Sociedad

La reconstrucción del orden mundial

En su libro ‘El diluvio’ (Crítica), el historiador económico Adam Tooze relata la reconstrucción de Europa tras la Primera Guerra Mundial. A pesar de existir más de un siglo de distancia, aún hoy se pueden percibir sus consecuencias.

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16
Ene
2023
orden mundial
‘Firma de la paz en la Sala de los Espejos’ (1919), por William Orpen.

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La mañana del día de Navidad de 1915, David Lloyd George, el otrora liberal radical que en aquellos momentos era ministro de Municiones, se levantó para enfrentarse a una multitud de sindicalistas de Glasgow sumamente agitados. Había llegado a la ciudad para pedir el reclutamiento de más hombres para el esfuerzo de guerra, y su mensaje era consecuentemente apocalíptico. La guerra, advirtió, estaba reconstruyendo el mundo: «Es el diluvio, es una convulsión de la naturaleza […] que trae cambios inauditos en el tejido social e industrial. Es un ciclón que está arrancando de raíz las plantas ornamentales de la sociedad moderna, […] es un terremoto que está haciendo que se tambaleen los mismísimos pilares de la vida europea. Es uno de esos movimientos sísmicos en los que las naciones hacen avanzar o retroceder a generaciones enteras de una sola sacudida».

Apenas cuatro meses más tarde, el canciller alemán, Theobald von Bethmann-Hollweg, se hizo eco de sus palabras al otro lado del frente de batalla. El 5 de abril de 1916, después de seis semanas de terribles combates en Verdún, el político germano obligó al Reichstag a enfrentarse a la cruda realidad. Era imposible volver atrás. «Después de unos acontecimientos tan dramáticos como los vividos, la historia no reconoce ningún statu quo». La violencia de la Gran Guerra había tenido un efecto transformador. En 1918, la Primera Guerra Mundial había hecho que se tambalearan los viejos imperios de Eurasia: el de los Romanov, el de los Habsburgo y el otomano. China se veía convulsionada por una guerra civil. A comienzos de los años veinte del siglo pasado, los mapas del este de Europa y de Oriente Medio habían sido trazados de nuevo.

Pero, por dramáticos y violentos que fueran los cambios visibles, lo cierto es que adquirieron pleno significado porque vinieron acompañados de otra alteración más profunda, pero menos llamativa. De la Gran Guerra nació un nuevo orden que, lejos de las disputas y las demagogias de los nuevos estados, prometía fundamentalmente la reconstrucción de las relaciones entre las grandes potencias, a saber, Gran Bretaña, Francia, Italia, Japón, Alemania, Rusia y Estados Unidos. Haría falta una buena dosis de imaginación geoestratégica e histórica para comprender la escala y el significado de esa transición de poder. El nuevo orden que estaba a punto de surgir se definiría en gran medida por la presencia ausente de su elemento más determinante: la nueva potencia que era Estados Unidos. Pero para los que poseyeran esa capacidad de visión, la perspectiva de semejante cambio tectónico ejercería una fascinación casi obsesiva.

El nuevo orden que estaba a punto de surgir se definiría en gran medida por la nueva potencia que era Estados Unidos

Durante el invierno de 1928-1929, diez años después del fin de la Gran Guerra, tres hombres de la época dotados de esa visión –Winston Churchill, Adolf Hitler y León Trotsky– tuvieron la oportunidad de revisar lo que había ocurrido. El día de Año Nuevo de 1929, Churchill, que en aquellos momentos ostentaba el cargo de ministro de Hacienda en el gobierno conservador de Stanley Baldwin, encontró tiempo para terminar Las consecuencias, el último volumen de su historia épica de la Gran Guerra. Para los que estén familiarizados con las historias posteriores del primer ministro británico sobre la Segunda Guerra Mundial, ese último volumen puede resultar sorprendente. Si bien después de 1945 Churchill acuñaría la expresión «una segunda guerra de los Treinta Años» para describir el prolongado conflicto armado con Alemania como una sola unidad histórica, lo cierto es que en 1929 hablaba en un tono muy distinto.

