Opinión

La Europa refugio

¿Cómo va a enfrentarse Europa a las nuevas amenazas que la acechan? El politólogo francés Bruno Latour reflexiona sobre el abandono de los países impulsores de la globalización, el cambio climático y la obligación de dar cobijo a millones de migrantes y refugiados en ‘La Europa del refugio’, un ensayo que forma parte de ‘El gran retroceso’ (Seix Barral).

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Bruno Latour

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Ilias Bartolini
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08
May
2019
Europa refugio

Después de las elecciones norteamericanas de noviembre de 2016 al menos las cosas están más claras. Inglaterra se ha extraviado en su sueño imperial, versión finales del siglo XIX; Estados Unidos quiere recuperar su grandeza, versión posguerra, foto sepia, 1950. Europa, la Europa continental, vuelve a encontrarse sola, débil y más dividida que nunca. Polonia sueña con un país imaginario; Hungría no quiere más que húngaros «de pura cepa»; los holandeses, franceses e italianos andan a la greña con partidos que quieren amurallarse dentro de unas fronteras igualmente imaginarias. Escocia, Cataluña o Flandes quieren convertirse en Estados. Todo esto mientras el Oso ruso se relame y China realiza por fin su sueño de volver a ser «el Imperio del Centro», ajeno a los intereses de sus periferias.

En vías de desmembramiento, Europa vale lo que una nuez en un cascanueces. Y esta vez no puede contar con Estados Unidos, en manos ahora de un nuevo rey Ubú.

Pero quizá sea un buen momento para tejer de nuevo una Europa unida. Claro que ya no es la que se imaginaban los padres fundadores al acabar la guerra, basada en el carbón, el hierro y el acero; ni tampoco, más recientemente, la basada en unas reglas comunes de estandarización o de moneda única, con la loca esperanza de algo definitivo. No, si Europa ha de unirse de nuevo, es debido a amenazas tan graves como las de los años cincuenta, para ocupar su lugar en una historia que ya no es la del siglo XX.

«Quizá sea un buen momento para tejer de nuevo una Europa unida»

Europa se halla ante tres amenazas: el abandono a su suerte de los países que habían inventado la globalización; el cambio climático; y la obligación de dar cobijo a millones de migrantes y refugiados. Por otra parte, las tres son aspectos de una sola y misma metamorfosis: el suelo europeo ha cambiado de naturaleza, los europeos estamos todos migrando hacia territorios por redescubrir y reocupar.

Primer acontecimiento histórico: el brexit. El país que había inventado el espacio indefinido del mercado tanto por tierra como por mar, el país que no había dejado nunca de presionar a la Unión Europea para que no fuera otra cosa que una enorme tienda, es el país al que, ante la irrupción en Calais de unos cuantos miles de refugiados, le da un arrebato y decide dejar de jugar al juego de la globalización. Se retira de Europa y, por ende, de la historia, perdido en los sueños de un imperio en el que ya nadie cree.

Segundo acontecimiento histórico: la elección de Trump. El país que había impuesto al mundo su globalización particular, y no sin una especial violencia; el país que se había construido gracias a la inmigración, eliminando a sus primeros habitantes; ese mismo país confía ahora su destino a quien promete aislarlo en una fortaleza, no dejar entrar a refugiados, ni acudir en ayuda de ninguna causa que acontezca fuera de su territorio, sin dejar de prepararse para intervenir en cualquier parte con esa misma desenvuelta torpeza.

¡Cada cual a lo suyo! ¡Atrás! El problema es que ya no hay nada propio para nadie. ¡Rápido! Todo el mundo tiene que cambiar. ¿Por qué? Porque no hay planeta suficiente para materializar los sueños de la globalización.

Este es el tercer acontecimiento histórico, de lejos el más importante: el 12 de diciembre de 2015, en París, el momento del acuerdo al término de la conferencia sobre el clima, la COP21.

