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Roman Krznaric

«Sin confianza en la información, la sociedad no funciona»

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21
mayo
2026

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La historia no es un espejo retrovisor para melancólicos, sino un laboratorio de soluciones olvidadas. Esta es la premisa de Roman Krznaric, filósofo del Centro de Eudaimonía y Florecimiento Humano de la Universidad de Oxford, autor de ‘Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro’ (Capitán Swing). En el libro disecciona por qué hemos dejado de aprender de quienes nos precedieron y cómo las innovaciones sociales –como los cafés de la Ilustración o el Tribunal de las Aguas de Valencia– han sido tan determinantes para el progreso humano como la máquina de vapor o el microchip. Frente a la polarización, la inmediatez y la mediación digital de nuestros vínculos más íntimos, Krznaric propone un «renacimiento relacional», y rescatar la sabiduría de nuestros ancestros para navegar el momento de policrisis que vivimos, desde el cambio climático, la guerra y la inestabilidad geopolítica, hasta los riesgos de la inteligencia artificial.


La tesis principal del libro es que no estamos recurriendo al «inmenso caudal de sabiduría» que representa el legado de nuestros antepasados, demasiado absortos en los acontecimientos actuales y las últimas tendencias. ¿No es una afirmación demasiado categórica? ¿Cómo podemos estar tan seguros?

Solo hay que abrir un periódico o escuchar el discurso de un CEO de una empresa tecnológica para darse cuenta de que el sentido de la historia ha desaparecido. Estamos en lo que llamo «la tiranía del ahora». Nuestros políticos no ven más allá de las próximas elecciones o del último sondeo, y los empresarios no miran más allá del informe trimestral o del precio de las acciones. Es obvio que no estamos aprovechando esa sabiduría. Sin embargo, hay una trampa: los políticos sí usan el pasado, pero lo hacen de forma selectiva y nostálgica. Mira a Trump con su movimiento MAGA. Es una nostalgia mitológica. O el Brexit, lleno de esa añoranza de una Gran Bretaña con G mayúscula, como potencia colonial que ya no es. Lo que no estamos haciendo es mirar atrás para aprender de cuando hicimos las cosas bien, no en términos colonialistas sino de cómo superar crisis y grandes retos o desterrar injusticias.

«Estamos en la tiranía del ahora; nuestros políticos no ven más allá de las próximas elecciones»

También critica que los políticos «crucen los dedos con la esperanza de que las nuevas tecnologías resuelvan todos nuestros problemas».

Al hacerlo, perdemos algo fundamental: lo que podemos hacer juntos. En la historia hay ejemplos vivos que ignoramos. El Tribunal de las Aguas de Valencia, por ejemplo, es una de las instituciones democráticas más antiguas de Europa y sigue funcionando casi igual que hace cientos de años. Es historia viva que nos demuestra que la democracia de base puede gestionar recursos comunes de forma eficaz, algo que nuestras democracias actuales parecen incapaces de hacer frente a la crisis ecológica o la escalada de precios. Confío en la capacidad de la gente para organizarse, como vi en las democracias descentralizadas de Suiza en los siglos XVI y XVII o en ejemplos de democracia en África que nunca nos enseñaron en la universidad.

Habla de «historia aplicada», ¿en qué consiste?

La historia aplicada trata de usar lo que sabemos del pasado para ayudar a resolver retos actuales, desde la IA hasta la migración. A menudo, la historia se enseña como el estudio de las élites (Napoleón, Churchill, Mandela…), pero a mí me interesa qué podemos hacer en las comunidades, en los sindicatos o en los movimientos sociales. Mira el fin de la esclavitud en Jamaica en el siglo XIX. Lo que lo precipitó fueron los levantamientos de esclavos que intentaron cambiar el sistema desde dentro. Hoy podemos comparar eso con los movimientos climáticos que bloquean carreteras. Los periódicos conservadores los odian y los llaman irresponsables, pero históricamente, esa disrupción es parte de una larga tradición de cambio social, desde las sufragistas hasta el movimiento por los derechos civiles en EE.UU. o la independencia de la India. A veces, para avanzar, hay que molestar a la gente.

