Todos los días son el Apocalipsis
Muchas generaciones de la Historia han vivido aguardando el final, pero ninguna como esta lo vive a diario, con todas las herramientas a punto para la más tóxica de las relaciones con su entorno.
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Existe una frase muy abusada de Winston Churchill. Como todas las frases de Churchill, pudo haber sido dicha o no, porque son de dominio público y factura comunal, como las sentencias del Eclesiastés, que solo por convención se las atribuimos al rey Salomón.
La frase que pudo haber dicho Churchill es: «Pasé más de la mitad de mi vida preocupándome por cosas que jamás iban a ocurrir». Es una máxima de marcado carácter ansioso que define muy bien el estado de ánimo del ciudadano medio en este arranque atropellado del siglo XXI.
En nuestros tiempos se vive siempre en espera de los bárbaros, al borde de la próxima calamidad. Se vive con el hatillo preparado y un remanente de papel de culo. Por lo que sea que pueda pasar.
Ahora, por ejemplo, mientras escribo, es una mañana de mayo radiante en el Sur y aún no pega el sol como pegará dentro de un mes. Se estaría bien si no fuera porque, apenas toma uno contacto con el mundo, le caen encima los augurios, las siete plagas.
Dicen en prensa que «Bruselas avisa que el mundo se encamina ‘a la crisis energética más grave de la historia’»; además, un barco cargado de hantavirus se acerca a España y la cosa se comenta sola. Uno piensa en Nosferatu emergiendo del camarote, dispuesto a extender la peste por el globo, aliado con un batallón de ratas.
Si no es una pandemia o una guerra, es la promesa de otra pandemia o una guerra más grave, la extinción por achicharramiento –el cambio climático pasó rápido a crisis y la crisis a emergencia–, el colapso de Europa, las últimas vacaciones de nuestras vidas antes de que no quede una gota de fuel…
Muchas generaciones de la Historia han vivido aguardando el final, pero ninguna como esta lo vive a diario, con todas las herramientas a punto para la más tóxica de las relaciones con su entorno. Un campesino de la Castilla en el siglo XV no sabía que el «mal francés» estaba ya en el continente cinco años antes de que llamara a su puerta. Los europeos del «año sin verano» no tuvieron que planificar sus vacaciones sin sol apenas se enteraron del estallido de un volcán al otro lado del orbe. Tampoco los sapiens sabían que el estrecho de Bering se estaba cerrando y que les iba a tocar pasar frío.
Es lo que tiene el mundo globalizado e hiperconectado: que todos los males te ocurren a ti, ya y ahora
Es lo que tiene el mundo globalizado e hiperconectado: que todos los males te ocurren a ti, ya y ahora (no en cien años), y es imposible ‘desconocer’ lo que sucede en cualquier rincón del planeta, por nimio que sea. De hecho, para mucha gente tienen más entidad, más realidad, los dramas de un pueblo a diez mil kilómetros que el llanto de un mendigo bajo su ventana.
Como Churchill, pegados a las noticias de última hora, pasamos la vida preocupándonos por cosas que jamás sucederán (no todas, al menos; tal vez un 10% de ellas). Vivimos con mentalidad provisional, aplazando cosas hasta que pase el desastre. Vivimos en el mañana, en un caso universal de ansiedad patológica por anticipación. Ansia viva.
En eso somos radicalmente opuesto de las dos o tres generaciones que nos precedieron: ellos heredaron un mundo en el que no había quedado piedra sobre piedra y descubrieron la euforia de levantarlo todo de nuevo. A nosotros nos quedó una clara conciencia de que solo se nos permitía caer y lo vamos confirmando a diario en las redes.
Además, contra Pitita, a mucha gente le conviene el Apocalipsis, es decir, la amenaza sostenida de que está a punto de llegar. Al calor del fin de los tiempos y las sietes plagas han crecido profetas, expendedores de bulas y reliquias, técnicos y expertos de toda jaez. Cada Apocalipsis apareja su cohorte de burócratas; toda crisis es una oportunidad si eres avispado.
Mientras escribo aún queda fuel para este verano y la gente todavía no se ha lanzado a por los paquetes de papel de ocho. Dicen que el hantavirus no será como el coronavirus, del que tampoco decían que fuera nada especial. Quién sabe. El caso es que, junto a las tareas de la oficina y las notas de móvil de los recados, al lado de nuestros deseos y esperanzas de futuro, lleva el hombre del siglo XXI su miedo y su precaución. Porque aquí todos los días son días de Apocalipsis y mañana se acaba el mundo… otra vez.
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