Opinión

Los del medio

Cuando nos creemos salvados nos cuesta mucho renunciar a los privilegios. Podemos gritar que no somos los de arriba, pero lo cierto es que tampoco somos los de abajo. Estamos en medio y sentimos que no somos los responsables de lo que ocurra entre ‘arriba’ y ‘abajo’.

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23
Mar
2021
© Daniel Gascón

Siempre recordaré la primavera de 2011. No solo porque mi mujer y yo formalizamos una de las decisiones menos pensadas y más acertadas de toda mi vida, tomada tan natural y espontáneamente como parecían surgir aquellos movimientos de resistencia en diferentes lugares del mundo. El hartazgo de tantos años de apatía nos impulsaba a ocupar las plazas y pedir cuentas a los responsables. Descubrimos algo que nos unía: éramos el 99%, frente al 1% de los más ricos y poderosos, quienes tomaban las decisiones y tenían secuestrada nuestra democracia.

Nosotros éramos los de abajo. Y era necesario señalarlos a ellos, a los de arriba, que habían causado la crisis y ahora se aprovechaban de ella. Aquel pensamiento nos unía y empoderaba, pues no hay nada más eficaz para mover multitudes que tener un ‘ellos’. Genera cohesión y propósito de solo un plumazo. Cohesión en tanto que une a todos los que no somos ‘ellos’ y propósito porque, si ellos son los culpables, nuestros males se acabarán cuando ‘ellos’ se acaben. Es decir, culpar a esa minoría nos da cierta legitimidad para actuar al mismo tiempo que produce una ilusión de unión. Aunque lo realmente complicado es definir un «nosotras, las personas» sin recurrir al consenso inmediato (pero falso) que genera la confrontación de una minoría. Sin embargo, es una mecánica tan efectiva que, incluso conociéndola, resulta muy difícil resistirse.

Es un argumento extraordinariamente sencillo: nosotros somos los de abajo, ellos los de arriba. ¿Pero qué pasa con los que estamos en medio? Todos esos que no estamos del todo arriba, ni del todo abajo, los que no queremos renunciar a los pocos privilegios que tenemos y muchos menos a los que podemos alcanzar. Puede que el problema no sean los de arriba, sino los del medio, porque precisamente por donde estamos, bloqueamos el paso. Además, somos los que más opciones tendremos de ponernos arriba cuando llegue el momento.

«Cuando nos creemos salvados nos cuesta mucho renunciar a los privilegios que tenemos dentro del sistema»

No todos los discursos del ellos siguen una lógica vertical ‘arriba-abajo’, la minoría problematizada puede ser una etnia, un colectivo, una cultura o incluso un país extranjero. La mecánica es la misma: si no fuera por ellos todo nos iría mucho mejor,  sería todo más fácil. ¿Y qué hacemos, entonces, con ellos? La historia tiene muchas propuestas, casi todas atroces. Desde el destierro, la conversión forzada, la expulsión, o, simple y llanamente, la aniquilación. Justamente este último nos ofrece un buen ejemplo de cómo el problema no está arriba ni abajo, sino en el medio. En los campos de concetración de la Alemania nazi, los kapos y sus cuadrillas, aún siendo presos, tenían más privilegios y más probabilidades de sobrevivir que los demás y, por lo tanto, no les hubiera compensando tanto los riesgos que entrañaba una sublevación. Quizá por eso, aún habiendo muy pocos efectivos para evitar una fuga masiva, ocurrieron muy pocas.

Primo Levi los llama hundidos y salvados. Él dice que esta diferenciación ocurre en la sociedad, aunque de forma más velada que en los lager, donde era evidente quiénes eran los fuertes y privilegiados, que se creían salvados, sobre todo en comparación con los hundidos. Aunque, tal y como se demostró al final, ninguno de ellos lo estaba realmente. También Hanna Harendt reconocía que fue la cooperación de los del medio lo que garantizó el genocidio, pues fueron quienes dieron los nombres de la comunidad, ejercieron de policía en los guetos,  se ocuparon de los crematorios, etc. La burocracia nazi no hubiera logrado absolutamente nada sin toda esa colaboración.

«Nosotros, estando en medio, bloqueamos el conocimiento de la libertad de los de abajo»

Cuando nos creemos salvados nos cuesta mucho renunciar a los privilegios que tenemos dentro del sistema. Podemos gritar que no somos los de arriba, pero lo cierto es que tampoco somos los de abajo. Llegan cadáveres a nuestras playas, pero nosotros, que estamos en medio, entre el sur y el norte, entre el este y oeste, entre los de arriba y los de abajo, no somos los responsables. Eso sí, si fuera por nosotros, esto no pasaría, pero son las élites –¡las malditas élites!–. Nosotros, al final, también somos como los de abajo, como los ahogados, como los desposeídos, como los devastados por las guerras, como todos los que no van a llegar al final de este día…

No. No somos como ellos. Nosotros somos su problema. Nosotros  –estando en medio– bloqueamos el reconocimiento de su libertad y su dignidad. Como dice esa vieja canción de Barricada: «El sol no calienta por igual en todas las cabezas, si no, que pregunten al que está bajo nuestro pie». Eso, que se lo pregunten. Porque ni siquiera pueden contar con nuestra ayuda; estamos demasiado absortos con nuestras propias preocupaciones. Aunque, en realidad, nuestro único problema es que nos creemos salvados, ignorando que nadie estará salvado totalmente hasta que todos lo estemos por igual.

Pero no es fácil renunciar a un mecanismo generador de pertenencia y consenso tan potente como es el discurso del ‘ellos’. De hecho, dominan gran parte del logos político. En España, cada partido tiene su ‘ellos’ particular. Seguramente sea porque tratar de reconocer la voluntad colectiva es mucho más complicado que echar la culpa a alguien. Es un proceso que no admite vías rápidas. Requiere construir lentamente los vínculos, razonando, negociando y acordando cada aspecto. Puede parecer utópico, pero es la única manera de construir un proyecto incondicionado y real, porque un consenso basado en la confrontación es dependiente: todas las acciones y aspiraciones están cautivas de las del otro.

«Es precisamente estar en medio lo que nos une, lo que genera cohesión y propósito»

Construir y dar forma a este ‘nosotros’ incondicionado es posible, pero requiere estar dispuestos a renunciar a los privilegios particulares, es decir, a la altura que hemos alcanzado entre arriba y abajo, para situarnos en medio, y desde ahí llegar a un gran acuerdo sobre lo que es justo y bueno para todos. Es lo que hacen las constituciones de las naciones, que actualmente vinculan grupos de personas en base a una circunstancia: su lugar de nacimiento. Podríamos expandir esa comunidad para que su límite fuera toda la especie humana: un Acuerdo de la Humanidad. O incluso ampliarla a toda la vida en el planeta: una Constitución Universal.

Pero solo lo podremos hacer si nos situamos en medio, entre arriba y abajo, entre grande y pequeño, entre norte y sur, entre este y oeste, entre ricos y pobres…  De hecho, todo nuestro potencial deviene de estar en medio: entre otros humanos, entre otras especies, entre células y planetas; en medio de toda esa gran urdimbre de organismos de los que dependemos y con los que estamos vinculados. Es precisamente estar en medio lo que nos une, lo que genera cohesión y propósito. Necesitamos unos humanos de otros, unas especies de otras. Toda la vida está conectada, y tenemos el mismo objetivo: el equilibrio, lo que es justo y bueno para toda la comunidad. Y lo es para todos sin excepción, incluso para los de arriba. Aunque no estoy muy seguro de que haya alguien arriba, pues, al final, ellos también están en medio.

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