Internacional

El gran delirio: Adolf Hitler y su adicción a las drogas

En ‘El gran delirio’ (Crítica), Norman Ohler demuestra la importancia de la cocaína y otras drogas en el gobierno de la Alemania nazi. El dictador, al fin y al cabo, no estaba enganchado a ninguna sustancia específica: simplemente a todo aquello que le permitiera acceder a realidades agradables y artificiales.

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25
Ene
2022
hitler

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Hitler reaccionaba positivamente a prácticamente cualquier droga, exceptuando el alcohol. No estaba enganchado a ninguna sustancia específica, sino, simplemente, a todo aquello que le permitiera acceder a realidades agradables y artificiales. En poco tiempo se convirtió en un entusiasta consumidor de cocaína, pero fue capaz de dejarla a mediados de octubre de 1944 para pasarse a otros estimulantes. Como suelen hacer algunos cocainómanos, Hitler recordó este período de su existencia dándose ínfulas épicas: «Las semanas posteriores al 20 de julio fueron las peores de mi vida. Fue un logro heroico que nadie, ni ningún alemán, podría soñar. A pesar de los inmensos dolores, mareos eternos y profundo malestar, me mantuve firme y, con energía férrea, luché contra todo aquello. El peligro de la caída se cernía, pero siempre dominé la situación gracias a mi voluntad».

En poco tiempo, Hitler se convirtió en un entusiasta consumidor de cocaína

Basta con sustituir las palabras «energía férrea» y «voluntad» por «Eukodal» y «cocaína» para acercarnos un poco más a la verdad. El edecán de la Luftwaffe [fuerza aérea], Nicolaus von Below, también describe a su Führer en las semanas posteriores al atentado utilizando la categoría semántica equivocada: «Solo la fuerza de voluntad y la elevada importancia de la misión que tiene encomendada le bastaron para mantenerse entero». En realidad fueron la fuerza de la cocaína y la elevada cantidad de Eukodal. Este se estaba empleando ahora a lo grande: en comparación con el año anterior, la dosis se había duplicado hasta los 0,02 gramos, el cuádruple de la cantidad terapéutica media.

Cocaína y Eukodal. La mezcla del Führer, el cóctel en la sangre de Hitler, actuó en aquellas semanas como el clásico speedball: la acción sedante del opioide compensaba el efecto estimulante de la cocaína. Una euforia desmedida y un estado de exaltación de todas y cada una de las fibras del cuerpo son el efecto de este ataque farmacológico por dos frentes en el que dos potentes moléculas bioquímicamente contrapuestas luchan por la hegemonía del organismo. Todo ello acompañado de una enorme sobrecarga del sistema circulatorio e insomnio, mientras el hígado intenta una defensa desesperada ante el asalto de los tóxicos.

En cuanto a los paraísos artificiales, el dictador hizo un uso generoso de ellos en este último otoño de la guerra y de su vida. Cuando, en las reuniones informativas, el paciente caminaba solemnemente por su Olimpo farmacológicamente creado, apoyando primero el talón y estirando después la rodilla, chasqueando la lengua y balanceando las manos, creyendo poder pensar con claridad meridiana y urdiendo un mundo a la altura de su éxtasis de Führer, a los generales, más que desilusionados por la opresiva situación en el frente, les era imposible seguirle. La medicación mantenía al comandante en jefe estable en su locura y levantaba un muro inexpugnable, una armadura integral que nada ni nadie podía atravesar. Cualquier duda era disipada por la confianza artificialmente provocada. Aunque el mundo quedara reducido a cenizas a su alrededor y sus actos acabaran con la vida de millones de personas, el Führer se sentía más que justificado en sus actos si una sustancia dura corría por sus venas y la euforia artificial se instalaba.

La medicación mantenía al comandante en jefe estable en su locura y levantaba un muro inexpugnable, una armadura integral que nadie podía atravesar

Hitler, que de joven había leído el Fausto de Goethe, hizo en el otoño de 1944 un pacto diabólico con el legado de Sertürner, el joven farmacólogo que había descubierto la morfina en la época del clasicismo de Weimar y que por ello es considerado el padre del Eukodal y del resto de opioides. Este narcótico no solo eliminaba los graves espasmos intestinales del paciente –esta era la indicación terapéutica presentable de puertas afuera–, sino que, además, le endulzaba la existencia. No es posible demostrar que hubiera dependencia clínica, pero el críptico dietario del doctor Morell del mes de septiembre de 1944 deja entrever con qué frecuencia se empleaba esta droga dura.

No solo no es descartable, sino más que probable que el Eukodal encontrara la manera de llegar al sistema circulatorio de Hitler por otras vías que no fueran «x», «inyección como siempre» o, simplemente, sin anotar. Quien empieza con Eukodal y tiene acceso a él, en la mayoría de casos no puede dejarlo.

