Opinión

Los siete sabios de Grecia

Lo quieran o no, las empresas e instituciones van a tener que jugar un papel mucho más central en el desarrollo económico y en la propia estabilidad social. En el presente y en el futuro, el reto de los dirigentes tiene que ser el compromiso responsable.

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15
Jul
2019
Los siete sabios de Grecia, por Peter Paul Rubens

Según la mitología, cuando Belerofonte, a lomos de Pegaso —el caballo alado que había domado y embridado con la ayuda de la diosa Atenea—, logró matar a la Quimera, el rey Yobates, que lo había sometido a numerosas pruebas, le hizo su heredero. Y, claro, Belerofonte se creyó dios, hasta que el gran Zeus, tras ofenderse por su propósito de subir a lomos de Pegaso hasta el Olimpo, lo puso en su sitio haciéndole caer del caballo. Tras ello, ciego y tullido, le dejó vagar como un simple mortal por la llanura Aleya.

El prepotente -Belerofonte lo fue- siempre abusa de su poder o hace alarde de él sin necesidad. Y eso, desafortunadamente, le pasa a demasiados políticos y mandamases. El prepotente no escucha a nadie más que a sí mismo, que para eso es jefe. Además, muchos dirigentes, henchidos de un no-sé-qué, devienen en una caricatura de si mismos y se transforman también en chulos y narcisos: «Ese tan Narciso/ ya no se ve en el espejo/ porque es el espejo mismo», como escribía hermosamente Antonio Machado.

De propósito de enmienda ni hablamos, claro, porque lo más fácil y cómodo es seguir creyendo lo que uno no es. De ahí a tratar con desapego o desprecio a los que tú crees que no son de tu categoría —incluidos los sufridos ciudadanos votantes— solo hay un paso. A esos jefes o políticos incorregibles (así llamaba Borges a los peronistas), además, les gusta tener empleados-pelota, y ellos mismos adular a sus superiores, convirtiéndose así en jefes-pelota, una categoría de personaje sobre la que algún día habrá que hacer un estudio en profundidad: los jefes-pelota son peores que los jefecillos, ya que, al fin y al cabo, estos últimos son unos pobres hombres o mujeres.

«Para el mal jefe, sus empleados no son más que eslabones de una cadena enlazados entre sí y sin ningún valor material»

Si uno es pelota, no es leal. No puede serlo. La lealtad implica fidelidad y hombría de bien por encima de cualquier otra circunstancia, y el deber de hacer las cosas con responsabilidad y verdad, reconociéndole a los demás —sobre todo a los empleados y colaboradores— sus propios méritos. El jefe-pelota es, además, un robamedallas que se apunta todos los tantos, todos, amén de anotar como suyas las ideas de otros, algo que le interesa para ganar méritos ante sus superiores aunque sea a costa de su desprestigio frente a los inferiores, con los que practica la iniquidad y la injusticia. Para el mal jefe, los empleados (sus empleados) no son más que eslabones de una cadena enlazados entre sí y sin ningún valor material. Unos eslabones que no están hechos de oro, ni de plata, ni tienen engarzadas piedras preciosas. Seguramente, ese mal jefe del siglo XXI olvida, o no sabe, que eslabón viene del latín sclavus, es decir, esclavo. O a lo mejor sí lo sabe y, precisamente, es eso lo que le gusta.

Hay en esta época un fondo de crisis-trascendencia histórica más profunda de lo que aparenta y las empresas y las instituciones, lo quieran o no, van a tener que jugar un papel mucho más central en el desarrollo económico y en la propia estabilidad social. Pero no solo las empresas en abstracto: los dirigentes, los responsables de otras personas también van a tener que representar un rol mucho más importante de lo que parece, con agallas y sin remilgos. Quien desea conseguir algo tiene que aceptar el trabajo y el sacrificio inherentes al esfuerzo para alcanzarlo. En el presente y en el futuro, el reto de los dirigentes tiene que ser el compromiso responsable.

Es tiempo de calores y meditación. Como escribe Benítez Reyes en su recomendable El intruso honorífico, hay que acogerse a un lema melancólico: «Si no puedes ser el octavo sabio de Grecia, al menos dedícate a divagar». Y en eso estamos.

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