Cultura

Las viejas orientaciones del pensamiento divino

Las nuevas formas de sentir el mundo fueron recogidas por las nuevas religiones durante los últimos años del Imperio romano. En ‘El mundo de la Antigüedad tardía’ (Taurus), Peter Brown señala las características del universo que daría comienzo a la posterior Europa.

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05
Dic
2021
antigüedad tardía
Minerva y el triunfo de Júpiter (1706), por René-Antoine Houasse

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El historiador corre el peligro de olvidar que las personas de las que tratan sus obras emplean mucho tiempo en dormir, y que cuando se hallan en ese estado suelen soñar. Un rétor griego, sin embargo, Elio Arístides (118-180), nos ha dejado una relación completa de sus sueños. Los recopiló dándoles el nombre de Relatos sagrados, pues se referían principalmente a las apariciones del dios Asclepio. Entre ellos hay ensueños de terror religioso y de exaltación. Arístides estaba convencido de que era el elegido de la divinidad, y de que su vida en la tierra era un «drama divino», moldeado en cada paso por el amoroso cuidado de Asclepio.

El caso de Arístides nos recuerda, si hubiéramos menester de ello, que el Imperio romano, en la cúspide de su prosperidad, tenía tiempo para muchas excentricidades de ese tenor: estamos refiriéndonos a una sociedad en la que la abrumadora mayoría de los hombres educados se habían tornado, no a la filosofía, ni mucho menos a la ciencia, sino más bien a los medios que su religión tradicional les proporcionaba para orientar el negocio de la vida. A la vez, es igualmente importante caer en la cuenta de que esta intensa vida ensoñativa de Arístides no se diferenciaba lo más mínimo de su decisión de vivir una existencia marcada por el éxito, como caballero educado y conservador: Asclepio le ayudaba meramente en los posibles «baches» que podían amenazar su triunfante carrera. Conocemos a Arístides como autor de un panegírico clásico sobre los beneficios del Imperio romano y como un encarnecido enemigo de los cristianos, «hombres de Palestina que muestran su impiedad, como podría esperarse, no respetando a quienes son mejores que ellos». Arístides se sentía aún firmemente anclado a la vida pagana tradicional. Pero en la centuria que seguiría a la de este personaje habría de acaecer un cambio.

Arístides estaba convencido de que era el elegido de la divinidad, y de que su vida en la tierra era un «drama divino»

La rica existencia religiosa del mar Mediterráneo, que había mostrado una infinita capacidad para engendrar lo exótico y lo excéntrico, se apartó rápidamente del molde tradicional, en el cual hombres como Arístides se sentían por completo a sus anchas. Muchos intentaron la reinterpretación de su religión ancestral; unos pocos consumaron «el divorcio de los modos del pasado» haciéndose cristianos. El periodo que media entre el 170 y la conversión del emperador Constantino al cristianismo en el 312 contempló una notable actividad religiosa, plena de angustias. En ella encontramos los primeros duelos literarios entre los cristianos y los paganos educados: el gentil Celso escribió su Verdadera doctrina hacia el 168, y recibió cumplida respuesta de Orígenes de Alejandría en el 248. En su cultivado grupo de estudiosos, los maestros gnósticos intentaron construir un sólido fundamento para las profundidades del «verdadero conocimiento», la gnosis, contenida en el cristianismo. (Se han descubierto escritos gnósticos, de alrededor del 170, en traducción copta, en Nag-Hammadi, Egipto). Los paganos daban forma a sus inquietudes por medio de pequeños tratados de edificación, tales como las revelaciones de la divinidad egipcia Hermes Trismegisto, el dios «tres veces grande». 

Sería ingenuo considerar los cambios que se reflejan en esos escritos meramente como el declive de la ilustración clásica y el surgimiento de la superstición. El punto de partida, la época de los Antoninos, no era precisamente el momento de una «ilustración», sino el de una superstición difusa y bien regulada. Gracias a ella, muchos miembros de las clases gobernantes, bien arraigadas y encumbradas en el éxito, se persuadían a sí mismos de que vivían en el mejor de los mundos posibles. Esta actitud se resume en el lema que aparece con frecuencia en las monedas de los siglos II y III: Providentia deorum, «los dioses tienen cuidado de nosotros». «Los dioses se hallan siempre dispuestos a mostrar su poder –había escrito Marco Aurelio–, nos ayudan de un modo maravilloso. Nos envían ensueños; revelan misterios, nos proporcionan remedios contra la falta de salud y oráculos para aliviar nuestras incertidumbres». 

