'Pensar como Platón y hablar como Cicerón'
Retórica versus dialéctica
Para ser buen orador hay que ser buen pensador. Para ser buen pensador es necesario ser un buen ser humano. Ese es el planteamiento de Neel Burton en su nuevo ensayo en el que ahonda sobre la retórica versus la dialéctica.
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Por brillante que sea, el pensamiento sirve de poco si no se puede comunicar a otros de tal forma que influya en ellos. Comparada con la razón, la retórica puede ser barata y manipuladora. Pero es un mal necesario si queremos llegar a objetivos que valen la pena en este mundo, o sencillamente contrarrestar las tendencias destructivas de los sofistas modernos. Aunque su aprecio por los sofistas y otros engatusadores interesados solo en ellos mismos era casi inexistente, Platón estuvo de acuerdo en que la verdad es más persuasiva cuando se alía con la retórica, y que la dialéctica y la retórica deberían ir de la mano, ya que «el que engaña a otros y no se deja engañar debe conocer exactamente los parecidos y las diferencias reales de las cosas».
Siempre práctico, Aristóteles bajó de su torre de marfil para escribir un tratado inmensamente perceptivo e influyente sobre la retórica, que también constituye un tratado sobre la naturaleza humana. La retórica, dice, es la contraparte (antistrophos) de la dialéctica. Los seres humanos tienen un instinto para la verdad, de tal manera que la verdad y el bien son naturalmente más fáciles de probar y más fáciles de creer; sin embargo, la retórica es necesaria porque la razón, por sí sola, no persuadirá a muchas personas. Dicho esto, incluso la retórica tiene sus limitaciones, y así como la más eficaz de las medicinas puede no curar, así la retórica más ingeniosa puede no persuadir.
Aunque, en cierto sentido, Aristóteles legitimó la retórica, nunca se acercó siquiera a defender la dialéctica engañosa de los sofistas, y su lector se queda pensando hasta qué punto es aceptable manipular y engañar al servicio de la verdad y el bien mayor. Durante su juicio, Sócrates se aseguró de servirse de una dialéctica desapasionada, y hasta llegó a decirles a los jurados que los reclamos patéticos (apelaciones a la emoción) no habrían sido dignos ni de él ni de Atenas. «Pero, dejando de lado el tema del deshonor, parece que hay algo de inadecuado en presentar una petición al juez y procurarse la absolución en lugar de informarlo y convencerlo. Porque su deber no es regalar justicia, sino juzgar…».
El pensamiento sirve de poco si no se puede comunicar a otros de tal forma que influya en ellos
A diferencia de la dialéctica, que está llena de reglas, la retórica no tiene ninguna. Se puede cometer cualquier atropello en tanto en cuanto se pueda salir impune. Pero este es un negocio peligroso, pues si te pillan, devalúas tu activo más valioso: tu credibilidad como pensador y orador. Si la dialéctica busca la verdad y el conocimiento, la retórica busca más bien la creencia y la decisión o la acción. Así, la retórica puede y debe ser bastante más confusa que la dialéctica, reemplazando los silogismos formales por entimemas más sueltos, menos rigurosos. Los entimemas son argumentos deductivos ocultos en el lenguaje normal. Por ejemplo: «Donde hay humo, hay fuego».
Por facilidad de expresión y eficacia retórica, a los entimemas les falta una proposición, la cual suele ser una posición generalmente aceptada o «lugar común». En el ejemplo anterior, la proposición faltante es la premisa mayor: «El humo es resultado del fuego». Con menos frecuencia, lo que se omite suele ser la premisa menor, o incluso la conclusión. Aunque muchas veces (o generalmente) el caso es que el humo es resultado del fuego, el fuego no es la única causa del humo, de manera que nuestro entimema es meramente probabilístico. Pero al omitir la premisa mayor, el entimema se las arregla para quitar importancia a este fallo y adquirir la fuerza de un argumento deductivo válido y sensato.
