Opinión

Identidad: la demanda de dignidad y las políticas del resentimiento

¿Seremos capaces de recuperar los significados más universales de la dignidad humana?, se pregunta Francis Fukuyama en ‘Identidad’ (Deusto), un ensayo combativo sobre la importancia de esa idea que difiere de un país a otro y de una persona a otra. Si la respuesta es que no, estaremos condenados a un conflicto sin fin, pero ¿y si pudiésemos construir puentes en vez de muros que nos aíslen dentro de nuestras reclamaciones identitarias?

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06
Jul
2020
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No podemos obviar la identidad o la política de la identidad. La identidad es ese «poderoso ideal moral que nos ha llegado», en palabras de Charles Taylor, y ha cruzado fronteras y culturas desde su fundamento psicológico humano universal del thymós. Este ideal moral nos dice que albergamos seres interiores auténticos a los que no se reconoce, y sugiere que la sociedad exterior es falsa y represiva. Centra nuestra demanda natural de reconocimiento de nuestra dignidad y nos ofrece un lenguaje para expresar el resentimiento que surge cuando no se recibe dicho reconocimiento.

No es posible ni deseable que desaparezca la demanda de dignidad. Fue la chispa que encendió innumerables protestas populares, desde la Revolución francesa hasta la del desesperado vendedor ambulante en Túnez. Estas personas exigían ser tratadas como adultos, capaces de influir en los gobiernos que los gobernaban. La democracia liberal se fundamenta en los derechos otorgados a ciudadanos iguales en su libertad, es decir, con el mismo grado de elección y de capacidad para determinar sus vidas políticas colectivas.

Pero para muchos no es suficiente el mero reconocimiento de la igualdad como seres humanos. Los derechos que disfrutamos como ciudadanos en democracia son muy preciados cuando se vive en una dictadura, pero con el tiempo se dan por sentados cuando se establece la democracia. A diferencia de sus padres, los jóvenes que crecen hoy en Europa del Este no han conocido la experiencia de vivir bajo el comunismo, y pueden dar por sentadas las libertades que disfrutan. Esto les permite centrarse en otras cosas, como las potencialidades ocultas a las que no se permite florecer, y la forma en que las normas sociales y las instituciones que las rodean las frenan.

«La modernización conlleva cambio y disrupción constantes, y apertura a opciones que antes no existían»

Por otro lado, ser ciudadanos en una democracia liberal no significa que las personas vayan a ser tratadas con igual respeto, ya sea por sus gobiernos o por otros ciudadanos. Son juzgados por el color de su piel, su género, su origen nacional, su apariencia, su origen étnico o su orientación sexual. Cada individuo y cada grupo experimentan falta de respetos de diferentes maneras, y cada uno busca su propia dignidad. La política de la identidad engendra así su propia dinámica, por la cual las sociedades se dividen en grupos cada vez más pequeños en virtud de su particular «experiencia vivida» de victimización.

El desconcierto respecto a la identidad surge como condición de la vida en el mundo moderno. La modernización conlleva cambio y disrupción constantes, así como la apertura a opciones que antes no existían. Es dinámica, fluida y compleja. Esta fluidez es, en general, positiva: durante generaciones, millones de personas han huido de aldeas y sociedades tradicionales que no les ofrecían oportunidades hacia otras que sí lo hacían.

Pero la libertad y el grado de elección que existen en una sociedad liberal moderna también pueden hacer que la gente se sienta infeliz y alejada de sus semejantes. Sienten nostalgia de la comunidad y la vida estructurada que creen haber perdido, o que supuestamente sus ancestros alguna vez disfrutaron. Las identidades auténticas a las que aspiran son aquellas que los vinculan con otros. Son el objeto de deseo de líderes que les dicen que las estructuras de poder les han traicionado y faltado al respeto, y que forman parte de comunidades importantes cuya grandeza volverá a ser reconocida.

Muchas democracias liberales modernas se encuentran el dilema de una elección. Han tenido que adaptarse a un rápido cambio económico y social y se han vuelto mucho más diversas como resultado de la globalización. Algo que ha generado demandas de reconocimiento por parte de grupos hasta entonces invisibles para gran parte de la sociedad. Pero esto ha conllevado que los grupos desplazados perciban una disminución de estatus, lo que ha derivado en una política del resentimiento y en una reacción violenta. La regresión hacia identidades cada vez más estrechas amenaza la deliberación y la acción colectiva de la sociedad en su conjunto. En última instancia, al final de este camino hallaremos la ruptura del Estado y el fracaso.

Sin embargo, la naturaleza de la identidad moderna reside en el cambio. Si bien algunos individuos se convencen a sí mismos de que su identidad reside en la biología y está fuera de su control, la identidad moderna implica tener múltiples identidades moldeadas por nuestras interacciones sociales en todos los niveles. Tenemos identidades definidas por nuestra raza, género, lugar de trabajo, educación, afinidades y nación. Para muchos adolescentes, la identidad se forma en torno al subgénero específico de música que ellos y sus amigos escuchan.

Pero si la lógica de la política de identidad es dividir a las sociedades en grupos cada vez más pequeños y egoístas, también es posible crear identidades más amplias e integradoras. No hay que negar las potencialidades y las experiencias vividas de los demás para reconocer que también pueden compartir valores y aspiraciones con círculos de ciudadanos mucho más amplios. El Erlebnis puede añadirse al Erfahrung. La experiencia vivida puede convertirse en mera experiencia. De modo que, si bien en el mundo moderno nunca abandonaremos por completo la política de la identidad, podemos dirigirla hacia formas más amplias de respeto mutuo por la dignidad que harán que la democracia funcione mejor.

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