Opinión

«En mi época»… ¿Qué época?

No es extraño que, ante las dificultades, haya quienes miren con cierta envidia y nostalgia esa época en la que esfuerzos y decisiones que eran recompensados con certidumbres socioeconómicas y afectivas mayores a las de hoy. No es mi caso, pues aunque querría para mí ciertas comodidades de mis padres, no me olvido de que es mucho lo ganado al dejar de hablar de mi época.

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26
May
2022
época

Me he dado cuenta de que no utilizo con mi hijo una expresión a la que mi padre recurría mucho cuando yo era un niño y trataba de explicarme cosas de su vida. «En mi época…», solía decir antes de hablar de algún aspecto particular –la música que se escuchaba, los pelados que se llevaban, la forma de ligar que tenían– de algunos de los años decisivos de su vida: aquellos que iban desde la adolescencia hasta el final de la carrera y el inicio de la vida en familia. Me he preguntado qué razones habrá para que yo no utilice una expresión tan habitual en mi padre –y en su generación–, y más allá de los cambios en el lenguaje coloquial que conoce toda sociedad con el paso del tiempo, intuyo que hay algo de fondo que se expresa así.

Al hablar de su época, mi padre se refiere a los años decisivos, a los que marcan –a través de las decisiones que tomamos y la suerte que nos toca– el resto de la vida. Errejonianamente, esa época sería el «núcleo irradiador» que condiciona todo lo demás: la pareja que se escogió para toda la vida, el trabajo y la profesión a los que se dedicarían varias décadas, los hijos que se tuvieron antes de los treinta… Una época que se reconoce como tal en contraste con otras épocas de la misma vida mucho menos determinantes para el futuro y el propio relato biográfico. En la infancia, uno está a expensas de las decisiones y el cuidado ajenos, y más tarde, la vida es presa de las decisiones fundamentales de nuestra época.

«En la infancia, uno está a expensas de las decisiones y el cuidado ajenos, y más tarde, la vida es presa de las decisiones fundamentales de nuestra época»

¿Cuál es mi época? Es difícil reconocerla en el presente, pues se trata, más bien, de un balance retrospectivo. Pero, acercándome peligrosamente a los 40 como estoy, me cuesta hablar de un conjunto de años cerrados y definidos dignos de ser llamados como mi época. Hay razones conocidas y no precisamente positivas, como la devaluación y perdurabilidad del peso de los conocimientos adquiridos durante los años de formación, que ahora fuerzan a un extenuante reciclaje permanente. Por no hablar de la estabilidad laboral y la dificultad de emanciparse con salarios medios. También hay un factor generacional, pues los primeros millennials tienen en muchos casos la sensación de no haber llegado a la cúspide profesional cuando ya está pidiendo paso una generación más preparada y mejor socializada para la inmersión digital y tecnológica.

No es extraño que, ante las dificultades, haya quienes miren con cierta envidia y nostalgia esa época en la que esfuerzos y decisiones que eran recompensados con certidumbres socioeconómicas y afectivas mayores a las de hoy. No es mi caso, pues aunque querría para mí ciertas comodidades de mis padres, no me olvido de que es mucho lo ganado al dejar de hablar de mi época. Valga de ejemplo cómo se ha ganado la década que va desde los 70 a los 80 años a la vida plena, en la que todavía es concebible el disfrute, los planes o el amor. La aspiración, lejos de volver a certidumbres que tenían mucho de prisión de oro, debería ser que el ancho de la época sea el de la propia vida, y por tanto, indistinguible de ella.

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