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Obama bis

Fernando Urías, de Dialoga Consultores, analiza la proyección de la figura del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, tras una legislatura marcada por la inestabilidad económica internacional.

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03
Ene
2013

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Fernando Urías, director de la Oficina de Madrid de Dialoga Consultores

Fernando Urías, director de la Oficina de Madrid de Dialoga Consultores, analiza la proyección de la figura del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, tras una legislatura marcada por la inestabilidad económica internacional y unas reñidas elecciones en las que derrotó al candidato republicano Mitt Romney.

La costumbre sostiene que los presidentes reelectos de EEUU dedican el segundo mandato a construir su inequívoca proyección histórica y no hay que descartar que Obama, en algún momento, sopesara la posibilidad de pasar a la historia como el 44º presidente de EEUU o como su «primer presidente afroamericano», sin más. Éste ha sido siempre el objetivo del Tea Party y cabe pensar que también el de demócratas y republicanos respecto al presidente rival electo desde los tiempos de George Washington. Pero en el caso de Obama el objetivo pronto adquirió una dimensión desconocida, en el que se mezclaban no sólo prioridades políticas, sino también estímulos raciales y xenófobos. Incluso el candidato republicano Mitt Romney apeló a esta podredumbre moral durante la campaña con la emisión de una serie de spots solicitando donativos para que Obama fuera el presidente de un único mandato.

Es probable que este empeño de encontrar su lugar en la historia obligue a Obama a dedicarle casi tanto esfuerzo como el que exigió la negociación de su descafeinada reforma sanitaria. De entrada, tiene por delante el reto –y éste ya sí es inaplazable– de arrumbar su imagen, tanto entre sus adversarios republicanos como entre muchos de sus iniciales partidarios progresistas y demócratas radicales, de presidente con cierto síndrome de fracaso. No tanto por la cantidad y alcance de sus logros presidenciales en estos primeros cuatro años como por su confrontación con las expectativas que despertó en la campaña de 2008. De lo visto hasta ahora sólo cabe concluir que Obama es mejor candidato que presidente. A Obama, por extraño y paradójico que pueda resultar, le cuesta mucho más empatizar con el ciudadano medio estadounidense como presidente que como candidato (lo ha vuelto a confirmar en esta campaña). Cabe pensar que esta inesperada situación sea el verdadero legado de la espantosa herencia moral y económica recibida de su antecesor y que, a la postre, ha terminado condicionando su primer mandato casi tanto, sino más, que su dubitativo carácter. Pero también cabe la posibilidad de que este síndrome sea consecuencia de un liderazgo presidencial torpemente gestionado.

Investido con el aura de candidato postracial, Obama confió su acción política durante el primer mandato a un bipartidismo que no ha sido siempre ni comprendido ni tolerado. Es posible que la composición del Congreso tras las elecciones intermedias de 2010, en las que los demócratas perdieron la mayoría, no dejara mucho más margen de maniobra. Pero ésta no fue la situación durante sus dos primeros años y el bipartidismo –o la superación de la visión simplista de estados rojos y azules, o de un EEUU blanco y otro negro, de su célebre discurso durante la convención del Partido Demócrata de 2004– también fue su ideario político. “Si diluyes la diferencia con tus oponentes, estás acabado”, escribió Robert Kurttner en su recomendable ensayo El desafío de Obama, publicado en septiembre de 2008, que también cita una célebre sentencia del libro Liderazgo de James MacGregor Burns: “Los líderes, cualquiera que sean sus manifestaciones de armonía, no rehúyen el conflicto: lo afrontan, lo explotan y, a la larga, lo personifican”.

Obama, como otros grandes presidentes de su país –Kennedy o Reagan, a quien, por cierto, Obama admira sinceramente– supo generar su momentum político, esa expectativa de que con él la vida política de los ciudadanos y la forma de hacer política con mayúsculas cambiarían de manera radical. Es evidente, sin embargo, que Obama no ha sido el presidente radical con el que muchos de sus votantes en 2008 soñaron. Radical como lo fue Lyndon B. Johnson respecto a la cuestión racial o Ronald Reagan respecto al New Deal. Y no es improbable suponer que tampoco lo será en este segundo mandato. En su discurso de la victoria, en la madrugada del 7 de noviembre, el ya reelegido presidente no sólo recalcó lo mucho que todavía quedaba por hacer, sino que también lo haría desde el bipartidismo. De nuevo, el candidato visionario cedía su lugar al presidente posibilista.

Siempre es arriesgado predecir el comportamiento de un político, incluso de uno tan previsible como a la postre se ha revelado Barack Obama. Su tendencia al bipartidismo excluye cualquier radicalismo y, por tanto, cualquier sorpresa. Su ideario político cada vez más es el de un buen gestor, con valores, con principios, pero el de un gestor al fin y al cabo. Y si avanza en su programa de reformas, que tampoco ponen en entredicho la herencia recibida –a lo máximo, la humanizan– menos por méritos propios que por el desconcierto que reina en las filas republicanas. Obama bis.

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