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Opinión

La cuestión de la eutanasia

Debate (y dolor) infinito

He visto a hombres y mujeres sabios, que han dedicado su vida entera a estudiar las paradojas de la ética, titubear a la hora de fijar una posición definitiva sobre asuntos que, como la muerte asistida, están condenados a permanecer abiertos.

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31
marzo
2026

Albert Camus escribió que el único tema filosóficamente serio era el suicidio. No se equivocaba. La existencia de hombres y mujeres de toda época se ha visto atravesada por el sufrimiento y la angustia. La infinita distancia que existe entre la justicia y el mundo constituye una fuente de legítimo extrañamiento y, en ocasiones límite, de dolor casi insuperable. Pero la vida humana encarna, al mismo tiempo, una dignidad y un misterio que nos condenan a seguir preguntándonos por un problema que resulta casi irresoluble.

Las cuestiones serias, sean filosóficas o no, exigen siempre posicionamientos complejos. Y reclaman, por supuesto, mantener encendida la luz de la razón, que no es otra que la duda. De ahí que quienes tienen una solución límpida y sencilla con respecto a la eutanasia probablemente disten mucho de sostener algo parecido a una opinión fundada. He visto a hombres y mujeres sabios, que han dedicado su vida entera a estudiar las paradojas de la ética, titubear a la hora de fijar una posición definitiva sobre asuntos que, como la muerte asistida, están condenados a permanecer abiertos. Junto a estas personas eruditas y rigurosas, he visto también a mentes menos sofisticadas adoptar posturas con mucha firmeza sobre esta materia. Normalmente, con un razonamiento que apenas cabe en una servilleta.

Esta sociedad es responsable de todas y cada una de las infancias que desatiende

La muerte asistida de Noelia solo puede interpelarnos desde el dolor y la culpa. Pues esta sociedad es responsable de todas y cada una de las infancias que desatiende y de los contextos de vulnerabilidad a los que suele condenar, casi siempre, a los más pobres. Este desenlace, le pese a quien le pese, vuelve a ponernos frente a un espejo y puede alimentar, de forma razonable y juiciosa, las dudas con respecto a una ley que debe estar sometida, como cualquier otra, al escrutinio permanente de la razón.

El suicidio o la eutanasia, y más aún en un caso tan complejo como el de Noelia, siempre será algo más que un mero objeto de debate o un juego de posiciones. Porque el abismo que separa un aséptico protocolo recogido en el BOE y el dolor real, encarnado, con rostro y ojos, siempre será infinito.

Por desgracia, tras su muerte, todavía quedó quien se mostró dispuesto a rebañar algo más de miseria para alimentar su obsesiva partida ideológica y, de paso, prolongar el show televisivo con el dolor ajeno. Si algo debiera dejarnos esta historia no son consignas de parte, sino una herida abierta: la de saber que, mucho antes del desenlace, ya habíamos fallado.

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