Los malestares del Bienestar
En el caso de Noelia no me inquieta tanto que una persona joven quiera morir –siempre ha sucedido y más en los jóvenes– como que la sociedad acepte que su situación casa bien con ese deseo.
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Han pasado los días, pero no el malestar. La muerte de Noelia Castillo nos ha dejado un poso de incomodidad e incomprensión; junto con la compasión por la persona concreta, un enfado inespecífico con el curso del mundo.
No es el caso de analizar lo que ya está muy analizado. Lo de Noelia es de una complejidad tal que solo se ha visto en la novela rusa. Y, de todos modos, ella ya no está, ya descansa. Así que quiero hablar más bien del malestar de los que nos quedamos, un malestar que se ha instalado en muchos de nosotros con la así llamada Sociedad del Bienestar. Con la propia idea de Bienestar.
Muchas cosas que antes se conceptuaban de una manera se han ido reconfigurando en estas últimas décadas: el dolor, el sufrimiento, es una de ellas. También qué se entiende por «una vida que vale la pena» o «una vida bien vivida». En el caso de Noelia no me inquieta tanto que una persona joven quiera morir –siempre ha sucedido y más en los jóvenes– como que la sociedad acepte que su situación casa bien con ese deseo.
Me ha dejado pensando en muchas cosas: ¿Qué es el bienestar? ¿Dónde está su límite? ¿Los que ganan 500, 300, 0 euros tienen bienestar? ¿Estamos autorizados a dejarlos ir porque eso no es vida? Si ellos consienten, ¿por qué no? Noelia y un pobre que duerme en la calle están igual de limitados, solo que en distintas cosas. Ninguno tendrá el nivel de bienestar que la sociedad considera deseable y ambos pueden sufrir mucho por sus condiciones, una física y otro material. Los dos pueden deprimirse y desear no vivir.
En aras del Bienestar hemos acabado despejando todo lo que queda fuera, delegando en el Estado el dolor del que antes se responsabilizaba la comunidad
La paradoja de la sociedad del Bienestar –acelerada en un contexto que propicia unos estándares de hedonismo individual cada vez más inalcanzables– es que aleja a las personas del verdadero bienestar, que solo se da en una comprensión al menos mediana de sus limitaciones: el dolor, el sufrimiento, la mala fortuna, la decepción, el fracaso, la muerte. Hemos dejado de convivir con todo ello, que era parte del aprendizaje natural de las personas hasta hace poco y, en cambio, nos hemos ido acostumbrando a la idea de que se nos debe la felicidad. ¡La felicidad, esa estúpida idea ilustrada, tan manipulable y malentendida como la libertad!
Es así que en aras del Bienestar hemos acabado despejando todo lo que queda fuera, delegando en el Estado el dolor del que antes se responsabilizaba la comunidad: los viejos acaban en residencias, cuidados por empleados en lugar de familiares, o yacen en su cama de un quinto piso en el centro de la ciudad hasta que empiezan a oler, los muertos se ocultan, los malformados se abortan, los mendigos que caen fulminados en las aceras pasan horas abandonados a su suerte hasta que alguien llama a los servicios sociales, el fracaso no se nombra, los parados se entregan como lastre al Estado, las parejas se disuelven a la primera incidencia, los niños crecen atomizados y bajo sospecha, los tristes, los deprimidos, los heridos solo encuentran manuales de autoayuda, la felicidad cutre de las bolsitas de azúcar.
La sociedad menos violenta y precaria de la historia es la misma en la que la ansiedad y la depresión son pandemia
Una autonomía radical y la capacidad de canjear nuestro deseo cuantas veces sea posible es lo que hoy se considera «una buena vida». En ese sentido, cada vez más personas quedan fuera del umbral del Bienestar, cuya mediana no para de crecer en buena lógica. Para ellos no hay relato en la sociedad moderna y es por eso que el siglo XXI, teóricamente filantrópico, es el más egoísta que han visto los tiempos. Y es por eso que el hombre pierde la temperatura vital y el amarre, experimenta la soledad y considera que su vida no vale la pena si no discurre por el cauce que le contaron.
La sociedad menos violenta y precaria de la historia es la misma en la que la ansiedad y la depresión son pandemia, en la que la desgracia, cuando llega, se traviste de «desarrollo personal» para digerirlo productivamente, y la gente se remedia de un trabajo odioso de 9 a 5 viajando a Punta Cana, a París, a Mallorca… ¿No es paradójico? Hasta aquí nos ha traído el Bienestar, la mentalidad de Bienestar, hasta el punto en que solo la felicidad es legítima y el resto lo administra el Estado con toneladas de incuria, asepsia y propaganda.
Para nuestros antepasados la vida era un valle de lágrimas; para nosotros ha de ser un parque de atracciones, excitante y variado, en el que nunca se agoten las fichas. Aquí dentro, sin embargo, hay un enorme malestar latente, mucha gente que no entiende por qué gira la noria y qué se hace cuando llega la noche.
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