«La historia aplicada trata de usar lo que sabemos del pasado para ayudar a resolver retos actuales»

Es decir, que el progreso no es un regalo de los políticos o lo empresarios, ni únicamente fruto del desarrollo científico y tecnológico, sino, en buena medida, de conquistas sociales.

Exacto. Los dirigentes industriales no regalan la educación estatal ni el transporte gratuito porque sí, lo hacen porque hay presión desde abajo. Incluso la democracia liberal básica surgió de las luchas sociales.

Como con la imprenta, que erróneamente se cree que trajo el progreso por sí misma, cuando en realidad sus beneficios tardaron siglos en generalizarse y lo hicieron gracias a la alfabetización y a las políticas públicas de escolarización. La tecnología por sí sola no es progreso por definición. De hecho, en su libro defiende que la innovación social es tan importante como la tecnológica.

Absolutamente. La innovación social es la forma en que los humanos nos organizamos para resolver crisis. Los cafés del siglo XVIII fueron «escuelas de democracia». En Londres, hacia el año 1700, había más de 2.000 cafeterías donde la gente de diferentes estratos sociales se reunía para hablar de republicanismo o de antiesclavismo. Eran espacios de diálogo innovador. Jürgen Habermas escribió que en esos cafés aprendimos a ser ciudadanos a través del poder de la conversación. Es una innovación olvidada. Hoy las cafeterías están llenas de estudiantes conectados a internet, con los auriculares puestos. Si en las 30.000 cafeterías que hay en Gran Bretaña, diez extraños hablaran entre sí cada día, tendríamos 100 millones de conversaciones al año. Eso es la democracia.

«La innovación social es la forma en que los humanos nos organizamos para resolver crisis»

Hablando de democracia, ¿qué es el «renacimiento relacional» del que habla en el libro?

Consiste en darnos cuenta de que la creatividad surge de lo que hacemos juntos, pero esa riqueza está a menudo enterrada como un tesoro perdido. En la Antigua Grecia, por ejemplo, usaban un sistema de lotería para elegir a los miembros de su consejo. Era una forma de política deliberativa basada en la conversación. Hoy estamos recuperando eso con las asambleas ciudadanas, muy útiles para tener una perspectiva a largo plazo en temas como la ecología o la salud, algo que los políticos atrapados en el «ahora» no pueden hacer. La base de este renacimiento es la empatía: la capacidad de ponerse en los zapatos del otro y entender que nuestra forma de hacer las cosas no es la única.

Menciona la historia de Al-Ándalus como un ejemplo de florecimiento relacional.

No fue una utopía. Había tensiones y violencia, como las masacres de judíos en el siglo XI. Pero la evidencia muestra que la gente lograba vivir junta compartiendo baños públicos, mercados, música o partidas de ajedrez. Nos dice que el choque de civilizaciones no es inevitable. Los seres humanos somos bastante buenos conviviendo si tenemos los espacios para ello. Para un país como España, esto es vital: con la tasa de natalidad actual, para 2100 la población podría reducirse a la mitad, lo que haría insostenible el sistema de salud o educación. España necesita la inmigración, y para que eso funcione, debemos redescubrir la tolerancia y la relacionalidad histórica.

Sin embargo, la historia también nos muestra por qué las civilizaciones se desmoronan. ¿Estamos perdiendo el «pegamento social» que mantiene unida a una sociedad?

Ibn Jaldún decía que la civilización depende de la asabiya, la solidaridad colectiva. Si una sociedad se vuelve muy desigual, la confianza social se rompe. Las próximas décadas en Europa serán turbulentas debido a los incendios forestales, las guerras o el impacto de la IA. Jaldún nos enseña que para sobrevivir a esos momentos necesitamos depender los unos de los otros. Tras el terremoto de San Francisco en 1906 o tras el 11S, vimos a gente de clases sociales distintas trabajar junta.

