Sociedad

Winston Churchill, un hombre de Estado

Figura querida y detestada a partes iguales, el político británico fue una pieza clave en la deriva de los acontecimientos del siglo XX: la principal seña de identidad de su mandato fue marcada por la resistencia frente al ejército nazi durante la II Guerra Mundial.

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16
Sep
2022

«No tengo nada que ofrecer sino sangre, sudor y lágrimas». Las palabras del ex primer ministro británico Winston Churchill (1874, Inglaterra) durante su primer discurso en la Cámara de los Comunes, tras ponerse al frente del Estado británico a sus 65 años, han permanecido hasta la posteridad. De ascendencia aristocrática, las de Churchill siempre fueron grandes aspiraciones.

Encabezó el Gobierno del Reino Unido dos veces, la primera vez entre 1940 y 1944 y la segunda entre 1951 y 1955, y la principal seña de identidad de sus mandatos no fue otra que la resistencia frente al ejército nazi durante la II Guerra Mundial. Y eso que el pueblo británico no tenía grandes expectativas sobre él. Después de sus cargos en el Gobierno, buena parte de la población no confiaba en sus capacidades ni en su gestión. Sin embargo, se le aplaudió el acierto de alertar sobre los peligros del ascenso de Hitler al poder militar (y en eso no se equivocó).

Fue en el momento en el que se desencadenó la guerra, y tras la invasión alemana de Noruega, Holanda y Bélgica que hizo temer más expansiones, cuando el rey Jorge VI le pidió a Churchill que aceptara el cargo por primera vez. Nada más acabar ese conocido discurso, se hizo con el control de la política y las operaciones militares, y pese a sus críticas hacia la Unión Soviética, se unió con esta y con Estados Unidos en el cometido –aunque se desmarcó de ciertas decisiones conjuntas–.

De hecho, puso todo su empeño para que España no se uniera a los nazis puesto que creía que, si recibían este apoyo, podría darse un bloqueo del estrecho de Gibraltar, lo cual no favorecía sus intereses: quería tener el paso libre para llegar hasta Oriente Medio y hacerse con todo el petróleo posible. Con respecto a nuestro país, no obstante, se había mostrado equidistante en lo relativo a las fuerzas dictatoriales. Tras el estallido de la Guerra Civil en 1936, Churchill decidió una política de no intervención, puesto que aunque el bando republicano no le inspiraba simpatía y se mostraba más cercano al exiliado rey Alfonso XIII. Tampoco los fascistas le parecieron dignos de apoyo, aunque él definiera el golpe de estado como un alzamiento propiciado por católicos, aristócratas, militares y monárquicos.

Tras la contienda

Una vez concluida la guerra se celebraron nuevas elecciones generales en Inglaterra. Churchill resultó reelegido, pero el Partido Conservador, al que pertenecía, perdió, por lo que tuvo que renunciar al cargo. Se dedicó entonces a intentar que su partido remontara, a reforzar los lazos entre América e Inglaterra y que la Europa occidental permaneciera unida. Y a sus 77 años, tras escribir una obra sobre su experiencia en la II Guerra Mundial, volvió a ser primer ministro. Sus esfuerzos entonces se centraron en prevenir el riesgo de una guerra nuclear, pero no logró concretar una cumbre entre la Unión Soviética y los países occidentales.

Como muchos hombres de su época, Churchill fue detractor del feminismo. Su aversión era considerable: cuando las sufragistas llevaban años en lucha por conseguir el derecho al voto, el primer ministro declaró que las únicas mujeres que podrían desear este derecho eran las de «la naturaleza más indeseable», pues para él ya tenían suficiente representación con estar casadas. Sin embargo, las vueltas de la vida le pusieron frente a frente con sus rechazos: después de que, tras la I Guerra Mundial, las mujeres sustituyeran a sus maridos en sus empleos, la visión que tenía de ellas cambió de forma radical.

En 1953, con 79 años, le concedieron el premio Nobel de literatura «por su maestría en la descripción histórica y biográfica, así como por su brillante oratoria». En ese mismo año, la recién fallecida Reina Isabel II lo nombró caballero, convirtiéndose en Sir Winston Churchill. Falleció en 1965, con 90 años, después de dedicar la última época de su vida a la escritura y a la pintura, dos de sus aficiones favoritas. Figura querida y detestada a partes iguales, fue una pieza clave en la deriva de los acontecimientos del siglo XX. 

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