John Cheever
El escritor para el que la vida era un problema
El conflicto identitario que se desprende de las páginas escritas por John Cheever tiene que ver con la sexualidad, pero también con la conciencia de ser un hijo no deseado, con un hermano absorbente con el que se sospecha que mantuvo una relación incestuosa.
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«Mi definición de un buen editor es un hombre que me parece encantador, que me envía cheques cuantiosos, elogia mi trabajo, mi atractivo físico y mi destreza sexual, y que tiene un control absoluto sobre la editorial y el banco», es la respuesta del escritor John Cheever para una entrevista en The Paris Review.
Detás de estas provocadoras palabras del autor que nunca releía su obra y se mostraba indiferente hacia las críticas, hay, en realidad, un hombre aterrado ante la posibilidad de que su alcoholismo, su vida familiar disfuncional, su bisexualidad y sus complejos salieran a la luz.
Hay muchos lugares privilegiados desde los que se puede conocer a un escritor tan prolífico como John Cheever. Pequeños y grandes retazos que funcionan como las piezas de un rompecabezas que compone un complejo e intrincado mundo interior desde el que analizar a Cheever.
Se le descubre en The New Yorker, revista que le permitió vivir de su literatura y donde desarrolló la mayor parte de su carrera, pero con la que también tuvo sus más y sus menos por no sentirse siempre reconocido y valorado.
Encadenó la portada de la revista TIME en 1964, con la de la revista Newsweek en 1977 por su novela Falconer y con el Pulitzer en 1978, fecha en la que publicó sus cuentos. Para el autor que dejó el instituto con dieciséis años y que pasaba vergüenza por su origen social, el reconocimiento significó mucho más de lo que nadie podía llegar a imaginar.
Pero para conocer de verdad a Cheever hay que acudir a las palabras que atribuyen a su mujer, Mary, que con resignada aceptación parece que llegó a afirmar: «Sí, es verdad, era infiel, pero siempre volvía a casa a cenar».
Porque el verdadero Cheever asoma en su correspondencia –a veces muy erótica y que su hijo debía quemar, pero conservó– con hombres que fueron sus amantes. Y, sobre todo, asoma en sus diarios, en los que el escritor volcó una encarnizada lucha consigo mismo.
Sus diarios eran el único lugar donde podía «confrontar, con indulgencia y compasión, la aterradora singularidad de mi propia persona»
Quizá sus diarios eran el único lugar donde podía, en sus propias palabras, «confrontar, con indulgencia y compasión, la aterradora singularidad de mi propia persona».
En esas páginas hay mucho de sus sentimientos homosexuales sin integrar, que es el gran nudo que se le atribuye a la biografía del escritor.
Sin embargo, tal y como afirma su hijo Benjamin en el prólogo de los diarios: «Un espíritu simple dirá que la esencia de su problema era la bisexualidad, pero no es así. Tampoco lo era el alcoholismo. Asumió su bisexualidad. Dejó la bebida. Pero la vida seguía siendo un problema».
Porque el conflicto identitario que se desprende de las páginas escritas por John Cheever tiene que ver con la sexualidad, pero también con la conciencia de ser un hijo no deseado, con un hermano absorbente con el que se sospecha que mantuvo una relación incestuosa, con la sensación de que no siempre está a la altura como padre de unos hijos a los que muchas veces maltrata, con el deseo de un Dios por el que pocas veces se siente mirado, con una obsesión por triunfar y ser reconocido en su carrera, con un matrimonio fracasado con la mujer que lo acompañó hasta su muerte en 1982, a pesar de llevar años de relación pública con un hombre.
«Pregunto: ¿qué clase de mujer es esta, que cuando uno quiere abrazarla tiernamente dice que tiene que meter las patatas en el horno?», se lamenta en una de las entradas de su diario. «Ando con solemnidad, arrastrando los mocasines con placer. ¿Por qué lo hago? Es la conducta vacilante y pusilánime que tanto fastidiaba a mi padre. Creo que disfruto al arrastrar los mocasines porque me lo prohibía hace treinta y cinco años», recuerda
Hay días en los que la vida le resulta insoportable y otros días es herido por la belleza de sus hijos, el amor de su mujer o un atardecer. Así, Cheever muchas veces se siente «prisionero de cosas bellas y horrendas».
El escritor muchas veces se siente «prisionero de cosas bellas y horrendas»
Necesitaba escribir como respirar, pero el aislamiento al que lo sometía el oficio no convenía nada a una psicología frágil, algo maniática y con tendencia a la tristeza, que sanaba en contacto con la gente y al aire libre, pero enfermaba al teclear. Pasó su vida intentando alcanzar «un equilibrio entre escribir y vivir».
Mantenía una guerra abierta con la divinidad, a la que se veía incapaz de negar, a pesar de que creía «estar fuera del reino de la misericordia de Dios». Cuando nace su tercer hijo Fred, el escritor, loco de alegría, le desea en su diario «valentía, amor, virilidad, autoestima y un acuerdo viable con Dios». Aseguraba que la preocupación religiosa era inherente a cualquier adulto que hubiera experimentado el amor, pero parece que él mismo nunca logró alcanzar ese acuerdo viable con Dios.
Se sentía un impostor en una clase social a la que no pertenecía y vivía con frustración el hecho de sentirse considerado un «escritor para revistas» cuando él deseaba el prestigio del novelista.
En definitiva, lo que muestran los diarios de Cheever es un hombre perplejo ante el mundo, que escribía precisamente para combatir esa confusión, para entender, para exorcizar una fractura que no sabía como cerrar.
«Lo que llamamos pena o dolor suele ser nuestra incapacidad para entablar una relación viable con el mundo, con este paraíso casi perdido. A veces comprendo las razones, a veces no», confiesa.
Los diarios no dan pistas de si el escritor consiguió la respuesta definitiva, pero la tensión está presente en todas sus obras. Puedo que tampoco él lo supiera nunca. «Sueño que una señora me mira y dice: “Veo que ha participado en la competición, pero su cara no me dice si ha ganado o perdido”», escribe.
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