Sociedad

«Todavía no hemos reconocido el sacrificio de la Transición»

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Paloma Pérez
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17
Ene
2023
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Paloma Pérez

En su libro ‘Un tal González‘ (Alfaguara), el escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) recorre con destreza ese periodo mítico y decisivo de nuestra historia, la Transición, a través de la figura poderosa y hechizante de Felipe González, a quien reivindica como principal artífice de la modernización de España.


Hay una frase que atraviesa libro: «Quizás empecemos a apreciar ser hijos de la Transición más que nietos de la Guerra Civil». 

Es algo que he tomado prestado de un artículo que Miguel Ángel Aguilar publicó en Letras Libres en 2012. Somos una generación que no hemos conocido otra cosa que la democracia, una generación especialmente malcriada en el sentido de que hemos crecido con demasiadas cosas dadas por hecho y hemos juzgado con una severidad impropia a la generación de nuestros padres. Y lo hemos hecho enalteciendo a la generación de la Guerra Civil, que en realidad es una generación profundamente fracasada y trágica con la que no tenemos nada en común pero que, por la dignidad de la derrota, hemos preservado en una especie de formol ideológico una pureza moral que yo creo que no tuvieron nunca. Sin embargo, no solo nos miramos en ella, sino que, además, la utilizamos para medir al resto de generaciones, comparando la conducta de la gente de la Transición con el sacrificio de la de la Guerra Civil y afeándola. Eso es injusto para ambos. La generación de la Transición, por ejemplo, sí que impuso una voluntad, mientras que la de la Guerra Civil se vio obligada a reaccionar a la violencia de su época. A la de la Transición, por otro lado, se le presentaron muchos dilemas y eligió el camino que mejor nos podría beneficiar a los que vinimos después. Un sacrificio que no hemos reconocido hasta ahora.

Podíamos haber tomado otros caminos, pero hubo personas que hicieron posible que eso no ocurriera. 

Es que entonces no era en absoluto evidente que esa España fuera a acabar siendo una democracia. Podía resultar hasta inverosímil. Esto lo he subrayado mucho en el libro: no olvidemos que en el PSOE eran cuatro gatos, igual que en el Partido Comunista. No eran la masa representativa de la sociedad española, sino gente que vivía de ilusiones vanas. En ese momento había mucho en contra y la oposición al franquismo tenía muy pocas posibilidades de imponerse por factores históricos que podían llevar a España por otros derroteros. Pero también es cierto que hubo una fe tremenda en ese cambio hacia la democracia.

«La falta de compromiso cívico es uno de los fracasos de nuestra democracia»

También estaba esa «necesidad histórica de democracia» de la que habla el historiador Juan Pablo Fusi.

Eso lo vemos ahora, pero antes no era tan sencillo llegar a esa conclusión. Se trataba más de una necesidad de creer que España tenía que ir por otro lado. Resume muy bien la realidad del momento aquel 2 de diciembre de 1982 en el que entra Felipe en el Palacio de la Moncloa a tomar posesión. Al día siguiente llega su familia. Cuando Carmen Romero, entonces su mujer, entra y ve que le saludan los guardias civiles y los policías, los mira pensando: «Estos cuando yo me duerma me van a sacar de la cama y me van a fusilar». No sabía con certeza si estaban ahí para protegerlos o para acabar con ellos. En otras palabras, todo el mundo entendía lo que pasaba en ese momento y nosotros lo hemos olvidado pasmosamente. Desde la actualidad parece que todo fue una juerga, cuando fue lo contrario.

¿La Transición fue nuestra revolución liberal?

No creo que lo sea porque, lejos de lo que se suele pensar, el entramado liberal ya estaba avanzado a principios del siglo XX en España. No hemos sido tan diferentes a otros países en cuanto a guerras o revoluciones: las nuestras no son tan distintas a las de Francia o a lo que supuso el proceso de unificación italiano. En España hay una construcción del Estado liberal que no es del todo fallida. Es cierto que está la gran losa del franquismo, pero eso no demuele los cimientos. Desde mi punto de vista, la Transición lleva a término un proyecto que ya llevaba tres siglos en marcha y que quedó congelado durante la dictadura. Su último hito antes de bloquearse, sin duda, fue la Segunda República, pero ha vivido avances y retrocesos durante 300 años. 

¿Y por qué tarda tanto ese encuentro de España con la modernidad?

Tampoco creo que tardara tanto. España no está tan desfasada en ese sentido. El problema es que el franquismo nos nubla la visión. En realidad, no hemos vivido tan desconectados de Europa, al menos desde principios del siglo XIX hasta la Guerra Civil. Tuvimos la primera Constitución en 1812, que respondió a las preocupaciones liberales del momento, y hemos tenido unas élites ilustradas perfectamente comparables a las europeas (y lo mismo ocurre con las fuerzas reaccionarias). El bache ha tenido que ver mucho más con el desarrollo económico que con estar fuera de las corrientes ideológicas de cada tiempo.

Sugieres entonces que nosotros mismos nos hemos creído la leyenda negra.