Los hombres creían que esos dioses cuidaban del género humano en general, y de las ciudades e individuos en particular

Los paganos educados se sentían aún a gusto en su mundo. Según los filósofos, el universo estaba gobernado por el Altísimo, Dios único, totalmente inefable, y en consecuencia «por encima» de todas las cosas. Este Dios único, sin embargo, se hallaba plenamente representado sobre la tierra en las actuaciones de los muchos dioses de la fe tradicional. Estos, se pensaba, actuaban como «espíritus servidores»; eran como los gobernadores provinciales de su imperio universal. El hombre corriente se hallaba por completo satisfecho con esas figuras entrañables, y la vestidura de los olímpicos clásicos les sentaba bien aún. No ha habido una época del mundo antiguo en la cual el hombre medio pudiera sentirse tan seguro de que sabía exactamente qué figura tenían los dioses clásicos; en el siglo II se hallaban por todas partes con sus formas más estereotipadas y tradicionales: en estatuas producidas en serie, en las monedas y en la cerámica. 

Los hombres creían que esos dioses cuidaban del género humano en general, y de las ciudades e individuos en particular. El caso de Arístides nos muestra con qué seriedad esperaba la gente una atención personal y directa. A través de todo el mundo romano, las ciudades e individuos concedían a los viejos dioses muchas oportunidades de prestar atención a sus adoradores: el siglo II contempló un resurgimiento admirable de los oráculos tradicionales del mundo griego. 

Este cuidado divino se obtenía ejecutando rituales que se consideraban tan antiguos como la raza humana. Abandonar tales ritos engendraba una angustia y un odio genuinos. Los cristianos sufrieron salvajes ataques por haber desatendido estas prácticas siempre que ocurrieron terremotos, hambres o invasiones bárbaras que revelaban la ira de los dioses. 

A la vez, en tal sistema de creencias, el hombre podía sentirse incardinado en la densa estructura de un mundo impregnado del cuidado de dioses antiquísimos. Podía sentirse seguro de que lo que sus ancestros y compañeros habían hecho desde siempre en sus ciudades natales se acomodaba irreprochablemente a la vasta amplitud de un universo perfecto que a todos envuelve. La creencia tradicional en la actividad de los dioses en el universo presentaba una superficie singularmente unificada y sin fisuras. Pero los pensamientos y angustias de la «nueva manera» después del 170 provocaron grietas a lo largo y ancho de este mundo. Es el examen de algunas de estas nuevas preocupaciones de los hombres sensibles de la época lo que nos permite apreciar la naturaleza de la revolución espiritual que caracteriza a la Antigüedad tardía como un periodo tan distinto y tan fértil en la historia del viejo Mediterráneo. 

En primer lugar, el individuo poseía un sentimiento acrecentado de albergar algo en sí mismo infinitamente valioso, aunque dolorosamente carente de relación con el mundo exterior. Después de generaciones de una actividad pública en apariencia satisfactoria, ocurría como si se hubiera agostado una corriente que fluía con suavidad desde la experiencia interna de los hombres hasta el mundo exterior. El calor huía del entorno familiar. Las preocupaciones tradicionales parecían triviales, si no positivamente opresoras.

Ya Marco Aurelio contemplaba el mundo como a través del pequeño redondel de un telescopio: las campañas danubianas, gracias a las cuales había salvado al imperio en los años 172-175 y 178-180, le agitaban como «cachorrillos que luchan por un hueso». Encontramos al filósofo Plotino admirándose de que «cuando torno a mí mismo me pregunto cómo es posible que tenga un cuerpo… ¿por qué suerte de degradación ha ocurrido esto?». El gnóstico «despierta» para averiguar que la vida es una pesadilla, «en la cual huimos no sabemos hacia dónde, o nos quedamos inertes persiguiendo algo, no sabemos qué». El cristiano bautizado aparece como «hijo de Dios», pero arrojado a un mundo gobernado por el Príncipe del Mal.

