Opinión

¿Quién soy yo en una sociedad traumatizada?

La prosperidad material puede impedirnos ver el desdichado estado de nuestro interior. El éxito profesional o tener un piso propio a veces disimulan la profunda infelicidad de la persona y lo sola y abandonada que se siente en este mundo. El psicoterapeuta Franz Ruppert aborda cómo construir sociedades sanas en ‘¿Quién soy yo en una sociedad traumatizada?’ (Herder).

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22
Ago
2019
sociedad traumatizada

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Como especie (homo sapiens), la Humanidad ha llegado lejos. En el año 2018 viven ya 7.500 millones de personas en esta tierra, con tendencia al alza. Ha generado logros culturales y tecnológicos fantásticos, que le permiten acceder a alimento, ropa, vivienda, productos de todo tipo, movilidad e información en abundancia. Ser persona y vivir como persona puede ser placentero y maravilloso. Hay una cantidad infinita de conocimientos a su disposición. Hay profesores, centros de enseñanza y métodos de aprendizaje magníficos. Hay muchas personas que se apoyan y se ayudan con generosidad las unas a las otras. Esto lo vemos, por ejemplo, en situaciones de emergencia provocadas por catástrofes naturales son muchos los que acuden de inmediato al lugar para ayudar con altruismo.

Concibo a las personas como una parte de la evolución. Dado que los procesos evolutivos siempre encuentran soluciones de compromiso más o menos afortunadas a los problemas y conflictos, nosotros, los homo sapiens, somos también en muchos aspectos una fórmula de compromiso. Tenemos una estatura media y una fuerza media, tenemos una velocidad media y una inteligencia media. Para nosotros, los humanos, la naturaleza de nuestro entorno tampoco es un paraíso. El calor y el frío solo los toleramos con moderación. Incluso como omnívoros, la oferta de alimento de la que disponemos de manera natural es limitada. Además, por nuestro tipo de reproducción, sexual, pagamos el precio de algunas limitaciones. Las mujeres tienen que llevar la carga del embarazo y la alimentación del bebé. Debido a las hormonas, los hombres están inconscientemente a merced de la presión de la competencia con otros hombres. Les falta la profunda emocionalidad del vínculo con su propio hijo que el embarazo y el parto posibilitan a las mujeres de manera natural. La reproducción sexual condiciona numerosos intereses contrapuestos entre hombres y mujeres y entre padres e hijos.

Debido a este tipo de retos para la conservación de la especie y de uno mismo, en el fondo, la vida no es fácil para nadie. Incluso vivir, crear y conservar vidas humanas nuevas exige mucho de cada individuo. Puede llevarlo a los límites de sus posibilidades. En realidad, esto ya sería suficiente como sentido y misión de vida. Analizándolo más detenidamente, podemos ver que las personas se hacen la vida mucho más difícil unas a otras de lo que sería necesario por la pura conservación de la especie o de uno mismo. Las personas se someten a sí mismas a una tremenda presión. En ocasiones, estresan a otros sobremanera. Y no está nada claro cuál es el incremento de felicidad o de dicha que les proporciona todo esto.

En un mundo cada vez más conectado tecnológicamente por medio de los móviles y de internet, puedo contactar en cuestión de segundos con amigos, colegas y socios en Singapur, Los Ángeles o Moscú. Si quiero saber algo, solo hace falta un par de clics en mi ordenador y ya tengo datos y opiniones al respecto. En mi lugar de residencia, Múnich, tengo una gran red de relaciones personales, una enorme oferta de centros de enseñanza, buenas oportunidades laborales, eventos culturales interesantes y abundantes delicias culinarias.

«La vida no es fácil para nadie. Incluso vivir, crear y conservar vidas humanas nuevas exige mucho de cada individuo»

Sin embargo, no me resulta fácil disfrutar plenamente de todo. Por ejemplo, no me resulta grato comer carne si pienso en las condiciones de cría de los terneros, cerdos o gallinas (Safran Foer, 2010). No me siento bien al saber lo rico que soy en comparación con millones de personas que no tienen un techo que las cobije, que viven sin nada que llevarse a la boca o que malviven en la miseria de la guerra o en campos de refugiados. Cuando utilizo los medios de comunicación, cuando constato la locura que se produce día a día en este mundo, los objetivos destructivos en los que las personas gastan su tiempo de vida, su energía vital, su inteligencia, tanto dinero y los tesoros de la naturaleza, entonces me pongo malo y en ocasiones también me enfado. Me entra miedo ante tanta estupidez humana, tanta terquedad, falsedad y deseo de violencia, que desgraciadamente no pocas personas muestran.

Si solo una pequeña parte de lo que se gasta actualmente en regímenes dictatoriales, fuerzas armadas, servicios secretos, armas y guerras económicas sin sentido se empleara en la educación, salud y producción de energías renovables, todo el planeta podría convertirse pronto en una zona de paz y bienestar para la mayoría de seres humanos.

