Ciudades

La España en la que nunca pasa nada

El escritor Sergio Andrés reivindica en ‘La España en la que nunca pasa nada’ (Akal) un país intermedio entre la «España vaciada» y la «España metropolitana». Una tercera España que le está viviendo lo mismo que las clases medias que, tras ascender socialmente, vieron rota su movilidad social debido a la crisis.

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19
Jul
2021
ciudades

La relación de los habitantes de las ciudades medias, o de los procedentes de las mismas, con ellas obedece a varios patrones. Hay diversos escenarios que se dan y que no son incompatibles. Generalmente, para una parte de la población de estos municipios, su localidad es «la mejor» y tienen una visión muy chovinista de su identidad. Hay una gran valoración de las virtudes de su ciudad y de sus potencialidades. Suelen ser muy acríticos y no toleran de buen grado que alguien se meta con ella. Buena parte de estas personas tampoco han conocido otro lugar de residencia, no han estudiado fuera, por ejemplo, ni siquiera se plantearon salir de estos municipios.  Hay un orgullo muy importante y el vínculo es muy fuerte, aunque sus orígenes puedan ser del medio rural. Mi abuelo materno era muy de Logroño, y eso que no había nacido allí y se vino a vivir cuando ya superaba la treintena, con el éxodo rural. Había también un componente aspiracional, de proyecto de vida, de mejora. Como mis abuelos, muchas generaciones de aquellas décadas transmitieron a sus hijos e hijas un orgullo por su ciudad y su región, una identidad.

En el otro extremo, encontramos también un perfil de personas que se mueven en una especie de dicotomía sobre la ciudad media. Por un lado, piensan en sus virtudes, en sus valores, en el sentido de las dimensiones, de la calidad de vida, etc.; es decir, en buena parte de los tópicos que asociamos a estas localidades. Pero, por otro, también son de los primeros que «despellejan» a la ciudad media y al conjunto del territorio a la menor oportunidad. Suele echar en cara el «provincianismo», el conservadurismo, la falta de una oferta cultural, incluso el feísmo de sus edificios y calles. En no pocas ocasiones, se alude a la ciudad como «pueblo» –«es que somos un pueblo»–, con todas las implicaciones que conlleva para el medio rural, pues implica el reduccionismo a algunos de los tópicos más consolidados sobre el mismo. Son discursos recurrentes en algunos ámbitos, especialmente de personas con más formación, vinculadas a profesiones liberales, etc. De esta forma, parecen creer que no han salido del blanco y negro de la Calle Mayor, la película de Juan Antonio Bardem de la que hablaremos posteriormente.

Hay un sentimiento de «encorsetamiento» donde la ciudad media no dejaría respirar y el control social sería mayor

En cierto sentido, hay un sentimiento como de «encorsetamiento», la ciudad media no dejaría respirar, el control social sería mayor y no podemos tener lo que tienen otras ciudades más grandes. Incluso, cuando se hace referencia a ciertos territorios intermedios, esto se traslada de nuevo a la dimensión cuantitativa. Haciendo un salto, y vinculado al Estado de las autonomías, en La Rioja nunca han faltado voces, cualificadas generalmente, que señalaban que «somos como un barrio de Madrid», es decir, poco más de 300 mil personas. De hecho, es frecuente que sean precisamente las personas de las ciudades medias y pequeñas las más críticas y las que suelen realizar las diatribas más descarnadas sobre las mismas.

La novela de Nicolas Mathieu nos vuelve a mostrar ese hecho, con toda su crudeza. A fin de cuentas, lo aspiracional es un motor de funcionamiento determinante. El control social es uno de los aspectos más negativos que suelen señalarse en relación con las ciudades medias y pequeñas. Somos pocos y es mucho más fácil ver lo que hace el vecino, saber, vigilar, censurar, etc. Hubo décadas en las que era muy duro, obviamente. Esa asfixia, esa falta de libertad, era algo mucho más arraigado. Juan A. Ríos Carratalá, en su trabajo sobre la ciudad provinciana, señala que «el deseo más o menos explícito de marcharse de la ciudad que sienten los protagonistas de estas obras tiene una causa común: la insatisfacción […] la ciudad provinciana oprime en su propia pequeñez a unos sujetos que, por proceder de fuera o ser disidentes dentro de su propia sociedad, acaban mostrándose insatisfechos en el más amplio sentido del término, el que abarca desde el hastío hasta la represión sexual».

