Opinión

Salud moral

Cuando hablamos de la precarización material de nuestras vidas y cómo esta afecta a la salud mental, olvidamos la fatiga moral y espiritual en la que se desenvuelve nuestra cotidianeidad.

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03
agosto
2021

Tiene mérito. Hemos construido una sociedad en la que casi todo el mundo está mal. O muy mal. El arsenal de antidepresivos y ansiolíticos crece en los cajones de los hogares y la tasa de suicidio juvenil no deja de ascender. Cómo no será la cosa que hasta los políticos –¡ay!– han corrido a sacar su puntual tajada del drama.

En no muchos meses nos encontraremos ambiciosos y luminiscentes programas asistenciales revestidos de no poca cursilería. La jerga la conocen: el autocuidado, lo que importa es que estés bien, lo primero es tu felicidad… Todas estas consignas de baratillo suelen venir acompañadas de un último estrambote: no te sientas culpable por nada. A veces llego a pensar que esos consejos serían más ciertos si fueran exactamente los contrarios.

Y, ciertamente, a las personas más felices que conozco jamás las vi preocuparse por su propio bienestar y sí mucho por el de los que tenían al lado. La colección de renuncias y generosidades que protagonizan las vidas más admirables suelen coincidir con la práctica de la virtud. En el cultivo de esa excelencia no caben, creo, recetas autocomplacientes. Tampoco la bisutería moral.

Nada puede sorprendernos. Una sociedad narcotizada y aturdida que consume de media seis horas de internet al día, que abandona rituales de atención tan básicos como el silencio o que exhibe permanentes estrategias de desarraigo solo puede generar una profunda erosión del ánimo. Ni siquiera un héroe podría sobrevivir en una escombrera semejante.

«Una sociedad narcotizada y aturdida solo puede generar una profunda erosión del ánimo»

No diré que nos lo tenemos merecido pero, en algún sentido, hemos puesto no poco empeño en construir con precisión manierista contextos de vida inhabitables. De nada servirá que intentemos programar una asistencia reparadora si no atajamos las fuentes del daño. Hemos destruido nuestro horizonte moral, hemos convertido nuestras biografías en un territorio de exploración y celebramos jubilosos haber revocado nuestro arraigo en una tradición en la que se encuentran los únicos instrumentos con los que podríamos reconstruir un sentido para nuestra existencia.

Hablamos –y es justo que así sea– de la precarización material de nuestras vidas, pero olvidamos, sin embargo, la fatiga moral y espiritual en la que se desenvuelve nuestra cotidianeidad. Con tal de no escuchar nuestras mentiras hemos decidido llenarlo todo de ruido para –ojalá– intentar disimular nuestra condición miserable. En el fondo siempre todo puede ir a peor y dentro de muy poco, amiga, amigo, su dolor acabará convertido en mera propaganda política. Al tiempo.

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