Sin embargo, la prosperidad material puede impedirnos ver el desdichado estado de nuestro interior. El éxito profesional, un piso propio, una familia propia, a veces disimulan la profunda infelicidad de la persona y lo sola y abandonada que se siente en este mundo. Las imágenes de los pobres y los oprimidos, a los que económicamente les va mucho peor que a uno mismo, pueden hacer olvidar a los supuestos ciudadanos prósperos su propia necesidad interior. Entonces, la propia riqueza material causa sentimientos de culpa y provoca el impulso de querer ayudar. Unos sacan el monedero, mientras que otros convierten la ayuda en su profesión. En la mayoría de los casos, con esto ni se eliminarían las causas de la necesidad que sufren las personas pobres ni se toma en serio el sufrimiento interno propio.

Por el contrario, las imágenes de prosperidad externa generan a los pobres del mundo la ilusión de que en los países ricos se podría encontrar el paraíso en la Tierra. Las imágenes de abundancia material les atraen mágicamente. Por ello, entre otros motivos, se ponen en marcha hacia estos lugares anhelados, a pesar del peligro de muerte. Una vez aquí, por lo general se percatan de que son percibidos con desconfianza, enemistad y frialdad, de que solo son bienvenidos si son útiles, por ejemplo, como mano de obra barata.

Tampoco yo quise ver mis problemas internos durante cincuenta años. En lugar de eso, preferí dirigir mi mirada a otras personas y a las situaciones sociales. En los círculos de izquierdas en los que me movía en mi época de estudiante, ocuparse de uno mismo se consideraba mirarse el ombligo de forma narcisista, y por eso no había tiempo en la lucha por un mundo más justo contra el capitalismo, el imperialismo y la conciencia equivocada -la de los otros-. De lo traumatizados e incapacitados para las relaciones que estábamos nosotros mismos no se podía hablar.

La humanidad frente al abismo

En numerosos campos de batalla se están librando actualmente guerras brutales. En la economía se ha desatado una competencia despiadada. En muchos matrimonios y familias las personas viven en un estado de guerra. Incluso en internet y en las redes sociales, donde en realidad podríamos aprender tanto de los otros, se libran constantes batallas textuales, se envían mensajes de odio continuamente, se difunden los vídeos violentos más brutales. Existe, además, una guerra oculta con virus y software de espionaje para invadir la esfera privada de los otros, para hackear o destruir sus ordenadores. Y esta es otra manera de destruir a las personas. Para el que piense que el odio, la envidia o el sometimiento son un destino humano inevitable, determinado por la naturaleza o incluso por la voluntad de Dios, no hay esperanza de mejora. Él o ella solo puede esperar que la especie humana se extermine a sí misma algún día o que las fuerzas de la naturaleza, a las que provoca en su búsqueda de éxitos militares y beneficios a corto plazo, la eliminen de este planeta. La catástrofe climática va a toda marcha y los medios para el autoexterminio ya existen desde hace mucho tiempo. Aproximadamente 16.300 cabezas nucleares son capaces en pocos minutos de transformar toda la tierra en un desierto inerte y de causar al instante la muerte de toda vida compleja. En lugar de desactivar y desguazar estas armas de locura, las naciones que son potencias nucleares incluso las «modernizan». ¡Qué término más cínico!

Entonces, ¿por qué se avasallan las personas unas a otras si la cooperación entre ellas es posible? ¿Por qué se atacan de esa manera si es evidente que las soluciones pacíficas serían mucho mejor para todos? ¿Por qué se empujan unos a otros a la locura si las formas de actuar racionales serían mucho más eficientes tanto en tiempo como en energía? ¿Por qué no paran antes de haber destruido no solo al otro, física y psíquicamente, sino a también a sí mismos?

«Para el que piense que el odio, la envidia o el sometimiento son un destino humano inevitable, no hay esperanza de mejora»

Varias veces ha estado ya la humanidad en el pasado reciente al borde de este abismo de autodestrucción global. Por ejemplo, en 1960 en la llamada Crisis de Cuba, y hoy en día de nuevo, con el choque en Siria entre Estados Unidos y Rusia por sus ambiciones de imponerse como principal potencia mundial en un escenario bélico en que pelean fieramente. Y ahora incluso un pequeño país como Corea del Norte se apunta a esta locura de empezar a amenazar al enemigo con la destrucción nuclear. El sábado 13 de enero de 2018, el aviso de alarma difundido en Hawái por los teléfonos móviles puedo haber desatado fácilmente una catástrofe nuclear, debido a las enormes tensiones entre Corea del Norte y Estados Unidos. «Aviso de emergencia – Amenaza de lanzamiento de misil balístico hacia Hawái. Busquen refugio de inmediato. Esto no es un simulacro».

Seguro que en los siglos pasados los seres humanos no eran menos brutales consigo mismo o con los otros. Sin embargo, en los últimos siglos, con su ciego afán investigador, han desarrollado un potencial tecnológico que posibilita la destrucción total. Paraíso o infierno, puede que el final sea decidido por un algoritmo tecnológico imposible de parar que haya sido programado previamente con alguien con buenas intenciones.


Este es un extracto del libro ¿Quién soy yo en una sociedad traumatizada?, de Franz Ruppert (Herder). Puedes comprar un ejemplar y seguir leyendo en este enlace.

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