Los días 23, 24, 25, 28 y 29 de septiembre de 1944 –es decir, en el espacio de una semana–, el paciente recibió hasta en cuatro ocasiones el potente narcótico con un día de pausa entre cada toma. Se trata del ritmo típico de un adicto y contradice la versión de una aplicación puramente terapéutica. Resulta llamativa la combinación con eupaverina, un antiespasmódico y análogo sintético de la papaverina –el principio activo vegetal extraído de la adormidera–, a la vez que relajante muscular comparativamente inofensivo, ya que no crea dependencia. El hecho es que, voluntaria o involuntariamente, este dos por uno contribuyó al encubrimiento. Durante mucho tiempo, Hitler también confundía ambos medicamentos de nombre parecido y pedía eupaverina cuando en realidad quería decir Eukodal. En palabras de Morell: «El Führer se sentía muy feliz. Me estrechó la mano en señal de agradecimiento y me dijo: “Es una suerte que tengamos eupaverina”».

¿Cómo se sentía el dictador después de una inyección intravenosa de 0,02 gramos de la potente sustancia cuando, momentos después del pinchazo, percibía el primer efecto a través de la mucosa bucal y notaba el «sabor», como se dice en la jerga yonqui? Sobre esto solo se pueden hacer conjeturas. Quizá le pasaba como a Sigfrido después de matar al dragón, conseguir el tesoro de los nibelungos, caer en brazos de Krimilda, cubrirse por completo de oro y gozar de los placeres celestiales. La energía siempre llegaba de repente, en cuestión de segundos y por todas partes: una fuerza dichosa, enormemente tranquilizadora. Y cuando Hitler dijo a Morell: «Me alegrará verle por la mañana, doctorcito», nunca había sido más sincero, porque por las mañanas siempre tenía preparada una jeringuilla que creaba aquella sensación desmedida que encajaba tan perfectamente con una idea de grandeza que la realidad ya había dejado de ofrecer.

La guerra de los médicos

En aquel otoño de 1944, el poder del médico de cabecera se acercaba a su cénit. Desde el atentado, el paciente necesitaba más que nunca a Morell, cuya influencia crecía con cada inyección que ponía. Con nadie más en la Guarida del Lobo tenía el dictador una relación tan personal, con nadie le gustaba hablar más y de nadie se fiaba más que de Morell. En las cumbres con el generalato había un hombre de las SS armado detrás de cada silla para evitar otro posible atentado. Quien quería acercarse a Hitler, primero debía entregar su cartera. Esta norma no afectaba al maletín de Morell.

Muchos envidiaban la posición privilegiada del autodenominado «médico de cabecera único». La desconfianza hacia él crecía. Seguía mostrándose reticente a hablar con nadie sobre sus métodos terapéuticos. Hasta el final se mantuvo fiel a la discreción con la que había conseguido su cargo. Pero en la asfixiante atmósfera del reino de Lemuria en que se había convertido el búnker, donde la planta venenosa de la paranoia invadía las gruesas paredes de hormigón, la prudencia tampoco alejaba de los peligros. Morell mantenía decididamente en la incertidumbre también a los médicos personales Brandt y Hasselbach, con los que habría podido acordar el tratamiento de Hitler. Había pasado de marginado a divo. Nunca informaba, sino que alimentaba su aura de personaje misterioso y único. Hasta Bormann, el casi todopoderoso secretario del Führer, dio en hueso con el doctor cuando le exigió rotundamente un tratamiento menos químico para Hitler.

En la asfixiante atmósfera del búnker la planta venenosa de la paranoia invadía las gruesas paredes de hormigón

Pero la guerra ya se estaba perdiendo y comenzaba la búsqueda de culpables. Las fuerzas contra Morell se organizaron. Hacía tiempo que Himmler recopilaba información sobre el médico para acusarle de morfinómano y poder chantajearle. Incluso planeaba sobre él la sospecha de que podría tratarse de un extranjero que pretendía envenenar disimuladamente al Führer.

Anteriormente, en 1943, el ministro de Exteriores, Von Ribbentrop, ya había invitado a Morell a comer a su castillo de Fuschl, en Salzburgo, para arremeter contra él. Después de hablar con la señora Von Ribbentrop de asuntos triviales –como que el matrimonio no debía durar toda la vida (propuesta: 20 años), la conveniencia de pagas estatales para hijos nacidos fuera del matrimonio o las colas para conseguir alimentos y el tiempo que se perdía en ellas–, el ministro dijo con rostro inexpresivo: «Vamos arriba, tenemos que hablar».

Presuntuoso, engreído y desafiante, como siempre, Von Ribbentrop hizo caer la ceniza de su cigarrillo egipcio ayudándose con sus largos dedos de aristócrata, se quedó mirando al vacío con su cara de cemento y disparó una batería de preguntas contra el sanador milagroso: ¿era bueno poner tantas inyecciones al Führer? ¿Recibía algo más aparte de glucosa? ¿No se había pasado de la raya? El interpelado se limitó a responder que inyectaba «lo necesario».


Este es un fragmento de ‘El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich‘ (Crítica), por Norman Ohler.

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