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La crisis de la amistad en tiempos modernos

Aunque necesitamos la amistad tanto como siempre, la falta de tiempo y de espacios compartidos y una cultura que glorifica la autosuficiencia han llevado a que los círculos de amigos sean cada vez más reducidos.

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11
febrero
2026

Algo se ha ido estrechando en nuestra vida relacional sin que nos demos cuenta: el espacio que ocupan los amigos íntimos. Poco a poco hemos ido cediendo un terreno que antes ocupaba de manera insustituible la amistad a otras ocupaciones o preocupaciones o, en ocasiones, al vacío. Arthur Brooks, experto en felicidad, señala que el número de amistades está decayendo, que la amistad está en peligro por la epidemia de la soledad y que eso es una crisis porque el ser humano no puede ser feliz sin amigos.

En Estados Unidos, el Centro de Encuestas sobre la Vida Estadounidense recoge que el número de amigos íntimos de los estadounidenses se ha desplomado en comparación con las respuestas registradas en 1990. En España, una encuesta realizada por Sigma señala que la mayoría de los españoles tiene solo entre uno y cinco amigos de esos con los que se puede contar en cualquier situación.

Lo normal es que, a medida que aumenta la edad, el número de amigos cercanos se reduzca. Tener hijos, la muerte de un familiar, problemas de salud o cambios importantes de trabajo suelen ser depuradores de amistad importantes. No todas las relaciones entre amigos sobreviven a estas situaciones, pero las que lo hacen crecen en intimidad y cercanía y se convierten en grandes apoyos.

Pero lo que desde luego no disminuye es la necesidad de la amistad. Aunque prime la calidad sobre la cantidad, un buen amigo puede marcar la diferencia entre una buena o mala salud mental y es una vacuna contra el sentido transaccional de la vida. Es, en palabras de Martín Gaite un «puerto seguro para hacer frente a la nubosidad variable».

Aristóteles ya decía que «sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los demás bienes», subrayando que la amistad no es un adorno de la vida buena, sino una de sus condiciones esenciales. Entonces, ¿por qué está en crisis la amistad en los tiempos modernos?

La vida en línea proporciona una falsa sensación de cercanía con los demás

Las razones son muy variadas. La primera, quizá la más intuitiva, se encuentra en el auge de las redes sociales y el incremento del número de horas que pasamos frente a una pantalla en vez de socializando. La vida online proporciona una falsa sensación de cercanía con los demás, que no es suficiente por muy buena que sea la simulación, porque lo cierto es que la calidad de las interacciones que tenemos con los amigos no es indiferente. La escritora Julia Bainbridge, que pasó años investigando la soledad en The Lonely Hour, explica que el tipo de amigo que de verdad ofrece un remedio a la soledad es aquel con el que tienes repetidos encuentros cara a cara.

Y el trabajo es otro de los grandes motivos que impulsan la crisis de la amistad: trabajamos más horas, pasamos más tiempo yendo y volviendo del trabajo y las horas laborales invaden las tardes y los fines de semana. Y no es solo el tiempo, sino la relevancia que otorgamos al trabajo en nuestra vida y en nuestra identidad.

También influye la desaparición de espacios comunitarios que facilitaban la unión de personas diferentes pero con intereses o creencias comunes: la asistencia a la iglesia, la pertenencia a asociaciones o sindicatos y la vida comunitaria en general ha decaído drásticamente en las últimas décadas. «La amistad debe basarse en algo, aunque solo sea el entusiasmo por el dominó o los ratones blancos», escribió C. S. Lewis en Los cuatro amores. «Quienes no tienen nada, no pueden compartir nada; quienes no van a ninguna parte, no pueden tener compañeros de viaje».

Cuando desaparecen este tipo de instituciones o espacios, desaparece toda una red comunitaria que sostenía a las personas. El compañero con el que compartes activismo para mejorar la vida del barrio es también con el que te organizas para llevar y recoger a los hijos del colegio. Cuando esa cadena se desintegra, las personas y las familias se convierten en núcleos aislados en vez de en puntos de conexión de un mismo entramado social.

Y, de fondo, la cultura de la autosuficiencia y del individualismo dificulta la vulnerabilidad necesaria para la intimidad y hace que valoremos menos las relaciones que requieren dependencia. Niobe Way, profesora de Psicología del Desarrollo en la Universidad de Nueva York, asegura que, desde la década de los 80, el énfasis de la cultura en la autorrealización y el desarrollo personal, ha reducido la importancia que le damos a la amistad.

La experta en vulnerabilidad Brené Brown también señala que está muy extendida la creencia de que la amistad debería requerir poco esfuerzo, cuando en realidad una amistad íntima requiere tanto trabajo como cualquier otra relación que perdura. La amistad requiere contacto, una voluntad expresa de cuidar al otro, de mantenerse en su vida y de acogerlo en la propia.

La inversión merece la pena porque la amistad no solo nos protege de la soledad, sino que nos recuerda que no estamos hechos para sostenernos solos, que la vida compartida pesa menos y que, en un mundo que empuja al aislamiento, elegir cuidar a un amigo es también una forma silenciosa de resistencia.

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