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Pensamiento

Las escuelas del pensamiento griego

Las corrientes filosóficas de la Grecia clásica se agruparon en distintas escuelas fundadas por maestros sin vocación de culto personal. Así, se alzaron como espacios en los que los discípulos discutían diferentes ideas para encontrar la verdad y practicar la virtud. 

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17
diciembre
2025

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Resulta fascinante el hecho de que el pensamiento griego mantenga, tantos siglos después, una vitalidad, eficacia y actualidad inagotables. Grecia es la patria de la filosofía, que etimológicamente significa «amor a la sabiduría». Su pensamiento se extiende por todo el orbe antiguo con tanta rapidez como arraigo, y llega a nuestros días lozano como antaño. Para los griegos, la búsqueda de la verdad (que comprendía la belleza, la bondad, las matemáticas, la astronomía, la ética, la naturaleza de los seres vivos…) no se correspondía con una tarea individual, sino que era un esfuerzo compartido entre aquellos que entregaban su vida al conocimiento. El saber se convertía en una búsqueda colectiva. De ahí que hayan surgido distintas escuelas de pensamiento.

Las primeras en formarse fueron las presocráticas que, si bien sus enseñanzas alcanzaron enorme vuelo, adolecen de sistematización. Los escenarios en los que se discutía, se debatía, se escuchaba, eran espacios públicos, al aire libre, fundamentalmente gimnasios. Aunque resulte paradójico, el lugar destinado al ejercicio físico reunía a la vez al cuerpo y al logos.

En la Antigua Grecia, la búsqueda de la verdad no se trataba de una tarea individual, sino que era un esfuerzo compartido

Estas distintas escuelas compartían la práctica de que cada alumno se hacía cargo de su propia manutención, y los maestros no recibían estipendio alguno por sus enseñanzas. Se basaban en la hetería (del griego heteros, compañero), donde primaba la amistad y la ayuda mutua, y no consistían tanto en ejercer un acatamiento pleno al maestro, puesto que lo importante no eran solo las ideas, sino compartir un proyecto de vida.

Tales de Mileto y la escuela Jónica

La Escuela Jónica se funda en el siglo VI a. C. en Mileto, y la integraban Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Demócrito y Heráclito de Éfeso, entre otros. Dieron, por primera vez, una explicación racional del mundo, al utilizar el método empírico, y de los fenómenos naturales, explicándolos a partir de la lógica; hicieron numerosos descubrimientos científicos en geometría, geografía, astronomía y matemáticas, como los eclipses, el cálculo de las alturas de las pirámides por su sombra o los mapas, y se afanaron en encontrar el principio creador del mundo.

Para Tales de Mileto, uno de los siete sabios de Grecia, el elemento primordial era el agua, mientras que para Anaxímedes, el aire. Heráclito colocaba en el fuego el origen de todo, y a él le debemos la sentencia de que «ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos».

La escuela Itálica y los pitagóricos

La Escuela Itálica, del siglo VI a.C., era presidida por Pitágoras, quien aportó brillantes hallazgos matemáticos, como el teorema que lleva su nombre, según el cual «la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa», o el descubrimiento de los números perfectos, los números amigos y los números poligonales. Asimismo, a Pitágoras le debemos la relación matemática entre los intervalos musicales y los números.

Según los pitagóricos, todo está compuesto por dos elementos: finito/infinito, par/impar, uno/múltiple, luz/oscuridad, masculino/femenino, descanso/movimiento/, etc. Otros miembros de esta escuela fueron Empedocles, fundador de la retórica, para quien el mundo está regido por dos fuerzas: amor y odio, Filolao, Arquitas o Hipaso de Metaponto.

Parménides y la escuela Eleática

La Escuela Eleática, del siglo V a.C., la encabezaba Parménides (de quien Platón dijo que era «el más digno y profundo de los filósofos»), junto a sus discípulos Zenón de Elea o Meliso de Samos. Su tesis fundamental era la unidad y la inmutabilidad del ser.

«Solo el Ser existe y es Uno», afirmó Parménides, asentando la idea de que el cosmos es un todo coherente y constante. Frente a la percepción de los sentidos, convenía fiarse antes del pensamiento y la razón. Sus razonamientos partían de una visión monista de la realidad, es decir, de la creencia de que el mundo está constituido por una causa única, de la que parte todo, no creada e indestructible. Niegan cualquier dualidad (por ejemplo, la del cuerpo y la mente).

La Academia de Platón sentó las bases del sistema de universidades europeo

La Academia de Platón

Un olivar es el lugar que escoge Platón para fundar su Academia, al norte de Atenas, dedicada al héroe Academos (que participó en el rapto de Helena), hacia el 387 o 385 a. C. Esta mantuvo su actividad durante casi un siglo. A día de hoy, hay un parque en el que se pueden contemplar las ruinas del gimnasio original, donde estaba inscrita la máxima «que nadie entre aquí sin saber geometría». La Academia tuvo una enorme trascendencia, no solo por la difusión de sus enseñanzas, sino por haber sentado las bases del sistema de universidades europeas.

