¿Por qué cambiamos de registro en el día a día?
Nuestra capacidad de cambiar de registro según el contexto refleja un yo múltiple y adaptativo, donde la autenticidad no está en actuar siempre igual, sino en ajustar la conducta de forma flexible y psicológicamente saludable.
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No hablamos igual con nuestros padres que con nuestros amigos o con nuestro jefe. Tampoco utilizamos el mismo tono en un grupo de WhatsApp que en LinkedIn. Cambiar de registro en función de las diferentes situaciones es un signo de flexibilidad psicológica y, quitando casos extremos o ejemplos extravagantes, es un indicador de buen funcionamiento psicológico.
José Manuel Errasti, profesor de la Universidad de Oviedo, cita a William James, uno de los padres de la psicología moderna, quien aseguraba que todos teníamos tantos yoes como personas con las que nos relacionamos. Esta idea pone en cuestión la creencia de que existe un único «yo verdadero» oculto detrás de nuestras conductas. Nuestra identidad no es una esencia interior fija que disfrazamos de una u otra manera al relacionarnos con amigos, familiares o compañeros de trabajo, sino una construcción dinámica que solamente existe en relación con los demás y con los contextos en los que interactuamos.
Cuando hablamos de cambios de registro nos referimos a variaciones en el tono de voz, el vocabulario, la expresión emocional, los temas de conversación, la postura corporal o el lenguaje no verbal. También incluyen diferencias en el grado de autocontrol o espontaneidad que desplegamos en cada entorno. Para autores como Steven C. Hayes, esta variabilidad forma parte de un repertorio conductual amplio que se ajusta a las consecuencias sociales de cada contexto. Es una competencia comunicativa que aprendemos y afianzamos a lo largo de la vida. Así sabemos cuándo conviene escuchar más que hablar, cuándo una broma puede aliviar la tensión o cuándo es preferible mantener cierta distancia emocional. Esta habilidad favorece la integración social, facilita la regulación de conflictos, promueve la empatía y protege la intimidad. Además, nos permite anticipar las reacciones de los demás y ajustar nuestra conducta para sostener relaciones más estables, un proceso estrechamente vinculado a lo que en psicología se conoce como teoría de la mente (Premack y Woodruff, 1978).
Sin embargo, no todos los cambios de registro son inocuos. Cuando la adaptación al contexto se vuelve extrema o rígida, pueden aparecer ciertos riesgos psicológicos. Algunos autores han relacionado este fenómeno con el estrés de rol (Kahn et al., 1964) por la sensación de estar interpretando un papel de forma permanente, el agotamiento emocional, la percepción de incoherencia por parte de los demás o el conflicto entre identidades cuando no se establecen límites claros, por ejemplo, entre lo personal y lo profesional.
Cuando la adaptación al contexto se vuelve extrema, puede generar estrés por la sensación de estar interpretando un papel de forma permanente
También conviene revisar qué entendemos por «yo auténtico» A menudo llamamos auténtico al conjunto de pensamientos, emociones o deseos que preferimos no mostrar y que reservamos para la intimidad. Tendemos a creer que somos más nosotros mismos cuando nadie nos observa. Sin embargo, incluso cuando estamos a solas seguimos actuando bajo determinadas normas, expectativas y aprendizajes previos. Como señala Errasti, la propia persona es también un contexto. Incluso en privado, seguimos respondiendo a reglas interiorizadas a lo largo de nuestra historia personal.
Esto no significa que la identidad sea completamente inestable o arbitraria. La estabilidad del yo no es incompatible con la adaptación a contextos diversos. Cada entorno, como puede serla a familia, el trabajo, las amistades o los espacios digitales, tiene normas, expectativas y estilos comunicativos específicos que orientan la conducta. Por ejemplo, cuando se juega al fútbol se golpea el balón con los pies; cuando se juega al baloncesto, con las manos. En ambos casos el objetivo es ganar, pero las reglas cambian y, con ellas, la forma de actuar. Del mismo modo, la continuidad del yo puede residir en aspectos más abstractos y motivacionales: la necesidad de agradar, de sentirse seguro, de buscar reconocimiento o de evitar el conflicto… Estas motivaciones pueden expresarse de maneras muy distintas según el contexto. No es lo mismo intentar agradar a unos padres, a un fisioterapeuta o a una audiencia en la clausura de un congreso. El fondo puede ser similar; la forma es distinta.
Tendemos a creer que somos más nosotros mismos cuando nadie nos observa, pero incluso a solas actuamos bajo determinadas normas
Los rasgos de personalidad influyen en cómo tendemos a comportarnos, pero los contextos determinan cuándo, cuánto y con quién expresamos cada faceta. Además, las expectativas de rol organizan tanto nuestra conducta como la forma en que esperamos que actúen los demás, reduciendo la incertidumbre social. Esta idea conecta con el análisis dramatúrgico de Erving Goffman, quien comparaba la vida social con una representación teatral. Esperamos comprensión de un amigo, orientación de un profesor y profesionalidad de un médico, y modulamos nuestro comportamiento en función de esas expectativas. Con los padres suele activarse un rol más cargado emocionalmente; con los amigos, uno basado en la confianza y la simetría; con las figuras de autoridad, un registro más controlado que busca transmitir competencia.
Como señala Errasti, las redes sociales han añadido una capa adicional de complejidad a este escenario. Se trata de espacios de relación profundamente mediados por pantallas y teclados, que permiten una planificación y un control de la imagen personal difíciles de sostener en la interacción cara a cara. Los yoes digitales tienden a ser más estratégicos, visuales y cuidadosamente editados. Elegimos una foto concreta, reescribimos un mensaje varias veces o medimos el impacto potencial de una publicación, aunque el relato que la acompaña sea el de la espontaneidad. El apoyo social que se obtiene a través de estas plataformas puede funcionar como un sucedáneo del apoyo presencial. Un «me gusta» o un mensaje de ánimo puede aliviar momentáneamente el malestar. El problema aparece cuando esta forma de validación se convierte en la principal fuente de reconocimiento. En ese caso, la identidad digital puede volverse más fragmentada, dependiente de la audiencia y psicológicamente costosa, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
En definitiva, los cambios de registro son señales de que somos seres relacionales con un yo múltiple y flexible. La coherencia personal no consiste en comportarse siempre de la misma manera, sino en mantener una continuidad funcional entre valores, motivaciones y conductas ajustadas al contexto. Nuestra identidad no es una estatua inmóvil, sino un organismo vivo que se adapta a distintos escenarios. Quizá, más que preguntarnos si somos los mismos en todas partes, convenga preguntarnos qué versión de nosotros mismos necesita cada situación para ser vivida de una forma psicológicamente saludable.
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