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Sophie Galabru

«Tenemos miedo de ver cómo las cosas llegan a su fin»

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22
mayo
2026

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Las primeras veces siempre generan emoción: por la expectativa, por la ilusión, por la aventura. Y en los últimos tiempos parece que se hubiera intensificado ese apego a la novedad y a la disrupción, con un llamado constante a experimentar cosas nuevas y a «abrirse a los nuevos comienzos». Por el contrario, el cierre, las renuncias, los finales, producen malestar, e incluso miedo o dolor. No obstante, las últimas veces son tan importantes como las primeras, porque «toda última vez nos obliga a mirar de frente la ambivalencia de la vida, en la que nacimiento y muerte se suceden a cada instante». Eso es lo que afirma en el ensayo ‘Nuestras últimas veces. Un desafío al tiempo y a la nostalgia’ (Editorial Rosamerón) la doctora en Filosofía Sophie Galabru (París, 1990), especializada en fenomenología, ética y filosofía del tiempo.


Las rupturas, el fin de una etapa, la jubilación, la muerte… ¿Por qué le tenemos tanto miedo a que algo se acabe? ¿Se debe al vértigo de sentirnos efímeros, pasajeros? En otras palabras, ¿es el miedo a las últimas veces una representación del temor que tenemos a nuestra propia finitud?

Tenemos miedo de ver cómo las cosas llegan a su fin, porque eso nos recuerda que nosotros mismos tenemos una duración limitada, un final en esta tierra, aunque su fecha sea indeterminada. Esta conciencia de la muerte nos caracteriza, contribuye a que actuemos o, por el contrario, a que nos paralicemos. Cuando estamos felices de vivir, enamorados en una relación, alegres en una fiesta, no queremos ver cómo las cosas se transforman o llegan a su fin. ¿No es esto de lo más comprensible?

«Las últimas veces pueden ser sinónimo de liberación»

En el libro La última frase, Camila Cañeque mostraba cómo siempre suelen ser más memorables los comienzos que los finales de los libros: «La primera frase vendría a ser una promesa; la última, la verificación, o no, de lo que se nos ofreció cuando iniciamos la lectura». Pero ella también afirmaba que «el mayor encanto de empezar una novela es saber que termina». ¿Usted cree que las últimas veces pueden ser también gratificantes o felices?

En cambio, por mi parte, cuanto más me gusta una novela, más me da miedo llegar al final y descubrir la última frase. Pero, por supuesto, hay últimas veces que son momentos muy bonitos, que pueden ser sinónimo de liberación: liberarnos por fin de una relación que nos hace daño, liberarse por fin de un dolor, de una adicción, de un tratamiento médico o de una larga estancia en el hospital.

Porque a veces incluso puede ser una forma de empoderamiento. Usted escribe que «decir ‘esta es la última vez’ es una forma de encontrar un cambio en el laberinto de los acontecimientos». Al fin y al cabo, necesitamos puntos de referencia para organizar el caos de las circunstancias y dar sentido a lo que vivimos…

En realidad, la vida es un conjunto de acontecimientos que no siempre guardan relación entre sí. Puedo encadenar acciones y acontecimientos o incluso situaciones muy diferentes. Y es posible que, al final de nuestro día o de nuestra semana, necesitemos repasar todo lo que hemos vivido, vinculando y organizando esas experiencias entre sí para dotarnos de una forma de coherencia y, por tanto, de identidad. Esto también le da sentido, o incluso una impresión de necesidad: si mis experiencias se organizan en una historia que puedo contar, entonces todo lo que vivo no es accidental ni contingente, y mi existencia tiene entonces algo de interesante, incluso de justificado.

«Vivimos en una sociedad que niega cada vez más la noción de la muerte»

Lo cierto es que los comienzos y las primeras veces siempre suscitan emoción: por la expectativa, por la ilusión, por la aventura. Hasta parece que la sociedad actual está obsesionada con «abrirse siempre a nuevos comienzos». Eso ha llevado a que vivimos un exceso de apertura: los ritos de clausura han desaparecido. Byung-Chul Han sostiene que esto se debe al imperativo neoliberal del rendimiento, que no permite terminar nada, que lo convierte todo en provisional, inacabado. ¿Por qué solo se quiere abrir y no cerrar? 

El comienzo siempre se asocia con la alegría, pues estamos convencidos de que lo nuevo y lo desconocido son sinónimos de regocijo y que aportarán a la vida una intensidad especial. Sin embargo, a veces las primeras veces salen mal, lo desconocido resulta aterrador y esa intensidad se convierte en una prueba para nuestras vidas. Por otra parte, creo que vivimos en una sociedad que niega cada vez más la noción de la muerte, dados los avances tecnológicos en medicina y biología, dado el aumento de la esperanza de vida y la curación de enfermedades antes incurables; cada vez tenemos más la impresión de que podremos retrasar la muerte. La búsqueda de la juventud e incluso de la inmortalidad siempre ha sido un sueño humano, todavía hoy en día, cuando la tecnología da la impresión de poder darnos la clave para resolver estos problemas.

«Aceptar la última vez supone una forma de humildad»

¿Por eso han desaparecido los hitos de cierre?

Por eso es que ponemos el énfasis en el comienzo más que en la noción de finalización. Además, aceptar la última vez supone una forma de humildad: es admitir que nuestra vida individual debe pasar y ceder el paso a otros seres. Sin embargo, vivimos en una cultura individualista que a veces nos empuja a un exceso de narcisismo; por lo tanto, siempre queremos ser quien toma la iniciativa, pero no quien envejece, quien contempla su vida y se prepara para dejarla.

¿Y entonces cómo podríamos reconciliarnos con el miedo que nos producen las últimas veces, para las que a menudo no podemos prepararnos?

Algunas últimas veces se pueden anticipar y preparar; creo que, en esos casos, es bueno no ignorarlas e intentar imaginarlas o ritualizarlas. Por ejemplo, cuando nos jubilamos o cuando dejamos un lugar querido, es bueno decirle adiós, despedirse, empaparse de la gente y los lugares. Cuando no podemos ver venir una última vez porque es brutal, el sufrimiento y el impacto son lo primero. Se necesita tiempo para superar el aturdimiento y el dolor. La curación llega precisamente cuando volvemos a tener ganas de estar en el presente y de reconciliarnos con el tiempo. Cuando estamos convencidos de que el futuro nos traerá, a pesar de todo, ocasiones para volver a ser felices, alegres y para tener bonitos encuentros.

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