Conocido por su nombre de pila —Aristocles—, enseña las ideas de Sócrates, especialmente las cinco virtudes: la sabiduría (verdad y virtud son la misma cosa, por tanto, no hay hombres malos, sino ignorantes), templanza (dominio de las pasiones), valor, justicia y piedad. Como novedad, Platón introduce una vertiente política en sus preceptos. 

En la Academia, consagrada a las musas (diosas de las artes) y a Apolo (dios de la música y la poesía), se estudiaba el trivium (gramática, retórica y lógica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), entre otras disciplinas. Algunos de sus alumnos fueron Espeusipo (sobrino de Platón), Jenócrates o Heráclides Póntico.

Platón influyó en la filosofía del mundo occidental como ningún otro (de hecho, se dice de manera hiperbólica que todo el pensamiento occidental es un apéndice de los presupuestos platónicos). Además, en sus escritos encontramos los fundamentos del Estado moderno, sobre todo en La República, una de las obras más influyentes de todos los tiempos.

Aristóteles y el Liceo

Tras la muerte de Platón, su discípulo más aventajado —y con el que tuvo notables diferencias—, funda el Liceo, en el siglo IV a.C., un gimnasio ubicado al este de Atenas, cerca del monte Licabet, intramuros. Hablamos de Aristóteles, el primer filósofo que incluye todos los saberes de entonces, agrupados en tres géneros: teóricos (filosofía primera o teología, matemáticas y física), prácticos (ética y política) y productivos (los que dependen de la actividad humana para ser realizados, la poesía, por ejemplo).

Aristóteles dotó al Liceo de un elemento indispensable en la búsqueda del saber: la biblioteca

Los alumnos (que ingresaban con 5 años y salían con 21) discutían con los maestros paseando por el jardín, por lo que el Liceo también se conoce con el nombre de Escuela Peripatética (etimológicamente, «el que pasea»). Algunos de los filósofos que pasaron por el Liceo fueron Teofrasto, Aristóxeno, Eudemo de Rodas o Estratón de Lámpsaco.

Al Estagirita le debemos ideas como el principio de no contradicción (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo), el de identidad (toda cosa es idéntica a sí misma), la teoría hilemórfica (todo ser está compuesto de materia y forma), la de la generación espontánea (la vida puede surgir a partir de materia inerte), la teoría física de los cuatro elementos, entre otras. Además de ser el padre de la lógica, Aristóteles rechazó las sospechas platónicas sobre la escritura y creó un complemento indispensable en la búsqueda del saber: la biblioteca.

El Jardín de Epicuro

Camino de El Pireo, un promontorio rocoso con tres puertos, Epicuro funda su propia escuela, el Jardín (aunque más que jardín, podría hablarse de huerto), hacia el 306 a.C., donde enseña, sobre todo, un amor incondicional hacia la naturaleza y el campo. Alejado de la algarabía de la urbe, el Jardín ofrecía un lugar tranquilo, destinado más al retiro intelectual centrado en la amistad que a la investigación científica. ​La inscripción que podía leerse a la entrada decía: «Extraño, tu tiempo será agradable aquí. En este lugar el mayor bien es el placer».

El placer para los filósofos del Jardín no se obtenía tanto a través del cuerpo como del espíritu

La máxima enseñanza de Epicuro es la búsqueda del placer, pues es lo que nos acerca a la felicidad. El garante, en su decir, de una buena vida es la eliminación del dolor. Pero el placer para los filósofos del Jardín no se obtiene tanto a través del cuerpo, pues este es efímero, como del espíritu, practicando especialmente la prudencia, y la moderación. Una vida sencilla, sin excesos, procurándose la paz del espíritu es lo que persiguen Epicuro y sus seguidores, entre quienes estaban Polístrato, Metrodoro, Leontion, Colotes, Apolodoro o Demetrio.

Zenón de Citio y los estoicos

La última gran escuela griega fue la estoica, fundada por Zenón de Citio, a principios del III a.C., en un edificio del ágora ateniense conocido como Estoa Pecile («el pórtico pintado»), donde había unas pinturas que, a juicio del filósofo, representaban las virtudes filosóficas. Se ubicaba en la Vía Panatenaica, la calle principal, y las enseñanzas se focalizaban en una ética personal.

Los estoicos pensaban que nada era, por sí mismo, bueno ni malo, sino que dependía de cómo se afrontara y de las enseñanzas que se extrajeran de lo ocurrido. Aseguraban que la felicidad depende de cada uno de nosotros. Así, hacían del carpe diem su credo, vivir el momento, evitando las perturbaciones melancólicas o las angustias futuras. Animaban a escribir una suerte de diario, reflexionando sobre los sucesos notables del día a día, a estar en contacto con la naturaleza, a procurarse momentos íntimos donde encontrar el sosiego o la paz interior, y vivir con frugalidad y sencillez.

Zenón, que solía jurar por la alcaparra (así como otros juran por Dios, los antiguos lo hacían poniendo distintas legumbres por testigo), enseñaba una ética racionalista, basada en la lógica para comprender las normas que han de regirnos, encaminadas a atemperar las emociones. Entre sus discípulos destacan Marco Aurelio, Séneca, Cleantes o Panecio.

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