Morante, la gloria y el abismo
La gloria de Morante siempre comparece acompañada. Lleva al lado una sombra, una amenaza, un precipicio. Sevilla ha tenido la cortesía terrible de resumirlo en cuatro días. El jueves 16 de abril, la plaza se abandonó a uno de esos arrebatos que desbordan el idioma y humillan al reglamento.
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La gloria de Morante siempre comparece acompañada. Lleva al lado una sombra, una amenaza, un precipicio. Sevilla ha tenido la cortesía terrible de resumirlo en cuatro días. El jueves 16 de abril, la plaza se abandonó a uno de esos arrebatos que desbordan el idioma y humillan al reglamento. El lunes 20, la sangre vino a recordarle a la misma plaza que el éxtasis jamás viaja solo. Morante había subido a la cumbre y el toro le aguardaba abajo, como si la tauromaquia, irritada por tanta belleza, hubiera decidido cobrar un tributo.
Aquel jueves de resaca fervorosa en la Maestranza sucedió algo bastante más serio que una gran faena. Sucedió una alteración del orden. Morante toreó como si se hubiera propuesto discutir el propio argumento de la corrida. Puso banderillas, dispuso una silla en la arena, le dio a la tarde una respiración extraña, entre liturgia antigua y performance desaforada, y condujo al toro y a la plaza hasta un punto donde la faena dejaba de medirse en trofeos para empezar a medirse en conmoción. La espada lo privó de la contabilidad reglamentaria. Le dejó, en cambio, una forma superior de triunfo. Los chavales se echaron al ruedo, lo izaron en volandas y quisieron llevarlo por la Puerta del Príncipe como quien no celebra una salida a hombros, sino una insurrección estética. La Policía puso el límite físico. Sevilla ya había traspasado el otro.
Ahí se reconoce a Morante. En esa capacidad de desplazar el toreo desde su administración hasta su misterio. Otros matan toros. Él modifica el aire. Otros resuelven la lidia. Él la convierte en episodio, en relato, en ceremonia nerviosa. Morante no encadena suertes. Compone climas. Lo singular consiste en que lo hace con materiales antiquísimos, como si invocara una memoria enterrada de la tauromaquia, aunque al mismo tiempo somete esa memoria a una torsión modernísima, insolente, casi peligrosa. Patrimonio y vanguardia. Y viceversa. De ahí que su figura atraiga al aficionado viejo que cree haberlo visto todo y al muchacho que accede a la plaza como quien entra en un concierto o en una conspiración.
Las grandes tardes de Morante pertenecen a la tradición oral
Lo suyo no se cuenta, se recuerda. Las grandes tardes de Morante pertenecen a la tradición oral. Se transmiten de boca en boca, de sobremesa en sobremesa, con la exaltación de quien ha asistido a algo irrepetible y necesita certificarlo antes de que el tiempo lo degrade. La afición no sale de una faena suya con ganas de pasar página. Sale descoyuntada, afónica. Sale con la necesidad de compartir el temblor como quien participa en una terapia de grupo. Habría que llamarlo síndrome de Morante, aunque la expresión valga menos como guiño clínico que como diagnóstico sentimental. La belleza, cuando la administra él, deja mal cuerpo.
Ese mal cuerpo adoptó el lunes una forma mucho más brutal. Morante había cortado una oreja al primero y Sevilla volvía a colgar el no hay billetes, embriagada todavía por el delirio reciente, cuando Clandestino, de García Jiménez, lo hirió de mucha gravedad en el recto mientras lo bregaba de capote al cuarto en los medios. La tarde cambió de color. Todo lo que en el jueves se había vivido como exaltación tomó de repente un relieve trágico. La proximidad, la pureza, la despreocupación incluso con que Morante pisa los terrenos se malograron en una prueba física, en una verdad de carne abierta. El artista que había puesto a Sevilla en estado de excepción comparecía ahora bajo la forma desnuda del dolor.
