el enorme fracaso del antifranquismo, porque este no fue nada, fue una tertulia. Hay un momento en el libro en el que se compara a Javier Pradera y Torcuato Fernández de Miranda en el sentido de quién ganó y quién perdió. Tuve muy buena relación con Javier Pradera, pero no existe la comparación: Pradera fue un editor bueno y un político tertuliano, y los tertulianos nunca estuvieron en la cárcel, ni fueron torturados, ni murieron, como le ocurrió a Julián Grimau. Les guste o no, el antifranquismo fue una donación de las élites; maravillosa, eso sí. De ahí que no tengamos una fecha para celebrar, un 25 abril. 

Decir que algunos «no cumplieron», refiriéndose a Barral, Mendoza, Montalbán… habrá quien lo interprete como un ajuste de cuentas. ¿Qué se requiere para que un adversario sea digno de respeto?

A estos hombre que usted cita, Arcadio los admiraba. Hoy, años después, yo los admiro y alguno es amigo mío, como Mendoza; Montalbán y yo no éramos amigos, pero teníamos una cierta relación y Arcadio lo reconocía como un maestro: es deslumbrante su escritura pop, mezcla de bolero y de industria. Pero ¿cuál es la respuesta de Barral al Manifiesto de los 2.300? El desprecio, decir que él tenía ocho apellido catalanes. Pensamos que ahora estamos peor, pero no, antes estábamos muy mal si un tío como Barral –intelectual y de izquierdas– esgrime como argumento ante gente como Federico Jiménez Losantos, Carlos Sahagún, J. L. Reinoso y otros, que su catalanismo está fuera de toda duda porque él tiene ocho apellidos catalanes. Hoy, nadie de esa raigambre intelectual se atrevería a utilizar dicho argumento. Y escribieron cosas extraordinarias, pero esta gente, que ahora son amigos y que fueron maestros de Arcadio, no plantaron cara al principal problema que tuvo Cataluña, que fue el nacionalismo político, moral y cultural que hubo. El hecho de que el nacionalismo tenga hoy el prestigio que tiene, inmerecido e injusto, se debe entre otras cosas a que ese tipo de intelectuales abdicó de su responsabilidad.

Respecto a la cuestión catalana, leyendo las crónicas parlamentarias de Wenceslao Fernández Flórez uno se da cuenta de que ya estaba todo allí. ¿Hay alguna solución?

Hemos convivido pacíficamente desde la Guerra Civil, salvo con ETA y con los delincuentes que pretendieron dar un golpe de Estado. La democracia ha sido lo suficientemente fuerte para derrotar a unos y a otros, y cuando hablo de la democracia me refiero a los españoles. Uno no puede aspirar a que los problemas tan persistentes desaparezcan de un plumazo; el nacionalismo es una disfunción, no creo que en lo que me queda de vida ese asunto mejore. Hay que asumirlo como los noruegos asumen que llegan a los menos 24ºC durante el invierno. 

En su caso, ¿qué fue más duro matar freudianamente al padre (pienso en esas anotaciones suyas, «por la noche, en un café cualquiera se puede tener padre», de Ferrater) o al padre literario, Joan de Sagarra?

Matar, matar… Arcadio hizo el ridículo con Sagarra, que en aquella entrevista con él estuvo divertido y estupendo. Respecto a su padre biológico, nunca tuvo problemas con él. Tuvo excelentes relaciones con sus padres, lo cual también es una anomalía que acaso jugó a su favor al irse muy pronto de casa, aunque después tuvo que volver con ellos a la portería…

Donde aprendió más de los ricos que de los pobres, como dice.

Lo siento, la vida es así. Lorca decía que la vida no es buena, bella o sagrada… la vida es muy jodida en muchas cosas, y que los ricos tengan más interés que los pobres es de estas jodiendas; claro, lo tienen todo hecho, de acuerdo, pero qué le vamos a hacer, son más interesantes. 

¿Merece la pena la vida de quien ha venido «a empatar a cero»?

Arcadio le diría que no. Él estuvo a punto de sacar una oposición, pero suspendió. Para sus padres, que eran gente muy humilde, era un progreso notabilísimo ese «empatar a cero», sacar unas oposiciones y vivir tranquilo. Pero Arcadio nunca vino a empatar, sabiendo que cuando se juega uno puede perder, claro. Él tuvo suerte: el azar es muy importante, por no decir que es lo más importante de la vida. Arcadio era cuco, había aplicado muy bien las enseñanzas de Lenin: dos pasos adelante y uno atrás. 

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