Sí. Por ejemplo, las sucesivas vueltas del absolutismo o la guerra de Fernando VII no son muy distintas a los intentos de insurrección en Francia: la diferencia es que en el país galo había una sociedad civil mucho más rica y una economía más desarrollada que permitió sobrellevarlas de otra forma. En España, en cambio, todo adquiere un punto algo más trágico, pero lo cierto es que el siglo XIX fue un siglo violento en todas partes. Lo que pasa es que lo vemos todavía con los ojos de Azaña y de la generación de Ortega, cansados de ver solo decadencia. El famoso «me duele España» al que tanto aludimos es fruto de una cadena de desilusiones que surgen en la Restauración de 1876, un periodo ideológicamente muy despreciado a la par que muy importante: es el momento en el que se asientan los principales pilares de la sociedad de hoy, con instituciones como la prensa, las grandes empresas, los clubes de fútbol… que consiguieron cimentarse ahí porque fue también un periodo de paz. Hubo corrupción, sí, pero no más de lo que pudo haber en el mismo periodo de tiempo en Italia o en Francia. En resumen, en nuestro país surge una democracia muy embrionaria, muy corrupta y restringida en términos de población censitaria, pero no muy distinta de cómo lo eran otras democracias en los albores de la Primera Guerra Mundial.

«Felipe fue más leal al Grupo Prisa que al PSOE»

La corrupción es precisamente el legado más viciado de la Transición. Afectaba a toda nuestra arquitectura institucional: corona, gobierno, partidos políticos, empresas, sindicatos…

La corrupción que hubo en la Restauración no la soportaríamos hoy de ninguna forma. Era una corrupción generalizada. Para ubicarnos: hoy se habla de que en España vivimos en un Estado corrupto, pero la corrupción es puramente política; es decir, no afecta al funcionamiento del Estado. Durante el reinado de Alfonso XIII, la situación de España se acercaba a la de algunos Estados fallidos actuales de América Latina. Todo funcionaba con sobornos, tanto si querías acudir al médico como si querías conseguir algo de la Administración. Eso no existe hoy: intenta sobornar a un policía municipal, a ver qué pasa. La corrupción de esa época generaba un Estado frágil. Al final del franquismo había un Estado muy informal donde funcionaban muchas corruptelas, pero eso acaba pocos años después. Precisamente, uno de los logros de la democracia española es que logra modernizar en su primera década la Administración, convirtiéndola en un aparato eficaz y libre, en buena medida, de la corrupción. Es cierto que acaba alcanzando a políticos y a las altas esferas, pero no afecta al funcionamiento de la sociedad.

En tu libro describes una feliz coincidencia: la necesidad histórica de democracia y la aparición de un personaje, Felipe González, con la capacidad y la personalidad para llevar a cabo la misión de modernizar España.

Sí. Cuando se convocan las primeras elecciones de 1977 y Alfonso Guerra se va con su grupo electoral a Alemania a aprender a montar una campaña política, le acaban diciendo: «No tenemos que enseñaros nada porque tenéis algo que a nosotros nos falta: Felipe. No necesitáis una campaña porque tenéis a alguien capaz de llevar a cabo este proyecto y de ganar unas elecciones. Lo único de lo que tenéis que preocuparos es de no perderlas».

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Felipe González con Shimon Peres en 1986.

Por cierto que Felipe, antes de modernizar España, tuvo que modernizar un PSOE que aún predicaba el marxismo.

Tuvo que reinventarse en buena medida, sí, pero el PSOE, en realidad, es un partido socialdemócrata. Las tesis marxistas fueron muy cosméticas. En 1921, cuando termina la guerra civil en la URSS y Lenin convoca a todos los partidos para consolidar la Tercera Internacional e invita al PSOE, sus delegados vuelven aterrorizados. Salvo un periodo de la Guerra Civil por las circunstancias que se dan, durante el resto del tiempo el PSOE es un partido muy posibilista. Al PSOE le interesa mejorar la sociedad y las condiciones de vida de la gente, y a eso se supedita todo.

Julián Marías, durante su exilio interior en el franquismo, decía que la clave tras la dictadura iba ser «organizar el pluralismo». 

Creo que todavía no hemos llegado a asimilar bien el pluralismo. Desde luego, en términos políticos nos ha costado mucho, y también nos ha faltado la creación de una sociedad civil plural que responda a los principios de la sociedad abierta de los que hablaba Karl Popper. España ha llegado a eso de muy malas maneras: si comparas el tejido social de otros países europeos y observas el compromiso cívico, ves con claridad que en nuestro caso es muy pobre y muy triste. Ese es uno de los fracasos de la democracia española.

Te refieres a Felipe González como el personaje más relevante del siglo XX en España. ¿Con qué personajes de nuestra historia le compararías? A los intelectuales les gusta parangonarle con el Conde Duque de Olivares. 

