El despertar de la ciudad

La crisis del coronavirus hace que nos replanteemos nuestras metrópolis, que deben dejar atrás el coche como objeto de diseño y empezar a centrarse en las personas que viven en ellas. ¿Será capaz la ciudad de adaptarse para dibujar un futuro sostenible?

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03
Jun
2020
ciudad

El arte y la cultura, a través de todas sus formas, nos han invitado una y mil veces a recrear futuros imaginarios que replantean nuestra sociedad, y con ella nuestras ciudades. En 1927, Metrópolis de Fritz Lang nos presenta una urbe europea hiperpoblada, de rascacielos interminables, donde la persona quedaba reducida a la mínima expresión. En 1982, Ridley Scott da un paso más y muestra en Blade Runner un futuro incierto, lleno de tecnología, sumido en una ciudad de clima denso en el que la lluvia no cesa y la contaminación es parte esencial de la atmósfera.

Otro escenario, no menos incierto y esta vez resultante de la realidad, se nos abre ahora. Tras una pandemia que ha cambiado nuestra manera de entender y de relacionarnos con el mundo, nuevas posibilidades de creación se abren camino. Nuestro espíritu de la época –o zeitgeist, en su acepción original– ha visto tambalear sus cimientos. Hemos, por tanto, de buscar nuevas referencias culturales, sociales e intelectuales que replanteen los criterios que regirán el mañana. Un futuro que ya es hoy.

«En los últimos tiempos, el coche ha articulado la ciudad»

Somos una especie que se debate entre conservar lo antiguo y recuperarlo o, simplemente, crear algo de cero desde esta nueva realidad. Hemos de detectar todas las demandas que han surgido a raíz de la crisis del COVID-19: nuevas necesidades que se han de responder con nuevos planteamientos para vivir la ciudad y sus espacios como hasta ahora nunca lo habíamos hecho.

Históricamente, el modelo europeo de ciudad toma determinados leitmotiv para articular su desarrollo, y sobre estos giraba el resto del urbanismo. En un tiempo fueron los dioses y su Acrópolis; en otro, Dios y las majestuosas catedrales erigidas en su honor. Fueron eje de nuestro modelo las obligaciones defensivas, el Estado y las sucesivas revoluciones industriales. En los últimos tiempos de desarrollo económico, el objeto de diseño que ha articulado la ciudad ha sido, simplemente, el coche.

Esta crisis sanitaria ha dejado en evidencia lo que funcionaba y lo que no. Y de la misma manera que otros campos tendrán que afrontar una evolución (la sanidad, la educación, la ciencia…), los territorios y las ciudades, como nuestro ecosistema que son, habrán de hacer lo propio.

«Es hora de situar a la persona en el centro de cualquier decisión»

Este punto de inflexión ha llegado en pleno debate sobre nuestra manera de habitar el planeta y la responsabilidad que debemos asumir en cuanto a su empobrecimiento ecosistémico. Cuestionar el vínculo entre nuestra capacidad de desarrollo, nuestra dependencia de recursos energéticos fósiles y el impacto de esta relación –contaminación, cambio climático, escasez de recursos, implicaciones geopolíticas, etc.– es inevitable. Nos encontramos, por tanto, en un momento único para ir hacia un modelo híbrido que aúne lo social, lo económico y lo ecológico. Es hora de modificar nuestras prioridades y situar a la persona en el centro de cualquier decisión. Tenemos la oportunidad de apostar por un paradigma social responsable que logre la sostenibilidad económica y ambiental, aplicando los principios del desarrollo, la eficiencia, la innovación y el ecodiseño.

Escribía Rem Koolhaas en La ciudad genérica que «a veces, una ciudad antigua y singular, como Barcelona, al simplificar excesivamente su identidad, se torna genérica. Se vuelve transparente, como un logotipo. Lo contrario no sucede nunca… al menos por ahora». Sin dejar de suscribir sus palabras, creo que ha llegado el momento de que suceda lo contrario. Las ciudades y los territorios son muchísimo más que esos reductos que nos han dejado aquellos leitmotiv. Quizá hemos vivido una ensoñación en el que todos los lugares se parecían y donde todo lo que se creaba dejaba de tener la identidad que le confiere el lugar donde se hacía. Hemos de cambiar, por ello, nuestra manera de vivir la ciudad. Es tiempo de que el ciudadano recupere el espacio público y se reconcilie con sus calles, de que cada ciudad adapte su manera de moverse, reubique sus centros y reordene sus flujos. Una ciudad en el que el concepto de barrio se dignifique de nuevo y donde se dé cabida a nuevas mixturas de usos.

Hemos de pasar de una ciudad en tránsito constante a una más estacional, que sea capaz de recuperar espacios comunes degradados para convertirlos en lugares de encuentro. El conductor cederá el paso al peatón, y el clima se convertirá de nuevo en el generador de una arquitectura que interactúe con el espacio buscando la sostenibilidad integral y un mayor confort. Quizá dejemos en el camino «activos obsoletos», pero su adaptación también supone un reto.

«Es tiempo de que el ciudadano recupere el espacio público»

La vivienda deberá también procesar todos los cambios que implica esta nueva manera de habitar. Lugares comunes conectados entre sí, donde poder desarrollar nuestra profesión o evitar la soledad no deseada, han de aparecer en los nuevos proyectos. Conceptos como el derecho de vistas, la calidad ambiental, las estrategias pasivas de confort climático o la naturalización de los espacios también serán imprescindibles.

El reto de transformación exige, por supuesto, consenso y un cambio de mentalidad que deje de lado los personalismos para anteponer el bien común. Será entonces cuando podamos demostrar que futuros inciertos y deshumanizados como los que mostraban Fritz Lang o Ridley Scott eran solo eso, escenarios de ciencia ficción.


Miguel Díaz Martín es arquitecto y diputado en la Asamblea de Madrid por el grupo parlamentario de Ciudadanos.

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