Churchill miraba hacia el futuro no ya con un espíritu de lúgubre resignación, sino con un optimismo considerable. Parecía que de la violencia de la Gran Guerra había surgido un nuevo orden internacional. Había sido construida una paz global cimentada en dos grandes tratados regionales: el pacto europeo de paz, iniciado en Locarno en octubre de 1925 (y firmado en Londres en diciembre de ese mismo año) y los tratados del Pacífico firmados en la conferencia naval celebrada en Washington a lo largo del invierno de 1921-1922. Eran, en palabras de Churchill, «pirámides gemelas de la paz que se elevan sólidas e inamovibles, […] que dominan la alianza de las principales naciones del mundo y de todas sus armadas y todos sus ejércitos». Esos acuerdos venían a dar consistencia a la paz que había quedado incompleta en Versalles en 1919. Venían a rellenar el cheque en blanco que era la Sociedad de Naciones: «Búsquese en las historias», indicaba Churchill –un paralelismo a semejante empresa–. «La esperanza –añadía–, se basaba ahora en unos cimientos más sólidos. […] El período de rechazo de los horrores de la guerra será duradero; y en este bendito intervalo las grandes naciones pueden avanzar hacia una organización mundial con la convicción de que las dificultades que aún tienen que solventar no serán mayores que las que ya han logrado superar».

No es de extrañar que no fueran esos los términos en los que Hitler o Trotsky contemplaran la historia diez años después de que acabara la guerra. En 1928, Adolf Hitler, veterano de guerra y golpista fracasado convertido en político, además de presentarse a unas elecciones generales y de perderlas, negociaba con sus editores la publicación de la segunda parte de su primer libro, Mein Kampf. Pretendía que ese volumen fuera una recopilación de sus discursos y sus escritos desde 1924. Pero como en 1928 las ventas de su libro habían sido tan decepcionantes como sus resultados electorales, el manuscrito de Hitler no llegó nunca a la imprenta. Se nos ha transmitido con el nombre de Zweites Buch («Segundo libro»). Por su parte, León Trotsky tuvo tiempo para escribir y reflexionar, pues después de perder la lucha que había mantenido con Stalin, había sido deportado primero a Kazajistán y luego, en febrero de 1929, a Turquía, desde donde siguió manifestando sus opiniones sobre lo que estaba ocurriendo con la revolución que había dado un giro tan desastroso tras la muerte de Lenin en 1924. Churchill, Trotsky y Hitler forman un trío incongruente, por no decir contrapuesto.

Churchill, Hitler y Trotsky no eran iguales como políticos, intelectuales o figuras morales, pero sus interpretaciones de la política llegaron a complementarse unas a otras

A algunos puede resultarles provocador colocar a los tres en la misma conversación. Es evidente que no eran iguales ni como escritores, ni como políticos, ni como intelectuales; tampoco como personalidades morales. Por todo ello resulta tanto más sorprendente la manera en la que al final de los años veinte sus interpretaciones de la política mundial llegaron a complementarse unas a otras. Hitler y Trotsky reconocían la misma realidad que admitía Churchill. También creían que la Gran Guerra había inaugurado una nueva fase de «organización mundial». Pero mientras que Churchill veía en esa nueva realidad un motivo de celebración, para un comunista revolucionario como Trotsky o un nacionalsocialista como Hitler constituía una amenaza para la memoria histórica. Superficialmente, podría parecer que los acuerdos de paz de 1919 fomentaban la lógica de la autodeterminación soberana surgida en la historia de Europa a finales de la Edad Media. En el siglo XIX, dicha lógica había inspirado la formación de nuevas naciones-Estado en los Balcanes, así como la unificación de Italia y de Alemania. Y había culminado en el desmoronamiento de los imperios otomano, ruso y austrohúngaro. Sin embargo, aunque las soberanías se habían multiplicado, también se habían vaciado de contenido.

