Sociedad

El capitalismo, ¿a imagen y semejanza de Dios?

Weber, uno de los padres de la sociología, afirmaba que fue la aparición de la nueva moral protestante la que facilitó el desarrollo del sistema capitalista: mientras los católicos trabajaban para vivir, los protestantes vivían para el puro hecho de trabajar.

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20
Oct
2021
protestante

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El desmoronamiento del Imperio bizantino en 1453 y el descubrimiento de América en 1492 son dos de los hitos que apuntalan el ocaso de la Edad Media. Estas fechas simbolizan el paso a nuevas organizaciones políticas como los Estados-nación, el nuevo desarrollo urbano, el auge de la banca y el surgimiento del humanismo, el cual comienza a observar con recelo el teocentrismo. A ello se le sumaría, además, la Reforma protestante: un episodio que terminaría con un evidente cisma, pero también en una poderosa contrarréplica.

Teniendo presente la imposibilidad de clarificar las múltiples causas de los hechos históricos, económicos y socio-políticos –y más allá de monopolios espirituales–, lo cierto es que las corrientes religiosas agrupadas bajo el protestantismo (entre las que se incluyen luteranos, calvinistas o cuáqueros) tuvieron que ver, y mucho, con el origen del capitalismo moderno. Lo explicó el sociólogo alemán Max Weber en un libro que sigue siendo uno de los más leídos en su disciplina: La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Weber, además de convertirse en uno de los padres de la sociología junto a Marx y Durkheim, sería también consejero para la delegación alemana que negoció el Tratado de Versalles, aquel por el cual se puso fin a la I Guerra Mundial (y que tanto –y tan lamentablemente– daría que hablar en los años venideros); participó entonces, además, en la elaboración de la Constitución de la recién creada República de Weimar.

Weber comprendió el capitalismo moderno como un esfuerzo deliberado para obtener un beneficio que, a su vez, permitiera una expansión continua y planificada. Para el sociólogo alemán es incontestable el hecho de que el protestantismo –en especial el calvinismo– fuera como uno de los detonantes del sistema: mientras que el catolicismo, imperante hasta ese momento, desdeñaba el apego a lo material y desaprobaba la acumulación de riquezas, la Reforma encontró en el trabajo, el éxito económico del mismo y el ahorro, una vía para llegar a Dios.

Weber comprendió el capitalismo como un esfuerzo deliberado para obtener un beneficio que permitiera una expansión continua

Los protestantes, al fin y al cabo, eliminaron las garantías que suponían los sacramentos católicos. Ni bautismo, ni penitencia, ni eucaristía: ninguno de ellos avalaba la salvación. De hecho, en el caso de los calvinistas llega a existir incluso una doble predestinación: Dios, de partida, condena a algunos hombres y salva a otros. Por tanto, según explica Weber, los protestantes tuvieron que buscar otro tipo de señales que simbolizaran que Dios estaba de su lado. Es así como el éxito en la vida terrenal comenzó a ser visto como una marca del beneplácito celestial. Por eso los oficios se convirtieron en un fin en sí mismos; eran una manera de honrar a Dios y de multiplicar los talentos, tal y como se exhortaba en la Biblia.

Frente a la limosna de los católicos, los protestantes consideraban la caridad como un acto que fomentaba la pura molicie; no había lugar para dádivas. Frente a la condena católica de la usura, los protestantes, que comenzaban a atesorar dinero, iniciaron un sistema de préstamos con intereses, argumentando que el lucro personal suponía un beneficio para el Estado.

Frente al prójimo, uno de los ejes del catolicismo, del protestantismo surge un fuerte resquemor hacia los otros –que quizás, claro, pueden estar ya reprobados por Dios– motivado entre otras cosas por el rechazo a los sentidos –no ha lugar para el disfrute o placer– y por un individualismo un tanto apático: nuestros hermanos ya no lo son tanto. El otro es, ahora, un instrumento con el cual cumplir nuestro deber profesional.

Los católicos trabajaban para poder vivir, sabedores que el trabajo es una condena, mientras que los protestantes vivían para trabajar

Weber destaca el reducido porcentaje de trabajadores católicos en la actividad capitalista y en la industria moderna y señala que, aunque algunos patrones habían subido los jornales de los campesinos y obreros con la intención de motivar una mayor carga de trabajo, lo cierto es que esto no caló entre los católicos, que recibían su estipendio y se olvidaban del trabajo hasta nueva orden; en los protestantes, al contrario, sí tuvo efecto la medida. Los católicos aspiraban trabajar para poder vivir, sabedores que el trabajo es una condena, mientras que los protestantes viven para trabajar. «Es un error afirmar que aquellos que huyen de los asuntos del mundo y se dedican a la contemplación llevan una vida angelical. Ningún sacrificio agrada más a Dios que el que cada uno se ocupe de su vocación y estudios para vivir bien a favor del bien común», afirmaba Calvino en sus comentarios a los Evangelios. No en vano, Weber observa a este respecto un mayor número de escolarizados protestantes en los centros de enseñanza moderna para profesionales del tipo industrial y mercantil.

Pero no solo de riqueza vive el capitalismo para Weber. Éste vive, sobre todo, de tiempo, pues enriquecerse  también supone para el sociólogo el provecho temporal: si alguien es bien valorado en función del uso que hace de su tiempo, ganará la confianza suficiente para disponer del tiempo de los otros; es decir, de su dinero.

Sin embargo, tarde o temprano, como suele ocurrir, se mata al padre. Weber lo supo: «Esta mentalidad capitalista, que entendía la actividad económica con una referencia moral o religiosa desapareció posteriormente del capitalismo, pues ésta, al disponer ya de una base mecánica-maquinista, no necesitó ya de ese motor». Fue así como el capitalismo se convirtió al ateísmo, rebelándose contra sus mayores, exactamente al igual que Luzbel.

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