Bajarse al Hades
El descenso al inframundo forma parte de algunos de los relatos más poderosos de la tradición occidental. Desde hace siglos, decenas de héroes y personajes literarios han bajado al Hades en busca de conocimiento o redención.
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El descenso al inframundo ha atravesado la imaginación occidental desde la Antigüedad. Héroes, poetas y viajeros imaginados han narrado esa travesía hacia el territorio de los muertos como una experiencia decisiva, el primer paso de un viaje iniciático que transforma para siempre su cosmovisión. En la mitología griega, esa bajada recibe un nombre preciso: catábasis. Más que una aventura fantástica, encierra una forma arcana de conocimiento en la que quien desciende al Hades vuelve transformado. Desde Odiseo hasta Dante, la literatura ha recurrido a este motivo para explorar los límites del espíritu, la memoria y la condición humana.
Durante siglos, el mundo de los muertos fue imaginado como un espacio subterráneo al que se accedía por cavernas, grietas o ríos oscuros. En la mitología griega, ese reino pertenecía a Hades, soberano de un territorio donde moraban las almas de los difuntos. Allí fluían los ríos Estigia y Aqueronte, custodiados por el barquero Caronte.
Ese paisaje representaba una frontera simbólica. Atravesarla implicaba desafiar el orden natural que separa a vivos y muertos. De ahí que algunos relatos antiguos concedan a ciertos héroes el privilegio —o la condena— de cruzar esa frontera y regresar. La experiencia del descenso, la catábasis, se convirtió así en una prueba de valor, sabiduría y aceptación del destino con el que cada uno carga.
Uno de los descensos más conocidos aparece en la Odisea. En el canto XI del poema, Odiseo, guiado por la maga Circe, se acerca a la frontera del inframundo para consultar al adivino Tiresias. Allí conversa con espíritus de héroes caídos en la guerra de Troya y con la sombra de su propia madre. Ese episodio revela una dimensión esencial de la catábasis: el encuentro con los muertos permite comprender el pasado y orientar el futuro. Odiseo escucha advertencias, reconoce errores y se enfrenta a la fragilidad de la vida, comprendiendo que el inframundo funciona como espacio de revelación.
Uno de los descensos más conocidos es el de Odiseo
Otro héroe que atravesó el umbral fue Heracles. En su último trabajo, el duodécimo, debía capturar al perro de tres cabezas, Cerbero. El relato narra su descenso al reino de Hades, donde consigue dominar a la criatura y llevarla a la superficie antes de devolverla a su lugar. La escena simboliza el triunfo del héroe sobre la muerte y el caos.
La mitología clásica también concede un descenso a Teseo. Según algunas versiones, el ateniense y su amigo Pirítoo intentaron raptar a Perséfone, esposa de Hades. El plan fracasó y ambos quedaron atrapados en el inframundo, sentados en una roca mágica que les impedía levantarse. Solo la intervención de Heracles permitió liberar a Teseo. El episodio introduce una advertencia clara: bajar al mundo de los muertos puede, en ocasiones, convertirse en algo fatal.
Como vemos, estos relatos comparten un rasgo común. Y es que el héroe que desciende adquiere un conocimiento que los demás ignoran. La catábasis se convierte en una experiencia límite, una forma de aprendizaje que transforma la identidad del viajero.
Sin embargo, el motivo del descenso al inframundo no se limitó a los mitos griegos. Con el paso de los siglos, la literatura occidental ha reinterpretado ese tropo continuamente. Uno de los ejemplos más influyentes aparece en la Divina Comedia, escrita por Dante Alighieri en el siglo XIV.
Allí, il Sommo Poeta imagina un viaje por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso guiado por el espíritu del autor latino Virgilio. Así pues, el descenso inicial al Infierno recuerda claramente a las antiguas catábasis heroicas. Dante atraviesa círculos poblados por pecadores y figuras históricas, en una travesía ética y espiritual que mezcla teología, política y autobiografía. El inframundo se convierte aquí en un mapa moral del universo.
La tradición española también ofrece un ejemplo singular en su Don Quijote de la Mancha. En la segunda parte de la obra, el caballero creado por Miguel de Cervantes desciende a la misteriosa Cueva de Montesinos. Allí afirma haber vivido una experiencia extraña en la que se encuentra con personajes legendarios como Montesinos y Durandarte. En dicha escena, una de las más reveladoras del libro, Cervantes juega con la ambigüedad: nadie sabe con certeza qué ocurrió dentro de la cueva, a excepción del buen Quijote. La catábasis adopta aquí un tono irónico, ya que Don Quijote regresa convencido de su aventura, aunque los demás personajes dudan de su relato.
El descenso al inframundo aparece también en muchas otras tradiciones literarias. Desde el viaje de Eneas en la Eneida hasta los relatos medievales sobre visiones del más allá, la visita al Hades ha servido para explorar algunas de las grandes preguntas de la literatura universal y, por tanto, de la vida humana.
Bajar al inframundo significa enfrentarse a aquello que permanece oculto: el pasado, la culpa, la muerte o el destino. De esta forma, e inevitablemente, el héroe, el poeta o el caballero regresan con una mirada distinta sobre el mundo de los vivos.
La persistencia del motivo demuestra su fuerza simbólica. Las historias de Odiseo, Heracles o Teseo no hablan solo de viajes imposibles, sino que describen una experiencia humana reconocible por todos nosotros: la necesidad de descender a las zonas oscuras de la existencia para comprender mejor la superficie luminosa de la vida. Cada generación vuelve a imaginar ese viaje hacia el interior de la tierra o, lo que es lo mismo, al interior de la conciencia, un viaje en el que el regreso —si llega— suele traer consigo una nueva forma de mirar el mundo.
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