Opinión

Apología de la dependencia

El valor que antiguamente se otorgaba a la prudencia contrasta con el afán de omnipotencia al que nos vemos sometidos actualmente. Es necesario abandonar la soberbia: no somos –solos– capaces de todo.

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06
Oct
2021
dependencia
‘La caída de Ícaro’, por Jacob Peeter Gowy.

El viejo Aristóteles, que no era tonto, sabía que el origen de la comunidad política descansaba en nuestra dependencia, en nuestra condición carencial. Si el animal humano tiende a agruparse confesando su condición gregaria, no es tanto por vocación social como por necesidad. Otro antiguo mito, recogido por Platón en Protágoras, había subrayado ya este hecho: en la provisión de capacidades el animal humano había salido muy mal parado, motivo por el cual el previsor Prometeo se vio urgido a robar de Atenea y Hefesto tanto las artes como el fuego.

Esta sabiduría antigua certificaba lo absurdo que es para los hombres intentar trascender su naturaleza. Los griegos, de hecho, acuñaron el término hybris para certificar la soberbia con la que tantas veces intentamos ser algo más de lo que realmente somos. Memento mori: «recuerda que solo eres un mortal», susurraba –según cuentan– algún siervo a los generales victoriosos en Roma, para que ni siquiera por un momento pudieran creer del todo en su triunfo pasajero; Ícaro somos todos.

«Allá donde haya alguien que se sienta capaz de todo sólo podremos reconocer a un verdadero imbécil»

Esta actitud prudencial –y recordemos que en latín la prudentia era una forma muy concreta de sabiduría– contrasta con el afán de omnipotencia al que nos vemos sometidos contemporáneamente. Desde el delirante eslogan que nos recuerda que nada es imposible hasta los conatos apologéticos que nos instan a desarrollar capacidades superlativas, el mundo entero conspira para hacernos sentir que somos capaces de algo. Incluso de que somos capaces de mucho aún estando solos.

No sé en qué momento la independencia se convirtió en una virtud social. La consigna más liberadora con la que los padres instruyen hoy a sus hijos preserva ese ideal capacitista. Ser un hombre o una mujer independiente se ha convertido en una máxima contemporánea que adquiere, por supuesto, también una validación pública. La independencia solo podría ser una proclama política en un contexto en el que la condición autárquica parece acreditarse como un paradigma de lo humano. Pero la humanidad, merecerá la pena recordarlo, no se exhibe en quien más puede, sino en quien más fracasa.

Enmendándoles la palabra a tantos, a mí me gustaría defender nuestra condición ‘dependentista’, que no es más que una manera de decirnos humanos. Allá donde haya alguien que se sienta capaz de todo sólo podremos reconocer a un verdadero imbécil. Pero también con él, en el aprecio de su fallo y su soberbia, tendremos que contar para unir fuerzas. Puede que entre todos sí podamos o, al menos, podamos más. Pero no todo está perdido: mientras haya personas que voluntariamente se ponen del lado de los que menos pueden, seremos un animal grandioso.

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