Cultura

Héroes

La mitología griega ordena el universo a través de los distintos roles de las divinidades y sus intrigas llenas de traición, amor y sangre. En ‘Héroes’ (Anagrama), Stephen Fry relata con rigor y brevedad esta peculiar imagen del mundo griego.

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13
Dic
2021
zeus
‘Apolo persiguiendo a Dafne’ (c. 1760), por Giovanni Battista Tiepolo.

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Zeus sentado en su trono. Gobierna el cielo y el mundo. Su hermana-esposa Hera lo gobierna con él. Los deberes y los dominios de la esfera mortal se reparten entre los miembros de su familia, los otros diez dioses olímpicos. En los primeros tiempos de los dioses y los hombres, las divinidades se paseaban por la tierra con los mortales, hacían buenas migas, los cautivaban, se acostaban con ellos, los castigaban, los atormentaban, los transformaban en flores, en árboles, en pájaros, en insectos e interactuaban, se cruzaban, se entrelazaban, se mezclaban, se interpenetraban e interferían de todas las maneras imaginables con ellos. Pero, poco a poco, con el paso del tiempo, a medida que una época sucedía a otra y la humanidad crecía y prosperaba, la intensidad de estas interrelaciones ha ido disminuyendo.

En la época en la que entramos ahora, los dioses siguen a nuestro alrededor, aprobando, desaprobando, dirigiendo y perturbando, pero el regalo de Prometeo, el fuego, ha otorgado a la humanidad la capacidad de controlar sus asuntos y construir sus características ciudades-estado, reinos y dinastías. El fuego es real y caliente, y le ha proporcionado a la humanidad el poder de fundir, forjar, fabricar y crear, pero también se trata de un fuego interior; gracias a Prometeo, ahora contamos con la chispa divina, el fuego creativo, la conciencia que en su día solo pertenecía a los dioses.

El regalo de Prometeo, el fuego, ha otorgado a la humanidad la capacidad de controlar sus asuntos

La Edad de Oro se ha convertido en la Edad de los Héroes: hombres y mujeres que cogen las riendas de sus destinos, emplean sus cualidades humanas: valentía, astucia, ambición, velocidad y fuerza, para llevar a cabo proezas asombrosas, vencer horribles monstruos y establecer grandes culturas y linajes que cambian el mundo. El fuego divino robado al cielo por su campeón Prometeo arde en ellos. Temen, respetan y adoran a sus dioses paternos, pero en el fondo saben que son la horma de su zapato. La humanidad ha entrado en la adolescencia.

El propio Prometeo –el titán que nos creó, nos dio su amistad y nos defendió– sigue sufriendo su espantoso castigo: encadenado en la ladera de una montaña recibe la visita diaria de un ave de presa que baja surcando el aire desde el sol para desgarrarle un costado, arrancarle el hígado y comérselo ante sus propios ojos. Como es inmortal, el hígado se le regenera por la noche, y así el tormento se repite al día siguiente. Y al otro.

Prometeo, cuyo nombre significa «presagio», ha profetizado que ahora que el fuego está en el mundo de los hombres los dioses tienen los días contados. La ira de Zeus ante la desobediencia de su amigo viene tanto de un temor profundamente sepultado pero persistente de que el hombre supere a los dioses como de una profunda sensación de dolor al verse traicionado.

Prometeo también ha visto que ese momento llegará cuando sea liberado. Un héroe humano y mortal llegará a la montaña, hará añicos los grilletes del titán y lo liberará. Juntos salvarán a los olímpicos. Pero ¿por qué van a necesitar ser salvados los dioses?

Durante cientos de generaciones, un profundo rencor ha ardido bajo tierra. Cuando el titán Crono castró a su padre, el dios primigenio del cielo Urano, y lanzó sus genitales por los aires, una raza de gigantes brotó allí donde salpicaron gotas de sangre y semen. Estos seres «ctónicos», estas criaturas surgidas de la tierra, creen que llegará el momento en que puedan disputarle el poder a la arrogante prole arribista de Crono, los dioses olímpicos. Los gigantes esperan el día en que puedan alzarse para conquistar el Olimpo y comenzar su gobierno.

Prometeo entrecierra los ojos mirando al sol y espera también ese momento.