Conviene detenerse en esa proximidad. Ahí radica la clave de su tauromaquia y ahí empieza también su abismo. A Morante lo cogen los toros porque se asoma demasiado. La frase podría sonar a tópico si no fuera tan exacta. Se asoma con el capote, se asoma con la muleta, se asoma con el cuerpo entero, como si necesitara invadir el terreno de peligro para extraer de ahí la verdad que busca. Otros administran distancias. Morante las compromete. Otros levantan un sistema de defensas. Morante torea como quien dinamita las últimas garantías, como quien cultiva olivos en un campo de minas. De esa abolición nace la belleza. Y de esa misma abolición nace el percance. La gloria y el abismo proceden del mismo sitio.
Esa condición vuelve tan pobre la caricatura del estilista. Morante jamás ha sido un decorador de tardes. Debajo de la seda hay un fanático. Bajo el empaque late una ferocidad. Sus verónicas conmueven por la gracia, desde luego, aunque también por la intemperie que contienen. Su natural acaricia y desgarra a la vez. Su barroquismo no adorna. Arriesga. El espectador percibe la armonía, pero en la armonía actúa una violencia secreta, una decisión de ir más allá, de cruzar líneas prohibidas, de entregarse a una idea integrista del toreo donde el arte conserva toda su soberanía y el valor adquiere espesor moral. Morante se ofrece entero. El precio de esa integridad termina apareciendo en la taleguilla y en la carne.
La edad y hasta los kilos agravan el sentido de las dos tardes. Morante ya no comparece bajo la impunidad biológica del torero joven. Sale al ruedo con la biografía encima, con el peso visible de los años, con la memoria del sufrimiento físico y del otro, el íntimo, el que ha enseñado a mirar su figura con una mezcla todavía más compleja de admiración y de congoja. Su grandeza nace también de ahí. No se limita a torear bien. Torea sabiendo demasiado. Sabiendo el dolor, la fatiga, la fragilidad. Sabiendo que la inspiración no exime del pitón. Sabiendo que el cuerpo ya no concede frivolidades. Cada vez que se queda quieto, esa conciencia acompaña el cite. Y esa conciencia eleva el valor desde la temeridad hasta la tragedia.
Tal vez por eso Morante es un fenómeno social. La juventud lo ha adoptado porque intuye en él la autenticidad y la rareza. No pide permiso, no fabrica una imagen, no se rebaja a la sintaxis del algoritmo. Más bien al contrario. Ofrece misterio. Ofrece contradicción. Ofrece esa clase de verdad que desarma porque no parece administrada por nadie. En una época que premia la previsibilidad y la pose, Morante se comporta como una anomalía. Y las anomalías verdaderas generan devoción.
Sevilla lo comprendió primero por entusiasmo y después por espanto. El jueves quiso enmendarle la plana al palco y consagrarlo por aclamación. El lunes asistió al revés de la misma historia y entendió que la excepcionalidad de Morante no pertenece al dominio del capricho, sino al de la necesidad. Necesita torear así para ser quien es. Necesita bordear el abismo para alcanzar esa forma de plenitud que lo vuelve incomparable. El problema consiste en que el abismo, algunas tardes, responde.
El artista ha conseguido devolverle a la tauromaquia su condición de acontecimiento a costa de comprometerse él mismo hasta el límite
Morante habita exactamente en esa frontera. De un lado queda la gloria, el júbilo colectivo, la ciudad trastornada, el torero convertido en mito en carne viva, en tradición oral, en leyenda que bulle delante de los ojos. Del otro se abre la herida, la enfermería, el parte gravísimo, la certeza de que la belleza exigía un peaje. Ambas escenas se reflejan, se explican, se necesitan. Quien solo vea al Morante glorioso se perderá la dimensión de su entrega. Quien solo vea al Morante herido ignorará la raíz de su hechizo. La verdad está en la fusión. Un torero para la historia y para la histeria. Un artista que ha conseguido devolverle a la tauromaquia su condición de acontecimiento a costa de comprometerse él mismo hasta el límite.
La semana sevillana lo ha dicho mejor que cualquier tratado. Morante puede incendiar una plaza con un capote, una silla y un gesto. Morante puede salir al instante siguiente camino de la UCI. Entre una imagen y la otra no media contradicción. Media su destino. Y acaso por eso sigue resultando tan necesario. Porque en tiempos de prudencia, cálculo y simulacro, aparece un hombre capaz de recordarnos que la verdadera belleza nunca comparece a salvo.
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