Salud

El enfermo imaginario: ¿la sociedad se está patologizando?

Los expertos en salud mental alertan de los riesgos de acabar en la consulta por malestares y sufrimientos naturales de la vida cotidiana sin necesitarlo realmente: alrededor de un 30% de los pacientes que acuden a un centro no presenta un trastorno diagnosticable, pero un 50% de ellos ya tiene psicofármacos prescritos.

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02
Jul
2019
emociones

Sociedades modernas donde todo sucede a una velocidad vertiginosa. Vidas conectadas a aparatos tecnológicos que han alterado las emociones y las formas de relacionarse, trabajar o consumir. Adaptarse o morir es la única constante, pero no siempre es fácil. Surgen dificultades, trastornos y problemas que a menudo acaban en la consulta del médico o del psiquiatra. ¿Vivimos en una sociedad cada vez menos sana o aumentan los casos de enfermos imaginarios?

Existe un dato esclarecedor: el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM) ha multiplicado por cinco su grosor desde su primera edición en 1952, hasta la quinta y última de 2013. «En los últimos años estamos observando un fenómeno creciente en las sociedades más avanzadas: cada vez existe una mayor demanda de la población de los servicios de salud mental por malestares de la vida cotidiana», explica Rocío Lacasa, psicóloga experta en ansiedad.

Esta situación es lo que se conoce como psicopatologización de la vida diaria: los sentimientos normales que surgen ante el enfrentamiento de la realidad cuando esta no se ajusta a nuestras expectativas (frustración, tristeza, ansiedad o soledad) son redefinidos como síntomas de un trastorno o como objeto de atención psiquiátrica o psicológica, porque se ha dado un giro en cómo se afrontan este tipo de emociones. En un mundo cambiante, tendemos a no aceptar que cierto grado de sufrimiento es algo inevitable y llegamos a interpretar cada dolor o frustración como un indicador de la necesidad de intervención. «Antes se valoraban estas emociones como inherentes al ser humano y se contaba con una red de apoyo para compartirlas y amortiguarlas. En la actualidad, estos sentimientos ya no son vividos como naturales y adaptativos, sino que son reetiquetados y reinterpretados como patológicos o con posibilidad de ser eliminados por un profesional o un fármaco», analiza Lacasa.

La sanidad universal es una conquista social de primer orden en la que se ha avanzado a distintos niveles, pero ese progreso ha supuesto que en las últimas décadas se haya producido una tendencia creciente a medicarnos. «Cada vez más aspectos de la vida de las personas son tratados como un problema sanitario, aumentando la actividad médica innecesaria», explica la psicóloga. En el campo de la salud mental cada vez más personas consultan estos servicios sin necesitarlo realmente: alrededor de un 30% de los pacientes que acuden a un centro no presenta un trastorno diagnosticable, pero un 50% de ellos ya tiene psicofármacos prescritos y casi la mitad son antidepresivos. Como afirma Lacasa, el principal motivo de consulta son problemas de relación y en segundo lugar temas relacionados con el trabajo y el desempleo.

El Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría ha multiplicado por cinco su grosor desde 1952

El riesgo de esta situación aparece cuando el motivo de consulta se centra en malestares y sufrimientos de la vida cotidiana en el que no se toleran emociones desagradables que son respuestas sanas a ciertas situaciones y circunstancias vitales. «En este caso, el riesgo del tratamiento puede ser mayor que el beneficio», advierte la psicóloga. Algunos ejemplos de ello serían la tristeza y frustración ante una ruptura inesperada de pareja, en el que la persona necesita un tiempo para digerir y ajustarse de nuevo a su situación; el estrés y la angustia generados por una mayor responsabilidad en el puesto de trabajo, cuando recurrimos a la medicación sin plantearnos una conversación con el jefe; o la apatía y el desconcierto tras la muerte de un ser querido, definiendo el estado como depresivo cuando solo ha pasado un mes desde la pérdida y no hemos tenido tiempo de asumir su ausencia.

Sin embargo, la otra cara de la moneda ofrece un panorama más esperanzador, ya que cada vez tenemos más información sobre cómo funcionan e interactúan nuestro cerebro, cuerpo y mente. «Se podría decir que la sociedad es cada vez más responsable y consciente de su salud mental y de cómo esta se relaciona con la salud física. El paciente se ha empoderado», analiza Lacasa que, aunque reconoce esa tendencia a la psicopatologización de la vida diaria, muchos profesionales se esfuerzan por «desestigmatizar los trastornos mentales y normalizar emociones como la ansiedad o la tristeza y ofreciendo recursos más educativos que psicoterapéuticos». Precisamente esa tendencia ha hecho aumentar los tratamientos de formación y prevención tanto en escuelas como en empresas a través de cursos de meditación, mindfulness, educación emocional y hábitos saludables.

Para ella, es clave plantearse si ante el problema el paciente va a obtener mejores resultados con una intervención profesional o no. Porque, «En ocasiones, la mejor opción para una persona que presenta síntomas supuestamente patológicos es la de no-tratamiento» concluye. Y es que, a veces, charlar con amigos de confianza, bailar o estar en contacto con la naturaleza ayuda a curarlo todo… O casi todo.

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