«Hasta la COP21 sobre cambio climático, tan solo se habían construido castillos en el aire»

Lo importante no es lo que los delegados decidieron; lo importante ni siquiera es que ese acuerdo se aplique […]; no, lo importante es que, aquel día, todos los países signatarios, en medio de los aplausos, comprendieron que, si proseguían con las previsiones de sus planes de modernización respectivos, no existiría planeta compatible con sus esperanzas de desarrollo. Hasta esa fecha habían construido castillos en el aire. Y si deja de haber planeta, tierra, suelo, territorio para poner en él el Globo de la globalización hacia la que todos los países pretendían dirigirse, ¿qué hacemos entonces? O bien negamos directamente la existencia del problema, o bien buscamos aterrizar. Para cada uno de nosotros, la pregunta significa: «¿Vas a seguir alimentando sueños de evasión o te pondrás en marcha en busca de un territorio habitable para ti y para tus hijos?». En adelante, esto es lo que divide a la gente, mucho más que saber si uno es de izquierdas o de derechas.

Estados Unidos tenía dos soluciones: al asumir por fin la dimensión del cambio climático y la inmensidad de su responsabilidad, podía convertirse por fin en realista y llevar al mundo libre lejos del abismo, o, por el contrario, podía hundirse en la negación. Parece que Trump ha decidido hacer soñar a América unos años más, retrasar el aterrizaje y arrastrar a todos los demás países al abismo.

Los europeos no podemos permitírnoslo. En efecto, justo en el preciso momento en que somos conscientes de la multiplicidad de amenazas, nos vemos obligados a acoger en nuestro continente a millones de personas que la acción acumulada de las guerras, los fracasos de la globalización y el cambio climático van a empujar, como a nosotros, contra nosotros y con nosotros, a la búsqueda de un territorio habitable para ellos y para sus hijos. Tendremos que cohabitar en adelante con quienes nunca hasta ahora habían compartido nuestras tradiciones, nuestras costumbres ni nuestros ideales, y que son, por tanto, nuestros prójimos extranjeros, terriblemente prójimos y terriblemente extranjeros.

«Tendremos que cohabitar en adelante con quienes nunca hasta ahora habían compartido nuestras tradiciones ni nuestras costumbres»

Con esos pueblos en migración tenemos una sola cosa en común: el trance de hallarse de nuevo privados de suelo. Nosotros, los antiguos europeos, porque nos falta planeta para tanta globalización y vamos a tener que cambiar por completo nuestros modos de vida; ellos, los futuros europeos, porque han tenido que abandonar su antiguo suelo devastado y aprender a cambiar por completo sus modos de vida. ¿No es un poco exagerado? No, es nuestra única salida: descubrir en común un territorio donde habitar. Es la nueva universalidad. La otra bifurcación de la alternativa es fortificarse detrás de una muralla y hacer como si nada hubiera cambiado, prolongando el sueño con los ojos abiertos del «American way of life» del que sabemos que nueve mil millones de seres humanos no sacarán ningún provecho.

Cuando a todo el mundo le da por levantar muros, evidentemente es el peor momento para pensar en términos de apertura de fronteras y de revolución en los modos de vida. Está claro que migraciones y nuevo régimen climático son la misma amenaza.

La mayoría de nuestros compatriotas niega lo que ocurre en el planeta, pero comprende perfectamente que la cuestión migratoria afecta severamente a sus anhelos de identidad. Para empezar, animados con fuerza por los partidos llamados «populistas», han entendido la mutación ecológica desde una sola de sus dimensiones: la que abalanza hacia las fronteras a personas indeseadas; de ahí la respuesta: «Construyamos fronteras herméticas y nos libraremos de la invasión».

Sin embargo, es la otra dimensión de esa mutación la que no hemos experimentado todavía plenamente: el nuevo régimen climático barre todas las fronteras desde hace mucho tiempo y nos expone a todos los vientos sin que podamos construir muros contra esos invasores.

Si queremos defender nuestras identidades, tendremos que dar identidad también a esos otros migrantes sin forma ni nación a los que llamamos clima, erosión, polución, agotamiento de recursos, destrucción de hábitats. Por mucho que cerremos las fronteras a los refugiados bípedos, jamás impediremos que esos otros pasen.

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