La Gran Guerra debilitó a todos los combatientes europeos de manera irreversible, incluso a los más fuertes y también a los que se alzaron con la victoria. En 1919, la República Francesa podía celebrar su triunfo sobre Alemania en Versalles, en el palacio del Rey Sol, pero lo cierto es que esta circunstancia no conseguía disimular el hecho de que la Primera Guerra Mundial había puesto punto final a las pretensiones de Francia de ser una potencia de rango internacional. Para otras naciones-Estado más pequeñas. creadas a lo largo del siglo anterior, la experiencia de la guerra resultó aún más traumática. Entre 1914 y 1919, Bélgica, Bulgaria, Rumanía, Hungría y Serbia se habían enfrentado a su desaparición como naciones a medida que los azares de la guerra oscilaban en un sentido u otro. En 1900, el káiser había exigido enérgicamente un lugar destacado en el escenario mundial. Veinte años después, Alemania se veía obligada a pleitear con Polonia por las fronteras de Silesia en una disputa supervisada por un vizconde japonés. En lugar de sujeto, Alemania se había convertido en objeto de Weltpolitik. Italia había entrado en la guerra uniéndose al bando vencedor, pero a pesar de las solemnes promesas de sus aliados, lo cierto es que la paz no hizo más que confirmar su sensación de ser un país de segunda clase.

La Gran Guerra debilitó a todos los combatientes europeos de manera irreversible, incluso a los que se alzaron con la victoria

Si en Europa había un vencedor, ese era Gran Bretaña, y de ahí la risueña valoración que hacía Churchill. Sin embargo, Gran Bretaña había logrado imponerse no como una potencia europea, sino como la cabeza de un imperio global. Para los hombres de la época, la sensación de que el imperio británico no había salido tan malparado de la guerra no venía sino a confirmar una conclusión: que sus tiempos como potencia europea habían acabado. En una era de poder mundial, la posición de Europa en términos políticos, militares y económicos había quedado irreversiblemente limitada. La única nación que, aparentemente, había salido de la guerra incólume y mucho más poderosa había sido Estados Unidos. De hecho, su hegemonía era tan abrumadora que parecía volver a plantear la cuestión que había sido desterrada de la historia de Europa en el siglo XVII. ¿Era Estados Unidos un imperio universal, extendido por todo el mundo, similar al que los Habsburgo católicos habían amenazado otrora con establecer? Esta cuestión obsesionaría a muchos a lo largo de los cien años siguientes. A mediados de la década de 1920, Trotsky tenía la impresión de que la «Europa balcanizada» se encontraba, «con respecto a Estados Unidos, en la misma posición» que otrora habían ocupado los países del sureste de Europa en relación a París y Londres durante los años anteriores a la Gran Guerra.

Tenían todos los arreos propios de la soberanía, pero no su sustancia. Si los líderes políticos de Europa no conseguían que sus pueblos abandonaran su característica «inconsciencia política», advertía Hitler en 1928, «la amenazadora hegemonía global del continente norteamericano» los dejaría reducidos al estatus de Suiza u Holanda. Desde su posición privilegiada en Whitehall, Churchill había percibido la fuerza de este argumento no ya como una visión histórica puramente especulativa, sino como una realidad práctica de poder. Como veremos, a lo largo de los años veinte, los gobiernos de Gran Bretaña tuvieron que enfrentarse una y otra vez al doloroso hecho de que Estados Unidos constituía una potencia completamente distinta a todas las demás. Se había convertido, casi de repente, en un nuevo tipo de «superestado», ejerciendo su veto en los asuntos financieros y de seguridad nacional de los otros grandes estados del mundo.


Este es un fragmento de ‘El diluvio‘ (Crítica), por Adam Tooze.

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