El cristianismo se encontraba a sí mismo frente a frente ante la drástica simplicidad del Dios «único del universo»

Encontrar una repentina reserva de perfección o inspiración dentro de uno mismo va acompañado de la necesidad de hallar un Dios con el cual el hombre pueda estar solo; un Dios cuya «obligación», si puede denominarse así, respecto al ser humano se exprese en un tono concentrado y personal, no difuminado en una administración benigna pero profundamente impersonal del universo en su conjunto. Los hombres que percibían aún sus actividades convencionales como necesitadas de la bendición o del estímulo divino eran por completo obtusos a esta nueva necesidad; Arístides se sentía del todo dependiente de Asclepio, pero era predeciblemente convencional al considerar a Zeus como la deidad soberana y distante de un panteón por entero griego. La nueva manera, en contraste con la anterior, apelaba directamente al centro y se alejaba de los dioses subordinados de las creencias populares; se dirigía al Dios único como expresión de un poder latente e inefable.

Para los gnósticos, por ejemplo, el buen Dios había estado completamente oculto, nunca había sido conocido anteriormente; la divinidad se había manifestado de modo repentino, para, al final, ser percibida por el creyente tras la impresionante maquinaria de un mundo diabólico. De varias maneras quedaba desprovista de sentido la antigua y reconfortante imaginería de los dioses menores, que había rodeado como una faja al Dios único de las personas biempensantes. El cristianismo se encontraba a sí mismo frente a frente ante la drástica simplicidad del Dios «único del universo», e incluso para el pagano reflexivo los olímpicos habían comenzado a parecer un poco menos transparentes. La máscara clásica no se acomodaba ya al núcleo refulgente e inescrutable del universo.

El paganismo tradicional se había expresado a través de formas impersonales, movilizando sentimientos hacia las cosas sagradas

Sería ingenuo describir esta evolución meramente como el nacimiento de la «ultramundaneidad». Lejos de ello: la creencia de que el ser humano podía ponerse en contacto directo con alguien mayor que él mismo constituyó una ayuda no pequeña en una época de cambio revolucionario, y de ningún modo excluía el acumen político. El paganismo tradicional se había expresado a través de formas tan impersonales como el universo mismo. Había movilizado sentimientos hacia las cosas sagradas: hacia los antiguos ritos, estatuas, oráculos, hacia templos profundamente amados. La «nueva manera», por el contrario, engendraba seres humanos individualistas, rudos, que creían ser los agentes de enormes fuerzas. Todos los hombres que dejaron realmente huella en el mundo romano de los siglos III y IV creyeron que actuaban como «servidores de Dios o de los dioses», y se orientaron ávidamente hacia lo sobrenatural para conseguir guía y sanción en una época perpleja: organizadores eclesiásticos tales como Cipriano, obispo de Cartago (248-258); emperadores reformistas como Aureliano (270-275), pagano; Constantino, cristiano; Juliano el Apóstata (361-363); genios fértiles y tenaces como san Atanasio (c. 296-373) y san Agustín.

La sensación de una «irrupción» inminente de la energía divina en el mundo interior de cada individuo tuvo unos efectos revolucionarios. Para innumerables hombres y mujeres humildes, este sentimiento debilitó sutilmente el poder moldeador de la cultura clásica y el de las sanciones habituales del comportamiento. Los escritos paganos y cristianos de la «nueva manera» comparten por igual el mismo interés en la «conversión» en su sentido más radical, es decir, consideraban como posible que el ser divino «real» apareciera con rapidez en la esfera humana a costa de la identidad social normal del individuo. El discípulo «renacido» de Hermes «tres veces grande», el hombre «espiritual» de los gnósticos, el cristiano bautizado…, cada uno de estos personajes sentía que un muro de cristal se interponía entre su nueva vida y su pasado; su nuevo comportamiento debía todo a Dios y nada a la sociedad.


Este es un fragmento de ‘El mundo de la Antigüedad tardía‘ (Taurus), por Peter Brown.

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