Es verdad que son comparables, pero yo creo que es una cuestión más relacionada con la acumulación de poder que con la capacidad de transformación. Si lo piensas bien, Olivares es muy poderoso, pero su obra política no incide en la configuración de la España de entonces. Yo lo compararía más con el reformismo del XVIII: podría ser un Carlos III o uno de los primeros ministros, como el Conde de Aranda. En otras palabras, uno de aquellos políticos ilustrados que tenían grandes proyectos de transformación para el país y querían incidir en él no solo desde lo estrictamente político, sino con una preocupación real de cambio.

«Un liderazgo como el de Felipe González tampoco sería capaz de poner freno al populismo actual»

El de González también es un liderazgo muy ligado a una época, como lo fueron el de Mitterrand, Thatcher o Reagan. 

Efectivamente, es una clase de liderazgo que ya no existe. Y no lo digo en tono melancólico: las circunstancias son otras, no es algo malo. Al final, ese liderazgo surge en un contexto en el que las circunstancias (y la sociedad) lo piden. Seguro que hoy hay alguien con una vocación política tan capaz como la de Felipe y que, sin embargo, no tiene hueco en el mundo de hoy porque, afortunadamente, se pide otra cosa. Es un motivo de alegría y un síntoma de madurez democrática que no hagan falta líderes fuertes y defensivos, ya que surgen en momentos de grandes crisis.

Describes de forma –te diría que divertida– cómo Felipe amenazaba constantemente con irse. ¿De qué iban esos órdagos?

Eran apuestas serias. Él dimitía constantemente. La dimisión era su forma (plebiscitaria) de estar en política, y si bien hay algo de impostura, no todo era cálculo: creo que no le hubiera importado irse si se hubiera dado la ocasión. No era cinismo. Estaba poniendo en juego lo mucho que quería a su compromiso. Tanto, que estaba dispuesto a darlo todo. 

La figura de Felipe no puede explicarse sin su relación con el principal aparato mediático del país, el Grupo Prisa, y su estrecha amistad con el empresario Jesús de Polanco y con el periodista Javier Cebrián.

En ese momento, la fidelidad estaba a prueba de cualquier fisura porque iba más allá de los intereses creados. Los intereses fueron creándose, evidentemente, pero afectaba a lo íntimo, a la comunión de personas, a los amigos. El poder mediático, político y empresarial que surge en los ochenta es un poder de amigos que viene del antifranquismo; es una comunión que solo se entiende desde una amistad y unas lealtades muy potentes que vienen de lejos, de una militancia común en el antifranquismo y de una confusión de roles propia de gente muy íntima. Para ellos es algo muy natural: han llegado juntos hasta ahí y siguen juntos, siguen organizando las cosas y no tienen claras las fronteras entre el Gobierno y los periódicos. Tampoco les interesa plantearlas. Mantienen la situación porque han descubierto que funcionan muy bien juntos, y eso ha sido uno de los lastres que ha arrastrado Felipe. Polanco y Cebrián eran su tribu, casi antes que el partido. Yo creo que Felipe fue más leal a Prisa que al PSOE.

El Rey Juan Carlos también tuvo una conexión especial con Felipe, pero en el libro no lo cuentas.

Es una de las omisiones conscientes que he hecho a la hora de escribirlo. Al Rey emérito lo omito porque creo que su papel decisivo es anterior a 1982. Es cierto que hay una afinidad importante, pero también algo extraña, porque Felipe le tiene un respeto institucional muy grande. No me parece una historia tan decisiva para poder entender los años de Felipe. Si hubiera sido un libro sobre [Adolfo] Suárez, la cosa cambiaría. 

Al final del libro te preguntas, citando a Saramago, hacia dónde va esa «balsa de piedra ibérica».

Lo cierto es que no es una balsa, por suerte o por desgracia. Está muy amarrada al continente. Esa idea de la excepcionalidad ibérica ha decaído y el destino de España está ahora ligado al de la Unión Europea. Vamos al mismo sitio al que nos dirigimos todos los occidentales: hacia una crisis de la democracia y a la alborada de unos tiempos oscuros que, si te soy sincero, no sé por dónde van a salir, pero desde luego plantean un reto enorme a todos los que nos consideramos demócratas. Además, nos han robado el nombre de demócratas: los oscurantistas abusan ahora del concepto de democracia, aunque en el fondo es algo que siempre han hecho.

¿Y ante tiempos como los que se presentan no serían útiles liderazgos como el de González? 

Efectivamente, estamos ante un dilema democrático: es verdad que un líder asertivo como Felipe podría servir de un contrapeso enorme a los populismos, pero creo que al final los acabaría alimentando. La cuestión es que puedes hacer muy poco contra la marea populista, porque si te enfrentas a ella con sus mismas armas, pierdes y solo les alimentas; si no haces nada y mantienes el perfil líquido y tecnócrata actual, también ganan. Es muy difícil. Entiendo la nostalgia porque comprendo la necesidad de una respuesta fuerte ante lo que se avecina, pero creo que solo va a ir en nuestra contra. Creo que ni siquiera un liderazgo como el de Felipe sería capaz de poner freno ahora.

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