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‘El odio’, aquel libro que nadie leyó

La única discusión era y sigue siendo el derecho a existir, el derecho a poner en circulación obras literarias sin que nadie se arrogue el poder de vetarlas.

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05
octubre
2026
Imagen de portada de ‘El odio’ (Anagrama)

Nadie leyó El odio, de Luisgé Martín. Ni siquiera yo, que estaba en la lista de destinatarios que reciben los primeros ejemplares de un libro con la nota de cortesía «por deseo del autor, le remitimos…». O la editorial o los mensajeros procuraron que no me llegase esa mercancía tan peligrosa, y cuando quise reclamarla ya era tarde. No quise leerlo al participar en los debates sobre su no publicación porque pensé que iría mejor armado así. No quería discutir su contenido ni su calidad ni su enfoque ni su pertinencia, ni poner en la mesa algo tan banal como si me había gustado o no o si me parecía una obra genial, mediocre o detestable. No era ese el debate y no quería que me llevasen a él. La única discusión era y sigue siendo el derecho a existir, el derecho a poner en circulación obras literarias sin que nadie se arrogue el poder de vetarlas.

Hubo entonces, entre los pocos que recibieron un ejemplar, un intento de justificar la censura basándose en los deméritos del libro. Era una obra floja, decían, una obra irrelevante y superficial, muy lejos de las piezas maestras del género, las de Truman Capote y Emmanuel Carrère, con quienes pomposamente se comparaba. Era esa la argumentación falaz que yo quería evitar. Según tal razonamiento, solo la calidad justificaría la existencia de un libro. Los malos escritores y las obras fallidas tendrían que ser arrojados a una hoguera. Del mismo modo, la calidad literaria sería el salvoconducto para la iniquidad moral: si te llamas Thomas Mann tienes permiso para defender premisas abyectas porque las expones sublimemente. Si te llamas Perico el de los Palotes, en cambio, tu único derecho es permanecer en silencio.

En cualquier caso, esas consideraciones solo eran pertinentes si se publicaba el libro. Entonces podríamos debatir si era bueno, malo o regular; si era fallido, respetuoso, ofensivo o genial. Al no estar publicado, el único debate posible era el derecho a escribir sobre asuntos públicos —y un crimen atroz lo es— en una sociedad libre que entiende que la libertad de expresión creativa es uno de sus pilares irrenunciables, por encima de la ofensa o el dolor que algunos —por poder o por alusiones— puedan sentir ante la expresión ajena.

Yo creía que la editorial Anagrama había cometido un error de lesa libertad de expresión cuando decidió no distribuir un libro que ya tenía impreso y listo para su venta por miedo a una campaña canceladora y sin que mediara la menor objeción legal para su circulación (dos fallos judiciales así lo indicaron). Creía también que esos hechos bastaban para sostener un criterio: no necesitaba leer el libro para defender su derecho a existir. Anagrama creó un precedente inadmisible en una democracia y demostró que no creía en su única razón de ser: la libre transmisión de ideas y obras para su debate igualmente libre en la plaza. Si la editorial había comprado los derechos de El odio y había editado el libro, programado su lanzamiento, impreso los ejemplares y diseñado una campaña de promoción, no había razón alguna para echarse atrás. Cuando se censuró, no solo traicionó a un autor central de su catálogo (ganador del Premio Herralde y con diez títulos en su sello), sino que demostró que su compromiso con la libre expresión era mentira, y que su palabra no valía ni la pasta de papel en la que iba a convertir la tirada de El odio.

Lo que sucedió entonces no puede llamarse debate. Fueron, en palabras de Luisgé Martín, ladridos de jauría, una caza inmisericorde contra un escritor por un libro que nadie —ni siquiera yo, ni siquiera algunos de sus amigos— había leído. Se le intentó destruir por una simple intención, por una sinopsis, por una hipótesis imaginaria (y delirante: que justificaba la monstruosidad en su empeño por comprender al monstruo). La situación era más grotesca en la medida en que muchos de quienes clamaban escandalizados contra Luisgé Martín aprovechaban para llenar horas de televisión y radio y páginas de periódico recordando los asesinatos de José Bretón, recreándose en el siempre rentable morbo y aprovechando la inercia de la indignación para darle vueltas al molinillo. Una obra literaria, ni siquiera una obra literaria de mucho éxito, jamás habría tenido el eco mediático que tuvo la jauría. Si El odio se hubiera publicado normalmente, es probable que el ruido generado ni siquiera habría llegado a oídos de Ruth Ortiz. Pero el griterío enfurecido alcanzó todos los rincones de España.

‘Desde el odio’ habla de pánicos y máscaras morales, de hipocresías agudas y crónicas

Desde el odio, el libro en el que Luisgé Martín cuenta todo lo que sucedió tras la no publicación de un libro que nadie leyó, podría haberse quedado en el rencor o el ajuste de cuentas, pero está escrito con una serenidad que no renuncia a ser filosa cuando le conviene, aunque nunca es autocompasiva y trasciende el episodio y la propia vida de Martín. Desde el odio es un retrato de una parte del mundo contemporáneo. Y la mayoría de la gente sale fea y embrutecida, como en unas modernas pinturas negras. No porque el escritor moje los pinceles en vitriolo, sino por su contención y su esfuerzo por pintar el paisaje con ecuanimidad y cierta distancia.

Una de las revelaciones de este ensayo es que a José Bretón —uno de los escasísimos lectores de la obra— no le gustó El odio. No le gustó su retrato ni la forma en que el autor cuenta la historia, y se enfadó mucho por ello. ¿No sería esto una prueba elocuente de que nunca hubo un ánimo justificatorio y que no se sostenía la acusación absurda de que Bretón utilizaba a Martín para comunicarse con Ruth y revictimizarla? De nuevo, no era esa la cuestión —lo habría sido, quizá, si se hubiese publicado—, pero da la medida de los términos delirantes en los que se mantuvo una discusión en la que mucha gente andaba convencida de que el libro lo había escrito el propio José Bretón o que contenía su versión de los hechos.

El ensayo que acaba de publicarse —este sí, y no sin dificultades ni renuncias— es mucho más incómodo y sospecho que mucho más interesante y complejo que el libro frustrado cuya no publicación evoca. Habla de pánicos y máscaras morales, de hipocresías agudas y crónicas, de la incapacidad del llamado mundo intelectual o cultural para mantener un debate mínimamente civilizado y centrado en los argumentos y no en acusaciones personales propias de tiempos inquisitoriales, y de la cobardía generalizada que vuelve mezquinos a quienes no solo no defienden en público sus convicciones, sino que, creyéndose libres de todo pecado, arrojan la primera y más grande de las piedras.

Una lectura aleccionadora e imprescindible.

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