TENDENCIAS

Violeta Serrano y Belarmino Fernández

Lecciones rurales: cuando el vecindario se convierte en comunidad

Tras años reducido al relato del abandono, el mundo rural emerge hoy como un espacio clave para repensar comunidad, trabajo y sostenibilidad. Violeta Serrano, escritora, y Belarmino Fernández, secretario de la Red Española de Desarrollo Rural (REDR), dialogan sobre ese cambio de mirada.

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12
marzo
2026


Durante décadas, el mundo rural fue leído casi exclusivamente desde la pérdida: despoblación, envejecimiento, abandono. Una periferia condenada a desaparecer mientras las ciudades concentraban población, recursos y prestigio simbólico. Hoy, sin embargo, ese relato empieza a resquebrajarse. Lo rural ha regresado al centro del debate, donde la sostenibilidad y la colaboración comunitaria ofrecen respuestas reales. La evolución de nuestra sociedad y la urgencia climática han revalorizado el papel del entorno rural, situándolo de nuevo en el punto de mira. Hoy estos territorios no solo son espacios estratégicos para repensar el desarrollo, sino lugares donde siguen vivas formas de relación, de cuidado y de colaboración que enriquecen nuestra visión común de progreso y fortalecen los vínculos sociales en cualquier entorno.

Ese es el punto de partida del diálogo entre la escritora Violeta Serrano, una de las voces más lúcidas en la reflexión sobre la despoblación, y Belarmino Fernández, secretario de la Red Española de Desarrollo Rural (REDR) y presidente de la Red Asturiana de Desarrollo Rural. Dos miradas complementarias que coinciden en una idea esencial: el futuro, lejos de pasar por oponer campo y ciudad, pasa por reconstruir su relación desde lo humano, desde aquello que hace posible la vida cotidiana y el arraigo.

Serrano sitúa el cambio de mirada en una transformación generacional profunda. «Cada vez es más difícil progresar en las ciudades», señala. Aquella promesa —trabajo estable, vivienda, ascenso social— que empujó a generaciones enteras a marcharse de los pueblos se ha debilitado: «A mi generación ya no le dijeron que quedarse en el pueblo era una opción viable. Hoy, sin embargo, el medio rural es un lugar al que se puede volver». Y se puede volver para trabajar, sí, pero también para vivir de otra manera, con vínculos más estrechos y una relación más directa con el entorno y con los demás.

Fernández añade otra capa a esta lectura. Las crisis recientes han funcionado como un revelador colectivo. La de 2008 y, sobre todo, la de la COVID-19 mostraron hasta qué punto el abandono rural tenía un coste compartido. «No somos ni queremos ser un problema. Somos parte de la solución», afirma. Una solución que tiene que ver con lo básico, con aquello que sostiene la vida: alimentación, energía, cuidado del territorio. «Cuando el mundo se para en semanas, un país necesita garantías básicas. Y eso lo ofrecen los territorios rurales», dice. Pero también, subraya, una red de apoyo informal que permite resistir mejor los momentos de incertidumbre.

Serrano: «A mi generación ya no le dijeron que quedarse en el pueblo era una opción viable. Hoy, sin embargo, el medio rural es un lugar al que se puede volver»

Ambos coinciden en que el desequilibrio territorial es algo más que una injusticia social. La acumulación de población en grandes núcleos urbanos genera precariedad y aislamiento, mientras que vastas zonas quedan desatendidas. «Los incendios que hemos visto en León, Asturias o Galicia no son ajenos a ese abandono», recuerda Serrano. La falta de actividad agraria y de gestión del territorio afecta al paisaje, pero también rompe una cadena de saberes compartidos, de trabajos colectivos y de responsabilidad común sobre el entorno.

Frente a ese relato de carencia, emerge otro basado en la interdependencia. «Las zonas rurales trabajan y dan servicios a las ciudades», resume Fernández, «pero las ciudades sin las zonas rurales no podrían vivir». Energía, alimentos, espacio, biodiversidad: todo eso se produce fuera del perímetro urbano. Reconocerlo implica también reparar una herida simbólica. «Durante mucho tiempo se ha sentido desprecio», dice. «Eso ha generado una autoestima muy baja en muchos territorios», debilitando la confianza colectiva y la capacidad de imaginar un futuro propio.

Esa autoestima empieza a recomponerse cuando se redefine la noción de éxito. «Antes se decía que el tonto era el que se quedaba en el pueblo», recuerda Fernández. «Hoy, para mucha gente, es justo lo contrario». Serrano lo formula en términos de vida cotidiana: «¿Quién vive mejor? ¿Quien está atrapado en una ciudad o quien puede quedarse en un pueblo sin renunciar a la conexión con lo urbano?». La pregunta no apela solo a lo económico, sino al tiempo, a la salud mental, a la posibilidad de construir relaciones estables y reconocerse en un lugar.

