Opinión

La última invitación de Bauman a rencontrarse con «el otro»

«Se ha creado un clima de desconfianza mutua, recelo y competencia a degüello». Reproducimos un extracto del último ensayo del pensador polaco.

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08
mayo
2017

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‘Síntomas en busca de objeto y nombre’ da título al último ensayo en español de Zygmunt Bauman, contenido dentro de la obra colectiva sobre el estado de la democracia ‘El gran retroceso’, publicado por Seix Barral pocos meses después del fallecimiento del pensador polaco. A continuación, reproducimos un extracto.

Se pueden concebir muchas formas legítimas, aunque condensadas y simplificadas, de recapitular la historia de la humanidad; una de ellas es la crónica de la extensión a veces gradual y a veces abrupta del «nosotros», empezando por las hordas de cazadores-recolectores (que, de acuerdo con los paleontólogos, no pudieron haber incluido a más de 150 miembros), pasando por las «totalidades imaginadas» de las tribus y los imperios, y hasta llegar a las naciones-Estado o «súper-Estados» contemporáneos, con sus federaciones o coaliciones. Ninguna de las formaciones políticas existentes, sin embargo, alcanza un estándar genuinamente «cosmopolita»; todas ellas ponen un «nosotros» frente a un «ellos». Cada miembro de esa oposición combina una función unificadora o integrante con otra divisoria o separadora; ciertamente, cada uno puede llevar a cabo una de esas dos funciones asignadas, a base y por medio de desentenderse del otro.

«Se ha creado un clima de desconfianza mutua, recelo y competencia a degüello»

Esta división de los humanos entre «nosotros» y «ellos» –su yuxtaposición y antagonismo– ha sido un rasgo inseparable del modo humano de estar-en-el-mundo durante toda la historia de la especie. El «nosotros» y el «ellos» se relacionan entre sí igual que la cara y la cruz, las dos caras de la misma moneda, y una moneda con una sola cara es un oxímoron, una contradicción en sí misma. Los dos miembros de la oposición se «definen por negación» recíprocamente: el «ellos» como «no–nosotros» y el «nosotros» como «no–ellos».

Este mecanismo funcionó bien durante las primeras fases de la expansión progresiva de los cuerpos políticamente integrados; en cambio, no termina de encajar con su fase más reciente, la que viene impuesta en la agenda política por la emergente «situación cosmopolita». De hecho, resulta singularmente inadecuado para ejecutar «el último salto» en la historia de la integración humana: ampliar el concepto del «nosotros» y las prácticas de la cohabitación, la cooperación y la solidaridad humanas hasta abarcar el conjunto de la humanidad. Ese último salto se distingue claramente de la larga historia de sus antecedentes a menos escala, respecto a los cuales no solo es cuantitativa sino también cualitativamente distinto, carente de precedentes y de demostración práctica. Requiere nada menos que una separación necesariamente traumática entre la idea de «pertenencia» (es decir, de la identificación de uno mismo) y la de territorialidad o la soberanía política: un postulado que ya articularon en voz bien alta hace más o menos un centenar de años autores como Otto Bauer, Karl Reiner y Vladimir Menem a modo de respuesta  a las realidades multinacionales de los imperios austrohúngaro y ruso, por mucho que dicho principio de separación no llegara nunca a integrarse en el uso ni en las convenciones de la política.

«Las semillas del espíritu colectivo y de la ayuda mutua se asfixian, se marchitan y decaen»

La aplicación de ese postulado tampoco parece estar sobre la mesa de cara al futuro cercano. Al contrario: la mayoría de los síntomas actuales señalan la búsqueda cada vez más ferviente de un «ellos», preferiblemente del extranjero de toda la vida, inconfundible e incurablemente hostil, siempre útil de cara a reforzar identidades, trazar fronteras y levantar muros. La reacción impulsiva «natural» y rutinaria de un número cada vez mayor de poderes fácticos a la erosión progresiva de su soberanía territorial suele incluir un debilitamiento de sus compromisos superestatales y una retirada de su consentimiento previo a unir recursos y coordinar políticas, lo cual los aleja de todavía más de complementar y coordinar su situación objetivamente cosmopolita con una serie de programas y proyectos a un nivel similar. Esa situación solo se añade al desbarajuste subyacente a la gradual pero implacable desactivación de las instituciones existentes del poder político. Los principales ganadores son los financieros extraterritoriales, los fondos de inversión y los corredores de futuros a comisión que operan en todos los diversos grados de legalidad; los principales perdedores son la igualdad social y económica y los principios de justicia intra e interestatal, además de una gran parte, posiblemente una mayoría creciente, de la población mundial.

En vez de emprender un proyecto sincero, consistente y a largo plazo que intente desarraigar los miedos existenciales resultantes, los gobiernos del mundo entero no han dejado pasar la oportunidad de llenar el vacío de legitimidad que han dejado atrás las prestaciones sociales menguantes y el abandono de los esfuerzos de la posguerra por instituir una «familia de naciones» con un fuerte empujón hacia la «titularización» de los problemas sociales y, en consecuencia, del pensamiento y la acción políticos. Los miedos populares –avivados, promovidos e incitados por una alianza no escrita pero estrecha de élites políticas y medios de información y entretenimiento de masas, y espoleados todavía más por la creciente marea de demagogia–  son a todos los efectos bienvenidos como un material precioso y apto para la continua fundición de nuevas provisiones de capital político, un capital codiciado por una serie de potencias comerciales desatadas y acompañadas de sus grupos de presión y ejecución política a quienes les han arrebatado sus variedades más ortodoxas.

De lo más alto a lo más bajo de la sociedad –incluidos unos mercados laborales que establecen la melodía que luego sus flautistas nos tocan a nosotros, la chusma, para que la cantemos a coro– se crea un clima de desconfianza mutua (y apriorística), recelo y competencia a degüello y, en medio de ese clima, las semillas del espíritu colectivo y de la ayuda mutua se asfixian, se marchitan y decaen (si es que sus brotes no han sido ya arrancados a la fuerza). Mientras que las acciones de las empresas concertadas y solidarias por el interés común se desvalorizan a diario, y sus efectos potenciales se atenúan, a la iniciativa por unir fuerzas y atender a intereses comunes se le quita la mayor parte de su atractivo, y así es como están muriendo todos los estímulos encaminados a emprender un diálogo orientado al reconocimiento recíproco, el respeto y la comprensión genuina.

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