«Si una sociedad se vuelve muy desigual, la confianza social se rompe»

Frente al «renacimiento relacional», ¿cree que estamos en riesgo de lo contrario? Una suerte de «decadencia relacional» derivada de la tendencia a sustituir el contacto físico y relación directa por conexiones digitales y chatbots de IA?

Ese es el gran desafío. La IA está colonizando las relaciones humanas. La gente ya tiene romances con chatbots porque somos muy susceptibles al lenguaje. Si algo habla, pensamos que es humano. Mis hijos gemelos de 17 años se preguntan qué trabajo podrán hacer que una máquina no pueda. Y la respuesta siempre vuelve a lo que los humanos hacemos juntos: el apoyo mutuo, la hospitalidad, la conversación cara a cara. Nadie pidió una máquina que automatizara la creatividad. Yo disfruto cocinando para mis amigos. Disfruto del acto de hospitalidad, no quiero que un robot lo haga por mí aunque sea más rápido. Escribir o investigar, como hacemos tú y yo, implica un proceso de aprendizaje y pensamiento que una máquina solo puede regurgitar, no experimentar. Una IA no tiene conciencia del tiempo, no tiene remordimientos por el pasado ni miedo a la muerte porque carece de qualia, es decir, de experiencia consciente y subjetiva.

Aunque la industria quiera que creamos que tienen conciencia o sintiencia

Exactamente. Les conviene que aparenten tener algún tipo de capacidad para sentir. Creo, no obstante, que la IA nos está ayudando de algún modo a recuperar nuestra humanidad. Nos preguntamos ¿qué nos hace humanos? Yo sé lo que es: tenemos sentimientos, tenemos experiencias, podemos meter las manos en la tierra…

«La IA nos está ayudando de algún modo a recuperar nuestra humanidad»

Volviendo a la imprenta, la pone de ejemplo como aviso de cómo las tecnologías pueden convertirse en herramientas de persecución y violencia. ¿Podríamos haber evitado los problemas de polarización actuales si los ejecutivos de Meta o X hubieran leído más libros de historia?

Ese es mi sueño: volver a los años 90 y repartir estos libros a los pioneros del puntocom. La imprenta trajo la alfabetización, pero también polarizó a católicos y protestantes y facilitó la quema de 25.000 mujeres por brujería en Alemania porque las imprentas adoraban las fake news sobre brujas. El problema es que, incluso si hubieran leído los libros, los incentivos del sistema económico harían que probablemente ignoraran lo aprendido, porque todos los incentivos del capital de riesgo y del capitalismo accionarial se centran en las ganancias financieras a corto plazo y en asumir riesgos para obtener una mayor cuota de mercado. Todas las empresas de IA quieren lanzar el siguiente modelo lo más rápido posible sin tener en cuenta las medidas de seguridad porque piensan que, si no lo hacen, perderán inversión y porcentaje de negocio, y sus competidores las adelantarán. Así que, incluso con las lecciones de la historia, a veces será muy difícil abordar el funcionamiento de los incentivos del sistema económico. Pero me gustaría tener la esperanza de que pueda marcar la diferencia.

Por último, habla de cómo los medios de comunicación de masas (espacialmente los estatales) sofocaron el pluralismo de la esfera pública. Hoy vivimos en el extremo opuesto: una hiperfragmentación donde no compartimos una realidad común. ¿Cómo reconstruimos la confianza social en la información?

Tenemos un problema en el panorama informativo. Si no puedes fiarte de lo que dice un medio o un vídeo de un político porque puede ser un deepfake, o en un informe bursátil porque podría ser falso, o en una opinión legal porque podría estar generada por una máquina, se erosiona la confianza. Cuando no podemos confiar en la información, no podemos fiarnos los unos de los otros, y no conozco ninguna sociedad que haya podido mantenerse sin confianza social. Sin confianza en la información, la sociedad no funciona.

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