La clave, subrayan, está en la comunidad. Fernández lo explica desde la experiencia personal: «Vivo en una aldea de menos de cien personas y no tengo miedo. Sé que, si me pasa algo, alguien lo sabrá». Lo comunitario se construye a partir de la cercanía, pero también de una interdependencia real: saber quién es el vecino, qué hace falta, cómo organizarse. «Eso en muchos edificios de ciudad no existe», añade, señalando una diferencia que no es menor. En el medio rural, la comunidad es más que una suma de individuos que comparten espacio: es una estructura viva de vínculos. «Eso cambia todo en muchos sentidos, porque es la interdependencia realmente de unos sobre otros», continúa Fernández. En un mundo cada vez más individualizado, esa interdependencia adquiere un valor social de primer orden.

Serrano coincide en señalar la potencia de esa vida compartida, aunque introduce una advertencia necesaria. El sentimiento de pertenencia puede fortalecer los vínculos siempre que no derive en exclusión. «La pertenencia puede ser positiva siempre que no sea contra el otro», advierte. El desafío consiste en construir comunidades abiertas, capaces de integrar a quienes llegan desde fuera: «La gente de las ciudades tiene que ir a aprender, no a dar lecciones», subraya, al tiempo que recuerda que «la gente que ha seguido en los pueblos tiene que abrirse».

De ahí la importancia de los modelos de cogobernanza que llevan décadas funcionando en el medio rural. «Los grupos de acción local se gestionan desde la sociedad civil desde hace más de treinta años», recuerda Fernández. «Mucho antes de que la palabra se pusiera de moda». Son estructuras que nacen del conocimiento mutuo y de la colaboración, y que permiten tomar decisiones desde lo cercano.

Cuando la conversación aterriza en las soluciones, aparecen cuestiones materiales como la vivienda y el trabajo, pero siempre atravesadas por la dimensión social. «En los pueblos hay espacio, pero no siempre viviendas accesibles», apunta Serrano. A eso se suma la necesidad de nuevos marcos laborales. El teletrabajo abre oportunidades, pero exige respeto por el lugar al que se llega. «No se trata de llegar con tu trabajo de fuera y no hablar con nadie», insiste. «Se trata de hibridar», de integrarse y participar en la vida común.

Fernández: «Durante mucho tiempo se pensó para lo urbano, ahora, por fin, la agenda rural está sobre la mesa»

Fernández coincide: «No hay mejor política para asentar población que generar riqueza y empleo». La diversificación económica ya está en marcha en muchos territorios, desde el comercio digital hasta el turismo o la economía verde, pero siempre ligada a la implicación local. Sin embargo, hay un límite estructural difícil de sortear: la falta de población. «Por eso la inmigración es clave», afirma, especialmente en el sector agrario, donde la transmisión de saberes se ha debilitado.

Ese relevo generacional es, probablemente, el reto más delicado. «Ser ganadero es muy difícil si no hay transmisión de conocimiento», explica Fernández. De ahí iniciativas como los programas de convivencia entre quien se jubila y quien empieza, o proyectos piloto de formación internacional. «Traer jóvenes de Latinoamérica, con culturas agrarias similares, puede ser una vía», tanto para cubrir vacíos laborales como para reconstruir comunidades.

Serrano amplía la reflexión hacia una dimensión más vital. Volver al campo implica reconectar con lo esencial: «Trabajamos para tener dinero y poder comer. En las ciudades eso se ha vuelto paradójico: salarios precarios, mala alimentación, falta de tiempo». El mundo rural, dice, ofrece algo cada vez más escaso: tiempo para aprender de nuevo a cultivar, a alimentarse mejor, a cuidar de los otros y del entorno.

La conversación se cierra con el debate sobre la transición energética, abordado desde la experiencia de los territorios. «Las renovables son una oportunidad histórica para España, pero también un problema si se imponen sin equilibrio», señala Fernández. Los territorios que producen energía limpia llevan décadas exportándola. «La transición tiene que repartirse, no concentrarse», insiste, reclamando un modelo que tenga en cuenta a quienes viven allí.

Lo rural, concluyen ambos, exige reconocimiento para dejar de ser el decorado del progreso ajeno. «Durante mucho tiempo se pensó para lo urbano», resume Fernández. «Ahora, por fin, la agenda rural está sobre la mesa». El reto es volver al campo, pero aprendiendo de él: de su capacidad de colaboración, de su sentido de comunidad y de una forma de vida que sigue ofreciendo respuestas a preguntas muy actuales.

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