Opinión

Avatar: cuando el respeto no basta para salvar un planeta

Nuestro civismo expandido hacia animales, microorganismos, plantas y, en general, la vida en el planeta, podría ser una cara amable para tapar la cruda realidad: que la necesidad de crecimiento económico nos lleva a seguir expoliando y maltratando la naturaleza.

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28
Abr
2021
Fotograma de ‘Avatar 2’.

Parece que las grandes obras toman su tiempo. Hace ya diez años que James Cameron anunció varias secuelas de Avatar, aquella maravilla visual que recreaba el conflicto arquetípico entre civilización y naturaleza, o entre dominación y convivencia. La trama remite a uno de los grandes temas de los orígenes del cine: el enfrentamiento entre indios, que viven en equilibrio con la tierra, y vaqueros, que ven la Tierra como una oportunidad para crecer; pero ambientada en el extraordinario entorno natural de otro planeta. Representa el clásico motivo del colono que, a través del amor por una nativa, acaba compartiendo los valores de su pueblo y luchando contra sus antiguos compañeros colonizadores. En este caso se trata los Na’vi, que conviven en armonía total con la naturaleza, mostrando con ella una conexión casi espiritual. No necesitan más de lo que tienen y todo el desarrollo de su intelecto está orientado a profundizar en esta relación con la Vida. Los humanos, en cambio, destinan toda su capacidad a desarrollar nuevas tecnologías para poder seguir creciendo.

En realidad, no se trata solamente del conflicto entre civilización y naturaleza, sino de otro más profundo: el que existe entre respeto y empatía. En la película, el acercamiento de los humanos a la naturaleza apela al respeto, pero acaban haciendo excepciones puntuales –y brutales– por el bien de su civilización. Una postura muy similar a la que mantenemos nosotros. De hecho, solemos decir que un acto o producto respetuoso con la naturaleza es ecológico, cuando a lo mejor deberíamos decir que es cívico, pues el civismo consiste en cumplir nuestro deber de ciudadanos para tener una convivencia agradable, justa y basada en el respeto. Pero como no solo convivimos con personas, sino también con animales, microorganismos, plantas y, en general, con toda la Vida en el planeta, hemos tenido que desarrollar esta forma de civismo expandido. Reciclar, por ejemplo, se trataría al final de cumplir con nuestras obligaciones para con toda esa gran Comunidad de la Vida. Es, además, un comportamiento codificado que se puede enseñar, como tirar la basura en las papeleras o recoger los excrementos de los perros.

«El civismo nos conviene egoístamente, precisamente porque somos un producto suyo»

Estas conductas cívicas, que nos ayudan a comportarnos en comunidad, pueden verse alteradas por la necesidad y las situaciones particulares. Me recuerda a la soberbia película El ángel exterminador (1962) de Luis Buñuel, en la que unas misteriosas circunstancias hacen que un grupo de personas de la alta sociedad deponga todas estas conductas cívicas y acabe comportándose visceralmente. De la misma manera, nuestro civismo expandido podría ser una mera fachada, una cara amable para tapar la cruda realidad: que la necesidad de crecimiento económico nos lleva a seguir expoliando y maltratando la naturaleza. Al fin y al cabo, esta serie de normas de convivencia natural han sido creadas por el ser humano y su justificación última es la supervivencia de nuestra civilización, y, como están condicionadas, pueden eludirse en aras de otro bien mayor.

En el extremo opuesto al civismo estaría la solidaridad, que no apela al respeto, sino a la empatía compasiva. Solidaridad es vinculación, es compromiso, es pertenencia, es compartir el destino, sentir que, si nos hacen daño a uno, nos están haciendo daño a todos. Kant, seguramente, nos habría dicho que, a pesar de ser unas malas bestias expoliadoras, aceptaremos respetar la naturaleza porque nos conviene, porque somos suficientemente inteligentes para entender que así evitaremos lo que nos han anticipado tantas y tantas narrativas de ciencia ficción. Pero cada vez estoy menos seguro de esto, ni de que seamos suficientemente inteligentes, ni de que podamos llegar a respetar algo con lo que no estamos tan profundamente vinculados que lo sintamos como una extensión de nuestro cuerpo, tal como les sucede a los Na’vi de la película, que sufren como propias las mutilaciones de su entorno natural. Esto solo se puede conseguir a través del amor. De hecho, es el amor por Neytiri lo que hace que Jake Sully cree esos fuertes vínculos con la cultura Na’vi que los llevan a tomar partido.

«Si apelamos solo al respeto (o al civismo respetuoso) no dejaremos de ser brutales expoliadores»

Por eso me planteo que, a lo mejor, el civismo y el respeto no son suficientes para conservar la Comunidad de la Vida. Está claro que nos conviene egoístamente, precisamente porque somos un producto suyo. Pero no es suficiente con ser parte de la Vida, tenemos que sentirla como propia, invocar esa emoción que nos sobrecoge cuando contemplamos un atardecer o cuando contemplamos los valles desde el pico de una montaña… Ese es el sentimiento que salvará nuestro planeta. La siguiente revolución será la de la empatía y solidaridad con la Vida. Pero, ¿cómo ser solidario con los peces, con el agua, o con las selvas? Pues de la misma manera que otra persona: identificándose con ella. Sentir desprecio por las plantas, los animales, incluso hasta por los microbios, es sentir desprecio por el árbol filogenético de la Vida, esto es: despreciar todo aquello que nos llevó a ser lo que somos. Quizá no podemos sentir por los virus y bacterias lo mismo que por un mamífero, pero sí podemos sentir su vida como propia, sentir que estamos profundamente vinculados a ellas y que, como hemos podido comprobar, cualquier cambio en el mundo microbiótico nos puede llegar a afectar completamente.

Porque lo contrario a la solidaridad no es insolidaridad, sino fragilidad. Cuanto más débiles estén el resto de los factores de la vida, más débiles seremos los humanos; igual que la pobreza y las desigualdades dan lugar a una sociedad menos cohesionada, más inestable. La Comunidad de la Vida será más resistente cuanto más fuertes sean los vínculos que nos unan a todos sus miembros. En el planeta Pandora estos vínculos están sellados por una gran fuerza: el amor y la empatía. Por eso los humanos colonos no dan crédito cuando los nativos defienden un árbol con su propia vida; no son capaces de entender que es uno de los suyos, que se han comprometido con la vida de una forma tan trascendental como contractual. Es así como debemos proteger las selvas, los océanos, los animales y todas las formas de la Vida: como una parte más de nosotros, como un miembro más de una gran comunidad natural con la que tenemos tantas obligaciones como derechos. De lo contrario, si apelamos solo al respeto –o al civismo respetuoso– bajo esa fachada no dejaremos de ser los brutales expoliadores de la película Avatar, pero no en un planeta ajeno, sino en este que nos dio la vida.

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