La distancia más reducida permite un mayor conocimiento y un funcionamiento de ciertas redes en todos los ámbitos

Pertenezco a otras generaciones que no vivimos tanto esa realidad; la verdad es que, en mi caso, nunca he tenido la sensación de que exista un control social elevadísimo e insufrible. Seguro que hay personas que no pueden decir lo mismo y que había situaciones, incluso ya en la democracia, vinculadas a la libertad sexual, por ejemplo, que se censuraban y se señalaban. Ese «qué dirán» estaba ahí, pero se iba diluyendo. Los lugares pequeños son complejos en ese sentido, Sergio del Molino lo señalaba en La España vacía cuando contraponía el idealismo de la vida en el medio rural con el crimen de Fago en Huesca. De hecho, de las ciudades medias y pequeñas se dice que son como «un pueblo grande», y regresamos al ya señalado «todos nos conocemos». ¿Siguen arraigados ciertos aspectos del pasado en esa dirección? En cierto sentido sí. La distancia más reducida permite un mayor conocimiento y un funcionamiento de ciertas redes en todos los ámbitos. También ocurre que, en no pocas ocasiones, se cumple el dicho de que «nadie es profeta en su tierra», hay viajes de ida y vuelta. Pero esa cercanía cuenta con valores positivos, como un mayor sentido de cohesión y una sociabilidad basada en lazos más comunitarios, en unos rituales muy estructurados.

Entre estos dos extremos, los que la idealizan y los que la valoran negativamente, hay toda una gama de situaciones y de puntos intermedios, pero sí que se suelen tomar elementos de las dos visiones. Por un lado, el sentimiento de orgullo de la primera, una identidad colectiva fuerte que suele estar presente. Por otro, una especie de complejo de inferioridad que está relacionado con no llegar a lo que tienen las grandes ciudades. También sería una forma de ser consciente de los propios límites. En definitiva, es una cuestión de arraigo, un concepto fundamental en nuestro país y en su forma de relacionarse con las identidades colectivas y las pertenencias más cercanas.

Fruto de su historia y de los diferentes factores que la han determinado, en España la gente es muy de su ciudad, pueblo, zona, provincia o región. Esas identidades colectivas se han mantenido y transmitido de generación en generación; incluso procesos como la creación del Estado de las autonomías han generado nuevos mecanismos de socialización. Manuel Vilas, que es de Barbastro (Huesca), en su novela Alegría señalaba que «‘Arraigo’ es una palabra fundamental en la vida humana. El arraigo es belleza y alegría. Junto a la palabra ‘arraigo’, hay otra muy hermosa, y esa es ‘raigambre’» (2019: 197). Vilas lo argumentaba a propósito del matrimonio de sus padres, en el arraigo como forja de su unión. Y este concepto también hace referencia, obviamente, a lo social, como indica Broncano al señalar que «el desarraigo ocurre, en definitiva, cuando desaparece la comunidad que da sentidos y ubicación a la persona y es sustituida por un conjunto abstracto de normas, instituciones y espacios de soledad».

«Creo que el concepto de arraigo puede ser determinante en la vinculación con nuestras localidades de origen y con sus territorios. Esto se observa en muchas personas que, habiendo dejado estas ciudades medias para ir a trabajar a otras, vuelven regularmente y siguen manteniendo ese vínculo. El peso de ciertas adscripciones está relacionado con la afectividad y lo emocional en el sentido que decía Tajfel. Buena parte de nuestras pertenencias se marcan por la socialización primaria y cómo ha calado de forma sentimental en nosotros, formando parte de nuestra identidad. La fortaleza del vínculo viene de ahí, por eso hay un componente subjetivo tan importante en la cuestión de las pertenencias. Y nada sella más que la infancia y la transmisión familiar. De esta forma, por ejemplo, no son pocas las apelaciones en estos años para volver a ese pueblo al que íbamos en nuestra infancia a pasar las vacaciones de verano. Podemos construir y transmitir todas las identidades colectivas que queramos, pero, si no existe esa vinculación afectivo/emocional, no serán interiorizadas de la misma forma por los individuos. Obviamente, luego las experiencias y los acontecimientos marcarán su desarrollo, pero esa base es clave».


Este artículo es un fragmento del libro ‘La España en la que nunca pasa nada‘ (Akal), por Sergio Andrés Cabello.

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