Para sobrevivir en el mundo, los mortales se han visto en la necesidad de suplicar y someterse a los dioses

La humanidad, mientras tanto, prosigue con sus asuntos mortales, trabajar y bregar, vivir, amar y morir en un mundo habitado aún por ninfas, faunos, sátiros y otros espíritus más o menos benevolentes de los mares, los ríos, las montañas, los prados, los bosques y los campos, pero a reventar también de un buen puñado de serpientes y dragones (muchos de ellos descendientes de la Gea primigenia, la diosa de la tierra, y de Tártaro, dios de las profundidades subterráneas). Su descendencia, los monstruosos Equidna y Tifón, han engendrado multitud de criaturas malvadas y mutantes que asolan los territorios y los mares que los humanos tratan de doblegar.

Para sobrevivir en un mundo así, los mortales se han visto en la necesidad de suplicar y someterse a los dioses, de hacerles sacrificios y halagarlos con alabanzas y plegarias. Pero algunos hombres y mujeres empiezan a confiar en su propia reserva de fortaleza y sabiduría. Se trata de hombres y mujeres que –con o sin la ayuda de los dioses– se atreverán a hacer este mundo más seguro para que la raza humana prolifere. Hablamos de los héroes.

El sueño de Hera

Desayuno en el monte Olimpo. Zeus está sentado en el extremo de una larga mesa de piedra dándole sorbitos a su néctar y organizándose la jornada que tiene por delante. Uno por uno, el resto de los dioses y las diosas olímpicos van entrando y ocupan sus asientos. Hera entra la última y ocupa su lugar en la otra punta frente a su marido. Está ruborizada, la melena en desorden. Zeus le echa una ojeada un poco sorprendido.

–En todos los años que hace que te conozco jamás has llegado tarde a un desayuno. Ni una sola vez.

–Pues no –dice Hera–. Acepta mis disculpas, pero es que he dormido mal y me encuentro un poco destemplada. Anoche tuve una pesadilla. De lo más inquietante. ¿Quieres que te la cuente?

–De mil amores –miente Zeus, que comparte con nosotros los mortales el terror a los relatos de sueños ajenos.

–Soñé que nos asediaban. Aquí en el Olimpo. Los gigantes se sublevaban, escalaban la montaña y nos atacaban.

–Queridita…

–Pero la cosa se ponía fea, Zeus. Toda esa ralea subía hasta aquí y nos atacaba. Y tus rayos les resultaban tan inofensivos como alfileres. El líder de los gigantes, el más grande y fuerte, se abalanzaba sobre mí y trataba de… de… de imponérseme.

–Qué mal trago –dice Zeus–. Pero al fin y al cabo fue solo un sueño.

–Lo era, ¿verdad? ¿No? Era tan preciso. Daba más bien la sensación de ser una visión. Una profecía, tal vez. Tampoco sería la primera, ya lo sabes.

Eso era verdad. El papel de Hera como diosa del matrimonio, la familia, el decoro y el buen orden a veces hace que nos olvidemos de que el don de la perspicacia también se contaba entre sus fuertes.

–¿Cómo acababa la cosa?

–De una forma rarísima. Nos salvaba tu amigo Prometeo y luego…

–Ese no es amigo mío –la corta Zeus. En el Olimpo está vetada cualquier alusión a Prometeo. Para Zeus, oír pronunciar el nombre de este amigo en tiempos tan querido es como exprimirse un limón encima de un corte.

–Si tú lo dices, querido; solo te cuento lo que soñé, lo que vi. Mira, lo curioso es que Prometeo iba acompañado de un mortal. Y este humano fue quien me quitó de encima al gigante, lo despeñó Olimpo abajo y nos salvó a todos.

–¿Un hombre, dices?

–Sí. Un humano. Un héroe mortal. Y en mi sueño tenía muy claro, no sé bien cómo o por qué, pero lo tenía claro, clarísimo, que este hombre descendía del linaje de Perseo.

–¿De Perseo, dices?

–De Perseo. No había ninguna duda. Tienes el néctar a mano, cariño…

Zeus pasa la jarra entre los comensales. Perseo.

Un nombre que llevaba algún tiempo sin oír. Perseo…


Este es un fragmento de ‘Héroes‘ (Anagrama), por Stephen Fry.

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