Sobre Dios
Aunque algunos se rían o consideren el fenómeno como una nueva moda, no solo Rosalía, otras muchas personas sienten la necesidad de buscar algo distinto en la religión u otras formas de espiritualidad.
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Raro será que estos días al abrir nuestras redes sociales o los diarios digitales que acostumbramos a leer no nos encontremos con alguna opinión o con el video de alguna de las canciones del último álbum de Rosalía, Lux.
Aparte de la calificación musical de la obra que, además de personal y atrevida, es de una estética y calidad artística muy superior a la mediocridad imperante en la música pop reproducida por las cadenas musicales, quería fijarme en el mensaje que, ayudándose de la fuerza de la música como medio de comunicación, ha intentado transmitirnos Rosalía y que ella misma ha desvelado en alguna entrevista: «Yo tengo como un deseo dentro de mí que este mundo no lo puede satisfacer. He pasado toda la vida con esta sensación de vacío, de sentir que este mundo no podrá llenar este vacío…¿será que ese espacio (que no puedo llenar), quizás, es el espacio de Dios?».
También ha confesado la artista ser una gran lectora y reconocer entre las escritoras que le han inspirado a Simone Weil, esa joven escritora fallecida a la temprana edad de treinta y cuatro años que, después de haber sido miliciana en la columna Durruti, tras varias experiencias místicas, se sintió atraída por la espiritualidad.
Coincidiendo con el lanzamiento de Lux, Byung-Chul Han, flamante último premio Princesa de Asturias de comunicación y humanidades, ha publicado Sobre Dios. Pensar con Simone Weil (Paidós, 2025), libro que escribió el filósofo tras –como explica en la introducción– sentir «esa fuerza procedente de arriba y más poderosa que yo mismo, la que en 1937 hizo que Simone Weil se postrase de rodillas en la pequeña capilla románica de Santa Maria degli Angeli, en Asís, a la que San Francisco acudía a menudo para rezar».
Como continuación de las ideas ya expuestas en «la sociedad del cansancio», el filósofo alemán de origen surcoreano analiza en este corto pero atractivo ensayo la crisis de la religión en el mundo actual, atribuyendo la misma al declive de la atención y al embotamiento de la percepción que «se ceba con basura: basura de información y comunicación, basura de sonidos y de visiones» y que nos convierten en «ganado consumidor».
Byung-Chul Han reivindica el silencio como único medio de acercarnos a lo divino
Han, critica la digitalización como medio masivo de producción de basura que nos acostumbra a que «todo sea inmediatamente alcanzable, disponible, calculable, consumible». También enfrenta la adicción generada a través de los smartphones –«esa máquina digital de adicción»–. Pero la atención que reivindica el filósofo, de la mano de Simone Weil, no es una atención cualquiera, es una «atención contemplativa, que no busca ni caza, sino que escucha atentamente y se demora», una «atención profunda dirigida hacia lo duradero, hacia lo que permanece y perdura», sin la cual ni podemos «leer a Dios ni atender al otro». Precisamente la falta de atención a los otros hace a Han reflexionar, también con Weil, sobre la dimensión social de la atención, caracterizada por la contención, la no violencia, el respeto y la empatía con el otro; atributos que configuran lo que Levinas denominaba «la ética de la atención».
En esa tarea de análisis, Han identifica también el egocentrismo y la voluntad de apropiación como otras de las razones estructurales de la crisis de la religión. «Celebramos el culto, el oficio religioso del yo, en el que cada cual es sacerdote de si mismo», y como remedio propugna frente a ese mal, «la descreación de nosotros mismos y la ética del vacío» que renuncia a toda apropiación y al sometimiento del otro como remedio para «sentir empatía por todo lo que es» y «participar en la verdadera creación», «en la Luz de Dios».
También reivindica el filósofo el silencio como único medio de acercarnos a lo divino. «Cerrar los ojos significa permanecer en silencio y soportar el vacío», y acusa al ruido de ser el responsable de la crisis del pensamiento. «El mundo entero se está convirtiendo en un ruidoso mercado que reclama a gritos nuestra atención. No nos es posible cerrar los ojos porque nuestros ojos están obligados al atracón constante, a comer».
Quizás sea ese atracón constante, que no sacia pero que nos subyuga, el que produzca como reacción la necesidad de llenar ese vacío volviendo a lo espiritual. Aunque algunos se rían o consideren el fenómeno como una nueva moda, no solo Rosalía, otras muchas personas sienten la necesidad de buscar algo distinto en la religión u otras formas de espiritualidad. De ello sirva como muestra, la acogida que han tenido la película Los Domingos, de Ruiz de Azúa, que obtuvo la concha de oro del Festival de San Sebastián y que narra el sentimiento religioso de una joven de 17 años que siente la vocación de ser monja de clausura; el último libro de Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo (ed. Mondadori, 2025), uno de los libros de no ficción más vendidos durante 2025; o el libro del doctor Sans Segarra La supraconciencia existe. Vida después de la muerte (Ed. Planeta 2024) que ya lleva 16 ediciones.
En un mundo dominado por los avances tecnológicos y el conocimiento científico, en los albores del transhumanismo, el ser humano, sin embargo, se siente desubicado, desprotegido, desesperado porque el bienestar material no le sacia y porque, en una sociedad descreída, intuye que hay algo más.
Esa intuición forma parte consustancial de lo humano y es común a todas las culturas y religiones, pero, como escribe Huxley en La filosofía perenne (1945) su naturaleza es tal que no puede ser aprehendida sino por aquellos que se hicieron puros de corazón y pobres de espíritu. En ese libro, el escritor británico recoge una variada selección de textos, «escogidos por su importancia pero también por su intrínseca belleza y memorabilidad» de aquellos que descubrieron la naturaleza íntima del espíritu que solo se alcanza desde la experiencia personal. Experiencias todas ellas similares a pesar de estar impulsadas por religiones o espiritualidades de signo tan distinto como el Budismo Mahāyāna, el Hinduismo Vedanta, el Taoismo o el misticismo cristiano, desde San Juan de la Cruz al Maestro Eckhart.
Atención y silencio como receta para salir del torbellino de estímulos que nos impiden ser más humanos, y por ello, más creativos. En las últimas reflexiones de su libro Han se refiere también con Simone Weil a la creación artística que, en contraposición a «la obscenidad de la mera producción», tiene su base en la atención que contempla y se demora y en el silencio como «lugar de la creación». Así es, particularmente en la creación musical como «orden de sonidos que imita al silencio», y así lo entendió, de manera muy especial, Ludwig van Beethoven quien cerca del final de su vida, completamente sordo creó obras musicales de una hondura y fuerza expresiva tan conmovedora que, como la Cavatina del cuarteto opus 130, llegan a llenar la sensación de vacío de la que habla Rosalía y nos acercan a la profundidad del amor de Dios.
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