Opinión

Lecciones ‘orwellianas’ sobre la guerra

Como humanista, Orwell no dudó en rechazar tanto el idealismo como el realismo. Por eso mismo rechazaba a quienes, cuando la guerra era inevitable, seguían proclamando que habría que «darle una oportunidad a la paz».

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22
Mar
2022
george orwell

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«Mientras escribo esto, hay seres humanos altamente civilizados volando sobre mí e intentando matarme», escribió George Orwell al principio de su ensayo, El león y el unicornio. «No sienten ninguna enemistad contra mí como individuo, ni yo contra ellos. Solo «cumplen con su deber», como dice el refrán. La mayoría de ellos, no lo dudo, son hombres de buen corazón, respetuosos de la ley que jamás soñarían con cometer un asesinato en su vida privada. Por otra parte, si uno de ellos consigue hacerme volar en pedazos con una bomba bien colocada, nunca dormirá mal por ello. Está sirviendo a su país, que tiene el poder de absolverlo del mal».

A Orwell no le interesaba mucho la guerra desde el punto de vista estratégico. Le interesaba más la intersección entre la política y la guerra. Su visión era muy hobbesiana: la política, desgraciadamente, es a menudo una cuestión de fuerza, y la guerra, tarde o temprano, acaba siendo necesaria. Por eso rechazaba a quienes, cuando la guerra era inevitable, seguían proclamando que habría que «darle una oportunidad a la paz», como repiten hoy los pacifistas perezosos sobre la invasión rusa de Ucrania.

Orwell fue un escritor socialista, humanista y antiimperialista; un defensor de las causas de los más humildes. A menudo estas posturas van asociadas a una especie de idealismo naíf. Orwell rechazaba el idealismo, pero también el realismo, que creía que podía conducir al totalitarismo. Los idealistas creen que la bondad de sus postulados caerá sobre su propio peso; es decir, que si lo que denuncio es lo suficientemente grave dejará de producirse. Orwell pensaba que ser idealista frente a Hitler era casi como ser favorable a él. Los realistas, por su parte, suelen olvidarse de las demandas y deseos de la población, viendo los conflictos bélicos desde el cinismo y los cálculos estratégicos: son los que hoy intentan racionalizar el revanchismo imperialista de Putin.

«La visión de Orwell de la política era muy ‘hobbesiana’: la política, desgraciadamente, es a menudo una cuestión de fuerza»

Orwell creía que para defender la causa de los más desfavorecidos a veces hay que utilizar la fuerza. Pero su postura a favor de la guerra no era un molde fijo. Como escribió Christopher Hitchens en Por qué Orwell es importante, «se tomaba continuamente la temperatura, y si el termómetro indicaba que esta era demasiado alta o demasiado baja, adoptaba medidas para corregirla». Aunque creía que a veces la política se reducía a la fuerza, el escritor británico luchó contra quienes pensaban que solo tenía que ver con ella.

Por eso fue un humanista a favor de la guerra, no un halcón obsesionado con la violencia. Orwell es radical en sus textos más beligerantes contra los pacifistas: «El pacifismo es objetivamente pro-fascista. Si se obstaculiza el esfuerzo bélico de un bando se ayuda automáticamente al del otro. La idea de que de alguna manera puedes permanecer al margen de la lucha y ser superior a ella mientras vives de los alimentos que los marineros británicos te traen arriesgando tu vida es una ilusión burguesa engendrada por el dinero y la seguridad». No obstante, no era alguien sediento de sangre: simplemente no era ajeno a la realidad y la complejidad de la guerra y sus enormes costes humanos.

En un texto de noviembre de 1945 publicado en la revista Tribune, Orwell cuenta la historia de un periodista belga con el que coincidió en Stuttgart al terminar la guerra. Durante el conflicto, el periodista había trabajado para la BBC y sentía un odio visceral hacia los nazis que, según Orwell, los estadounidenses y británicos no podrían comprender. Cuando vio el primer muerto, sin embargo, su rabia se esfumó. «Después de esto, durante varios días su actitud fue muy diferente a la de antes. Miraba con disgusto la ciudad destrozada por las bombas y la humillación que sufrían los alemanes, e incluso en una ocasión intervino para evitar un saqueo especialmente grave. Cuando se marchó, dio el resto de su café a los alemanes con los que estábamos alojados. Una semana antes, probablemente se habría escandalizado ante la idea de dar café a un boche. Pero sus sentimientos, me dijo, habían sufrido un cambio al ver a ce pauvre mort junto al puente: le había hecho comprender de repente el significado de la guerra».

Lo que más me gusta de este discurso es la descripción que hace de la venganza como algo infantil. «La idea de la venganza y el castigo es una ensoñación infantil. Hablando con propiedad, la venganza no existe. La venganza es un acto que se quiere cometer cuando se es impotente y porque se es impotente: tan pronto como se elimina la sensación de impotencia, el deseo se evapora también». Orwell sabía que la guerra, a veces, es un infierno insalvable: una lección que nos parece extemporánea hasta que, de pronto, deja de serlo.

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