Aristóteles dice, en su Retórica, que si bien los entimemas no son más persuasivos que los ejemplos (el equivalente retórico del argumento por inducción), provocan aplausos más sonoros. Los entimemas más eficaces son cortos y claros, con una conclusión predecible, pero no obvia, que puede anticiparse alegremente. Más aún, los entimemas refutativos son mejor recibidos que los demostrativos porque su lógica es más aplastante. Ejemplo: «¿Aceptarías un soborno para traicionar a la flota? ¿No? Bueno, si tú no lo aceptarías, ¿por qué debería hacerlo yo?». La premisa que falta aquí, que queda mejor insinuada que declarada explícitamente, es: «Yo soy mejor persona que tú».
Un entimema no necesita tener un sentido racional mientras lo tenga emocional: «Cómete la verdura. Hay niños que mueren de hambre en África». La premisa faltante, siempre y cuando falte una premisa, es que los niños de África podrían haberse comido esa misma verdura… lo que es incluso más sospechoso que un discutible tópico.
Por cierto, en retórica, un exceso de razonamiento, o la falta de emoción, pueden ser tácticas perdedoras. En los debates presidenciales de Estados Unidos de 1998, el periodista de televisión Bernard Shaw preguntó al gobernador de Massachusetts Mike Dukakis si apoyaría la pena de muerte en el caso de que su mujer, Kitty, fuese violada y asesinada. Sin siquiera pestañear, Dukakis respondió: «No, no lo haría, Bernard, y creo que ya sabes que me he opuesto a la pena de muerte durante toda la vida. No veo ninguna prueba de que sea disuasoria y creo que hay maneras mejores y más eficaces de frenar los delitos violentos». En lugar de esta respuesta calma y fáctica, que habría impresionado a un auditorio académico, Dukakis habría estado mejor, ante el público general, si hubiese dado un espectáculo de ira o de ultraje. Algunos días más tarde, en una encuesta, obtuvo 17 puntos menos que George H. W. Bush… que se llevó consigo 40 estados.
Que la emoción es indispensable no significa que la retórica debe estar despojada de pensamientos claros y argumentos sólidos. Como dijo Aristóteles, lo verdadero y lo bueno son naturalmente más fáciles de demostrar y más fáciles de creer. El pensamiento confuso y enredado lleva a pronunciar palabras confusas y enredadas, lo cual es mucho menos llamativo y convincente. La retórica se limita a dar brillo a un argumento y, como suele decirse, no puedes abrillantar una caca.
En sus Instituciones oratorias (c. 95 d. C.), el retórico romano Quintiliano argumentaba que no se puede ser un orador perfecto si no se es también un buen hombre: «Un orador no puede alabar a menos que sepa lo que es honorable, no puede convencer a menos que sepa lo que es conveniente, no puede hablar ante un tribunal a menos que sepa lo que es justo, no puede hablar en absoluto a menos que sea valiente». En pocas palabras, el perfecto orador y buen hombre es un filósofo.
Pero más allá de todo esto, ¿para qué hablar si lo que estás defendiendo no es verdadero y bueno? En el hinduismo existe la noción de que la palabra se sintetiza del objeto, y que el Brahman o Dios, al ser la síntesis última, se sintetiza a partir de la palabra. Si lo que nos distingue de las bestias y nos acerca a Dios son la razón y el lenguaje, deberíamos tener cuidado de no abusar de la palabra. Los que hablan solo en nombre de sí mismos, o por rencor, para armar jaleo y socavar el proyecto humano, deberían tener la prevención y la decencia de callarse.
Para ser buen orador hay que ser buen pensador. Para ser buen pensador es necesario ser un buen ser humano. Y para ser un buen ser humano hace falta amar la verdad y amar al mundo más de lo que amamos a nuestro pobre yo.
Este texto es un fragmento del libro ‘Pensar como Platón y hablar como Cicerón’ (Rosamerón), de Neel Burton.
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